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jueves, noviembre 03, 2016

Despertar en Cusco


La madrugada de un sábado de enero llegamos a una calle en el centro del Cusco llamada Ataúd. En la parte más alta hay una casa vieja con un zaguán y puertas de madera. Es una casona antigua con varias habitaciones, tres perros y una familia generosa, que alquila habitaciones a los turistas y los viajeros empedernidos como yo a ocho soles. Bastante barato para un mochilero. El hospedaje se llama Ataúd.
Aquella mañana habíamos llegado de Arequipa muy temprano. "¿Dónde nos vamos a alojar?", preguntó mi hermano. "En el Ataúd", le dije, Me había quedado dormida en el bus desde la noche anterior. Cuando desperté alivio de madrugada, ya estábamos en el Cusco. Moría por caminar por sus calles, beberme un mate de coca, sentarme en su plaza, tomarme jugo en el mercado y subir a Sacsayhuamán; La ilusión era tan grande que no tuve reparo en coger la mochila y subir las enormes cuestas de la ciudad. Sólo quería divertirme y disfrutar del aire en esos cinco días en el ombligo del mundo.
Eran las seis de la mañana, dejamos nuestras cosas en El Ataúd y nos encaminamos hacia la Plaza de Armas. Era un espectáculo verla vacía, sólo con gente que iba al trabajo. Estar de nuevo allí frente a la Catedral y a la Iglesia de la Compañía era un despertar de los sentidos. Caminamos por sus portales, detuvimos la mirada en cada tienda, admiramos cada vitrina, piedras perfectamente pulidas que encajan una con otra. Algunas mujeres caminaban en polleras por sus calles. Los restaurante estaban cerrados, sólo algún quiosquito o tienda abierta con olor a periódico. Horneaban pan fresco. Olía a albahaca.
El mercado del Cusco queda cinco cuadras más arriba de la Plaza. Hay que cruzar otras dos plazas, un colegio y un portal con motivos coloniales, para llegar allí. Algún lustrabotas ya nos ofrecía sus servicios. Un viejito tocaba su flauta andina en una calle empedrada, con paredes de piedras incas. Metros más allá, el mercado abre sus puertas a los primeros compradores. Es un recinto rectangular de techo de calamina y ventanas de fierros verdes, habitado por vendedores de cuyes frescos, mujeres preparando jugos y viejos leyendo la hoja de coca.
Mi hermano y yo buscábamos a las jugueras; ellas estaban en fila, con mandiles celestes y guindas, licuando mangos, papayas y granadillas, con zumo de naranja y limón. El bullicio de la madrugada entre los vendedores nos llevó por un pasillo de abarrotes y maíz, terminamos sentándonos en un puestito de venta de café y mates con ricos sánguches de queso y huevo frito. La mujer que atendía hablaba quechua, rimanallan mamay, nos reímos un rato con ella y después fuimos a la feria de Túpac Amaru a averiguar precios de trenes y tickets para Machupicchu. Días después saldríamos para el valle.

***

La vida en el Cusco es cara, no cabe negarlo. Si uno tiene cara de gringo es más caro aún. Pero si uno es peruano y gringo a la vez, miras las diferencias. Yo soy así, una gringa peruana, mi hermano también. En lugares turísticos confundimos a la gente. Al final, todo sale bien.

Al mediodía comimos nuestros chichirimicos en el balcón de un restaurante en la calle Procuradores. Una recatafila de vendedoras de menús nos empujaban como sea a sus restaurantes. Habían vegetarianos a veinte soles, pitucos a treinta o más, la única que nos convenció era un menú de a diez en un restaurante con balcones que miraba a la calle. Era el menú más barato de toda la cuadra: un chupe de maíz, tallarines rojos y refresco, sentados bajo el sol serrano con límpido cielo azul. Desde allí se ve la Iglesia de la Compañía interrumpido por unos cables de electricidad que cruzan la calle desde los techos. Desde allí vimos cómo un lustrabotas atrapó a un gringo y le cobró veinte soles por pasarle el trapo a sus zapatillas recién bajadas de Machupicchu. Felizmente puso orden una mujer policía que le preguntó al gringo cuánto le habían cobrado. Le habían estafado, le dijo; la policía le pidió al canillita que le devuelva la plata.


***

Subir a Sacsayhuamán es trepar la calle más empinada del Cusco. Dos años atrás la coronamos en el carro de un amigo que llegó con las justas hasta la punta. Nosotros caminamos con una mochila y el paraplú de nuestra madre. En Arequipa estaba lloviendo en las tardes, alguien nos previno que en el Cusco estaba lloviendo más aún. “Lleven el paraplú”, insistió mi madre. Paraplú, sí, es una palabra francesa, significa paraguas. El bendito objeto terminó siendo un personaje durante nuestro viaje. 

Seguro en Machupicchu llovería, pero en el Cusco hacía más calor que en Arequipa. En la subida a Sacsayhuamán nos agarró la sofocación y la agitación por el sol y la altura. Llegamos agotados al bosque de eucaliptos, sin antes pasar por una caseta de control que quería cobrarnos la entrada al complejo arqueológico, costaba setenta soles.
Los bosques de eucaliptos son imponentes. En filas casi perfectas, los troncos de los árboles cubren del sol y protegen del viento. Desde allí se ve la ciudad del Cusco extenderse en todo un valle de cerros rojizos. Caminamos a los restos arqueológicos de Qenqo, una enorme roca con un altar dentro de una cueva. No tuvimos éxito, otro guardia nos detuvo. Nos pidió los tickets de ingreso. Los cusqueños suelen ir a ese complejo arqueológicos a jugar el fútbol, montar caballo y hacer picnic los domingos. Ellos tienen la entrada gratis con salida asegurada.
Pero qué le suceden a los peruanos como mi hermano y yo, de escasos recursos económicos, que también quieren ir a visitar el corazón de la cultura incaica. Nosotros caminamos a Sacsayhuamán con la ilusión de tocar las imponentes piedras de aquella fortaleza inca, de sentirnos pequeños al lado de aquella civilización que se perdió del mapa sin dejar rastro. La sensación es extraña porque eres testigo de una cultura que se perdió y hoy constituye nada más que un recuerdo melancólico y una forma de manipulación, también, por la clase política y las instituciones culturales de nuestro país.

-Su entrada, por favor –se acercó a nosotros un muchacho joven con tickets en la mano, antes de que ingresemos al complejo.
Nosotros estábamos dispuestos a pagar la entrada. La última vez costaba veintiocho soles. Pero siempre existe un sentimiento de querer ingresar libres, por ser peruanos, por formar parte de la cultura de nuestros ancestros.
-Cuesta setenta soles, señorita.
Ya habíamos estado varias veces en Sacsayhuamán.
-Somos peruanos, señor.
-Cuesta igual, señorita.
-¿El mismo precio para todos?
-Sí
-¿Y los cusqueños?
-Ellos entran gratis, es domingo.
-¿Y no hay entrada sólo para Sacsayhuamán?
-No señorita. Tiene que comprar o el parcial o el general.
Qué mala suerte. No teníamos suficiente plata en la billetera. ¿Si sacsayhuamán costaba tanto dinero, cuánto estaría Machu Picchu?
Descendimos la cuesta tristes por no tener acceso libre. Los gringos enseñaban sus tickets, los cusqueños jugaban al fútbol y nosotros sin poder entrar. Volvimos a la calle Ataúd con la ilusión de partir al día siguiente al Valle Sagrado y Machu Picchu. Estábamos con pena el bolsillo.




Susana Montesinos 
Leiden, enero de 2006

domingo, octubre 09, 2016

Mi primer viaje a mochila : el pueblo de las iglesias olvidadas



Era un pueblo pequeño, de unos veinte mil habitantes, a orillas de un lago. Llegué allí en una autobús atestado de gente que seguro vivía allí o iba a comerciar sus verduras o a visitar a algún familiar. El terminal terrestre estaba en la parte alta del pueblo, y desde allí, como en un mirador, se veía un océano azul perderse en su intimidad.

No recuerdo muy bien cómo era el centro. Caminé hacia allí con una mochila y el queso que me había comprado dos días antes en el mercado. En esa época trataba de ahorrar, de estirar el dinero lo máximo posible. Mi misión era quedarme varios días en Puno. Conocer bien la región, sin imaginar que terminaría visitándola con regularidad.

Juli era un pueblo del que jamás había escuchado hablar en los relatos de mi familia. Nosotros no teníamos ningún lazo con Puno, ninguna historia de haciendas expropiadas -como la tenían otras familias- durante la dictadura de Velasco Alvarado. Tampoco conocíamos a alguien que tuviera ascendientes allí. Ni siquiera Mamá Benita, que en sus narraciones extraordinarias, nunca mencionó el nombre de Juli.

-¿Juli? -se preguntó cuando le mencioné mi descubrimiento.
-Sí, Juli, Benita.

No, jamás había escuchado hablar de ese lugar.

Lo primero que me llamó la atención al caminar fue una iglesia impresionante de la época colonial, construida enteramente en granito. Estaba parada al lado de un terraplén. La iglesia tenía diez metros de altura, un campanario y una nave que podría ser del tamaño del Arca de Noé. Caminé un poco más. Una cuadra o dos, se levantaba otra iglesia que parecía una catedral. No era la única. Habían muchas iglesias más en ese pueblo de cien almas. Cuatro iglesias en cinco cuadras, una de ellas en ruinas, sostenida con vigas, que había sido destruida por un rayo en 1914, rodeada de un muro de piedra, y un arco que miraba al Titicaca.

Estas iglesias habían sido construidas por los Dominicos a principios del siglo dieciséis, concluídas por los Jesuítas en el diecisiete. Catequizaron la región a través del lenguaje y el arte, hoy parte de la Escuela de Pintura Cuzqueña. Eran cuatro iglesias. Una escuela para los Indios Nobles, y un convento. Juli es recordada como "La Roma de América".

Caminé hacia el lago por un camino entre cultivos de coca. Sus aguas eran transparentes, y mansas. Habían dos o tres embarcaciones meciéndose a la luz del atardecer. Me pregunté cómo viviría la gente de allí, qué comerían, qué pensarían de la vida. Seguí una trocha a lo largo de la orilla por varios metros, quizás dos kilómetros o más, tomé fotografías y saludé a los lugareños que trabajaban sus chacras, casi todas con cultivos de hoja de coca, papas y habas.

Me quería quedar allí a vivir. Me imaginaba alquilando una habitación para escribir las mejores historias jamás imaginadas. Las ranas gigantes que nunca vi. Las embarcaciones que navegaban sin horizonte. Los campesinos trabajando la tierra. Las mujeres aymaras con sus sombreros a lo Charles Chaplin. La lengua puquina que habitó esa región, y que después, sin dejar huella, desaparecería de la faz de la historia.


Juli era un pueblo ahora medio abandonado. ¿Las iglesias oficiaban misa? No vi ningún cura caminar por allí, ni monjas, ni sacristanes, ni siquiera un museo que describiera los años en la colonia. Entré a una tienda a comprarme unas galletas. La señora que atendía parecía estar aburrida mirando una telenovela pasada de moda. Me vendió unas galletas de naranja marca chomp que las degusté en el camino. En el centro del pueblo no había ningún alma que recordase aquella época histórica de Juli, "La Roma de América". Sí, ese es el apelativo de Juli. La Roma de América. Durante la colonia inspiró el arte de la Escuela de Pintura Cuzqueña.

Recuerdo que subí la cuesta hacia el terminal de autobuses. Allí tomé la combi que me llevaría de regreso a Puno. Quería volver, sí, y pronto.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)


domingo, octubre 02, 2016

Mi primer viaje a mochila: el germen, El Titicaca




El Titicaca, el Lago navegable más alto del mundo, quería ser partícipe de su grandeza, por eso tomé el bus hacia Puno, para poder tocarlo.

Al principio no tuve mucha suerte, imaginaba que podría verlo desde el autobús. No había tomado en cuenta los postes de alta tensión a lo largo de la carretera, el tráfico vehicular, los camiones con remolque y las lomas que interrumpían la vista hacia aquello que debiera ser el lago navegable más alto del mundo. Llegué a ver una lengüeta de agua entrar apaciblemente a una bahía atestada de plástico, lo que parecía un espejo de agua, pero del Titicaca propiamente dicho, nada.

A mi llegada a Puno solo un musgo verde que flotaba en su orilla. Tuve que caminar varias cuadras cerro arriba para lograr capturar una imagen con mi teleobjetivo. Subí al Mirador de Manco Cápac (sin Mama Ocllo) y me senté allí en una banca para contemplarlo. El lago era una media luna azul que colindaba con otras montañas. No era tan grande como solían describirlo, tenía un final en un horizonte cercano. Aquella era sólo una parte del Titicaca, un diez por ciento, nada más. El lago era mucho más extenso.

Aquella era sólo una parte 
del Titicaca, un diez por ciento, nada más. 
El lago era mucho más extenso.


Aquella primera noche regresé melancólica al hotel. Intenté cocinar avena en una hornilla eléctrica que había llevado en mi mochila. Para mi mala suerte, la avena se me quemó; terminé comprando un pedazo de queso en el mercado, y deambulando por las calles de Puno. Comparsas tocaban música en la Plaza Pino. Betuneros embadurnaban los zapatos de los transeúntes en la Plaza de Armas. La calle Lima era como túnel mal iluminado.


*


Al día siguiente desperté con la firme idea de ver el lago de más cerca. Caminé en dirección a una construcción en forma de barco clavada en la Isla Estévez, a un kilómetro de la ciudad. Era un hotel cinco estrellas al que me avergonzaba entrar, pues mi bolsillo no me daba ni para tomarme un café. Ese hotel era una atalaya desde el que se lograba divisar el horizonte perdido del Titicaca. Sí, era evidente, el lago era un océano azul que se extendía hacia el infinito. Me quedé allí contemplándolo absorta. El charco de agua dividía en una frontera a dos países.

No sé exactamente por qué, el Lago Titicaca nunca había sido parte de las historias en mi familia. Jamás había escuchado relatos de la boca de mi padre. Mama Benita, nuestra cocinera, que trabajaba con nosotros desde que tuve uso de razón, me contaba historias de sapos gigantes. Lo solía hacer cada vez que habían apagones, consecuencia de algún atentado terrorista. Encendíamos velas para alumbrarnos durante la noche. Mama Benita no podía evitar narrarnos la historia de su viaje al Titicaca.

Habían ido a la Isla de Amantaní, recordaba, en una lanchita que roncaba sobre el lago. Tardaron algo de un día y una noche (¿tanto?), pero al llegar a la isla, ellas estaban allí: "Era gigantes, mamita, del tamaño de un plato de sopa"; de color negro, otras verdes cachaco. "¡Mira las ranas!", le había dicho su papá. Ellos se quedaron idiotas al verlas allí. Por las noches se las escuchaba croar; eran como perros roncando. ¡Gigantes! "No nos podíamos bañar en la orilla", la gente decía no se los vayan a comer los sapos, por eso Benita nunca aprendió a nadar.

Aquella historia la mantuve guardada en mi memoria durante mi viaje al Titicaca. No sé si era verdad. La leyenda decía que sí, que en los abisales del lago habían sapos gigantes, una ciudad Inca y algas 'marinas'. El agua era tan fría que nadie, absolutamente nadie, nadaba en ella. Alguna vez vi en un documental de Nathional Geographic a unos buzos aventurarse a bucear. Buscaban los restos de una ciudad Inca. Nunca mencionaron los sapos o ranas gigantes.

Después de dos días deambulando por Puno; volví a subir al Mirador de Manco Cápac, el lago se veía espectacular desde allí, pero no es su real dimensión. Caminé algunas cuadras en dirección al terminal terrestre, y desde allí tomé el bus en dirección a Ilave, un pueblo a una hora en dirección noreste. Según mi mapa, Ilave estaba cerca de la orilla, así que con el afán de tocar sus aguas, me fui hacia allá.

Las mujeres parecían ser sacadas 
de alguna película de Charles Chaplin 
por los sombreros que llevaban


La combi era pequeña, habían varias mujeres en polleras, algunas desgranando choclos con sus uñas largas; no sé cuántas faldas llevaban pero abarcaban más espacio que sus propios cuerpos en los asientos del minibús, y un sombrero en copa que tocaba el techo del vehículo. Las mujeres parecían ser sacadas de alguna película de Charles Chaplin por los sombreros que llevaban; habían sido traídos por los ingleses en la época de la construcción del ferrocarril, y allí se quedaron adornando las cabezas de las mujeres aymaras, ¿por qué no los hombres? Ellos preferían sus gorras de béisbol.

Uno está hecho por la historia de sus padres, y de la gente que le rodeó. Mi padre siempre me decía que los aymaras eran gente tan terca como las mulas. "Tienen su carácter hijita, son salvajes". No sé por qué me lo decía, quizás era la historia repetida heredada de un grupo étnico que habitó el lago. Los Uros vivían como apátridas sobre sus islas flotantes, habrían de ser los rechazados por los Tiahuanacos y los Incas. Quién diría que uno crece escuchando esas ideas y que luego se dedique a viajar y a intentar entender el mundo andino desde un punto de vista andino, con ideas contrarias a los prejuicios de mi papá. Yo amaba a mi padre (y lo sigo amando), y quería encontrarlo a través de su patria, la mía también, y la única forma era viajando y leyendo su historia.

Allí me tenían viajando con ellas, las mujeres aymara, hacia el pueblo de Ilave, a orillas del lago.

Ilave es un pueblo en donde se dice está la frontera de los quechua y los aymara. Hace no muchos años hubieron allí revueltas entre sus pobladores, creo que el alcalde de la ciudad no era del gusto de la mayoría, y por eso -al no cumplir sus promesas- lo amenazaron con azotarlo o matarlo a pedradas.
No hace mucho, en mayo de este año, sucedió algo parecido en el pueblo de Juli, en donde azotaron al alcalde públicamente por incumplido.

No recuerdo mucho Ilave; me decepcionó no poder ver la orilla del lago. Recuerdo que me compré unos caramelos en una tienda de abarrotes, y que tomé el siguiente bus en dirección a Juli. No sabía qué esperar de Juli. Jamás había leído algo acerca de ese pueblo, ni de su gente, ni de sus tradiciones, ni de su historia, pero cuando llegué allí quise quedarme a vivir para siempre. Había cumplido mi objetivo: toqué el agua del Titicaca, y les prometo: no me saltó ninguna rana.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)






domingo, septiembre 25, 2016

Mi primer viaje a mochila : Puno




Puno, una ciudad a la que le tengo cariño, me acogió en mis inicios como viajera.

Viajé allí sola. Tomé el autobús más barato desde la ciudad de Arequipa, con la idea de explorar el Lago Titicaca y de escribir una crónica sobre el carnaval. Yo sabía que quería viajar, asumir la metáfora del poeta portugués Fernando Pessoa, de "perder países" y de borrar de alguna forma mis fronteras. Llegué allí con una mochila cargada con suficiente ropa para un mes o más: una cocinita eléctrica de una hornilla, comida que había sacado de la despensa de la casa de mi mamá, un botiquín y varios libros de lectura.

Cuando bajé del bus un gélido aire me congeló el rostro. Estaba en el Altiplano a unos tres mil ochocientos metros de altura. El aire era frío a la sombra, mientras al sol era capaz de quemar mis entrañas. Caminé algunas cuadras con mi mochila al hombro, por la avenida El Sol en dirección al Estadio Municipal en busca de un hotel. Me sentía como si fuera una extranjera de esas que exploran su país sin saber adónde van. Me alojé en el primer lugar que encontré; era un edificio de unos cinco pisos de color amarillo. Se llamaba El Dorado, como casi todos los hostales del Perú. Estaba situado en medio de un pequeño laberinto de tenderetes que invadían las calles aledañas: fruteros, verduleros, ropavejeros, yerbateros, abarroteros, gritando a diestra y siniestra los precios de sus productos.

Yo era tímida entonces, todavía lo sigo siendo, era un poco extraño para mí llegar sola a una ciudad que desconocía. Recuerdo que me tumbé en la cama de mi habitación a descansar, pero así como le sucede a todos los viajeros que llegan por primera vez a una ciudad, me sentía incómoda; afuera gritaban. "Sandía, sandía" por un magnetófono, así que sin poder pegar el ojo, salí sin rumbo conocido.

"Nunca me había atraído conocerla. 
La única vez que tuve la oportunidad de visitarla 
fue en una excursión con el colegio."


Sí, Puno, esa ciudad de la que siempre se hablaba en mi natal Arequipa, era vista por mis paisanos como una ciudad serrana y poco desarrollada. Nunca me había atraído conocerla. La única vez que tuve la oportunidad de visitarla fue en una excursión con el colegio. Ninguno de mis compañeros se puso de acuerdo a la hora de la votación. ¿Puno? Todos preferíamos ir a la playa más cercana a emborracharnos que conocer el mágico Lago Titicaca.

Salí del hotel con un mapa de la ciudad en mis manos. Subí por una calle en la que habían cómicos ambulantes rodeados de corros de gente que reía de cualquier disparate. También habían vendedores de huevitos de codorniz y ancas de rana, y uno que otro chocolatero ofreciendo chicles y caramelos. Llegué al Parque Pino en un suspiro, habían varios escolares lamiendo helados, correteándose en sus uniformes, bajo la supervisión de sus mamás. Atravesé la peatonal Lima, la más turística; zampoñas estallaban de unos parlantes, y al final, la Plaza de Armas que se abría en un terraplén, con una iglesia imponente, de estilo cusqueño, mirando al Lago Titicaca. Me senté en las gradas de la catedral a fumarme un cigarrillo. Canillitas venían a preguntarme si quería limpiar mis zapatillas. "No tengo dinero", les repetía.

No sé por qué durante ese viaje sentía melancolía. Estaba sola. Era mi primera vez sola en una ciudad de mi país, en una ciudad que desconocía. Sin sentirme satisfecha con mi caminata decidí andar más allá, subir la cuesta del Jirón Déustua hacia el Mirador de Manco Cápac. Quería ver el Lago Titicaca.

*

Siempre me ha gustado explorar ciudades. Digo "ha gustado" porque todavía me sigue gustando caminar por las calles más escondidas de las ciudades del mundo. Antes de llegar a Puno había vivido un tiempo en Pamplona (España); simplemente disfrutaba caminar por el casco viejo, explorar esas callecitas de piedra con portones desvencijados, con las cerraduras oxidadas. Siempre me preguntaba: ¿Quiénes vivirían allí? Lo mismo hice en Puno. Me dediqué a explorar la ciudad y a tomarle fotografías a todas las fachadas de las casas que llamaran mi atención. Casas viejas, derruidas, de adobes; algunas colgaban macetas al lado del portón; otras, debido a su abandono, dejaban crecer los cactus y el pasto caóticamente en las ventanas o los alféizar. Me dediqué a pintarlas. Escribía en un pequeño cuaderno relatos de una casa sobre cómo serían sus inquilinos. Una tarde me di por sorpresa con una señora que coleccionaba muñecas. Las vestía con trajes típicos del carnaval de Puno, que es famoso, y las tenía detrás de vitrinas.

"Me quedé varias semanas 
anclada a las orillas del Titicaca, 
y a pesar de esa nostalgia 
que guardaba en aquella época, le tengo cariño."

También viví el carnaval de esa ciudad. Me fui con mi cámara al estadio central a mirar las comparsas y los bailes. Mujeres con faldas hasta los muslos bailando la saya; hombres llevaban máscaras de diablos o trajes de osos. Me sorprende ahora cómo me atrevía a hacer todas esas cosas en aquella época. No le temía a nada, simplemente me lanzaba a ello.

Ahora miro con melancolía a Puno. Le comentaba a mi compañero que yo alguna vez había vivido allí. "¿En esa ciudad?", me preguntó pasmado. Sí, en esa ciudad que para muchos es poca cosa comparada con Cusco o Arequipa. A mí me gusta Puno, le guardo un cariño certero. Me quedé varias semanas anclada a las orillas del Titicaca, y a pesar de esa nostalgia que guardaba en aquella época, le tengo cariño. A una ciudad no sólo se le quiere por su fachada, sino que se hace con vivencias. Me pasa con otras ciudades que para muchos no significa gran cosa, pero a las que les guardo un espacio honesto en mi corazón de aventurera. Piura, Chiclayo, Puno, Cerro de Pasco, La Paz. Lugares sin rostro, pero con alma.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)
* Si desea información sobre Puno, alojamientos, actividades, restaurantes no dude en contactarme.






domingo, agosto 25, 2013

Día domingo (diarios)

Este domingo está un poco lluvioso en mi ciudad. Desde la ventana de mi dormitorio escucho el tintineo de las gotas de agua caer sobre los techos de las casas. Decido tomarme el día con calma y no sentirme obligada a montar bicicleta (mi hobby más sano) o a escribir la historia que estoy escribiendo (disciplinada), sino simplemente a limpiar la casa, prepararme un desayuno rico en proteínas y tomar el tren más tarde a Amsterdam. 

Hoy es domingo y me lo tomo con calma porque además está lloviendo y entro como siempre a la web del diario El País y leo las noticias -que esta vez siguen con los dramas de Siria y Egipto-. Me encuentro con un texto del Piedra de Toque de Vargas Llosa sobre el narcotráfico en latinoamérica, y otro del Praga de Kafka, un especial de Babelia y otro sobre el club de los libros interminables. 

Y pienso en toda la gente que como yo tiene un día domingo y hace las cosas que más les gusta o aprovecha para visitar a los amigos o a los parientes. O en hacerse un masaje. 

Pero este domingo tengo un pendiente, un libro de Haruki Murakami de setecientas páginas de ancho y que empecé a leer hace tres semanas y se llama "Kafka en la orilla". El libro en sí no es malo, pero estos últimos días me ha llevado a experimentar el aburrimiento y a preguntarme a mí misma "¿por qué leo este libro?". De tan pesado y largo y con una prosa limpia que me hunde en el marasmo he tenido que leer otras cosas al lado de "Kafka en la orilla" para sentirme con vida, como por ejemplo, El Adversario de Emmanuele Carrere o El novelista ingenuo y sentimental de Orhan Pamuk, extraordinarios textos. 

Yo siempre he tenido la creencia de que abandonar un libro a la mitad es 'casi' de mala suerte. ¿Y por qué? Porque a lo largo de mis años de estudio siempre escuché decir esto a la gente, a los críticos literarios, los periodistas, los literatos siempre me preguntaban con cara de inteligentes, entre sarcásticos y sabelotodos: ¿Que? ¿no has terminado el Ulises? ¿La Ilíada? ¿La Odisea? Recuerdo que alguna vez empecé a leerlos hace miles de años y que nunca pasé de las primeras páginas. Y este deber de me opaca.   

Pero volviendo al tema de los domingos. Este domingo he decidido terminar de leer a Murakami, sin embargo, -ese maldito sin embargo que siempre aparece en mi vocabulario- ahora que viajo en el tren a Amsterdam veo que lo he olvidado y que por eso escribo este pequeño texto para Pierdo Países, mi blog medio abandonado, y me pregunto mientras miro los campos de cultivo holandés por la ventanilla del tren: explanadas verdes y planas rodeadas de canales de agua y adornadas con vacas que se rascan la panza, si hay otras personas que como yo los días domingo se lo pasan leyendo un buen texto o intentando hacerlo sin ganas o visitando parientes o relajándose con un masaje. Yo me doy cuenta que peco de olvidadiza y que tengo otro pendiente para esta semana por culpa de este lluvioso día domingo. 

martes, agosto 13, 2013

Un viaje a la selva (mal-imaginado)

Nunca supimos a ciencia cierta qué fue lo que nos llevó allí esa mañana, a treparnos a ese destartalado camión con tolva blanca llamada El viajero. Nunca entendimos qué nos empujó a hacer esa ruta que nos tomó una infinidad de horas, días y semanas. Estábamos en un pueblo llamado Huancabamba, en la sierra norte del Perú, a unos dos mil metros de altura, y terminamos al otro lado.

Aquí la historia.


UNA NOCHE ANTES de la partida cenábamos en un restaurante llamado Jaimitos a un lado de la plaza rectangular del pueblo de Huancabamba. Era de noche, afuera las estrellas brillaban en el firmamento y en la calle algunos borrachitos jugaban con su pelota un fútbol premeditado. Adentro, en Jaimitos, una canción de Agua Marina tocaba una cumbia eterna que daba vueltas en un disco. Nosotros estábamos concentrados en nuestro mapa incompleto del Perú.

-¿Qué vamos a hacer mañana?-, me preguntó mi hermano mientras comíamos un pollo saltado. El menú del día, por supuesto. Era de los pocos restaurantes del lugar.

-No quiero regresar a Piura otra vez, -le dije-.¿Por qué no a la selva? -Días antes habíamos explorado las famosas lagunas Huaringas con un gringo despistado que se quedó dormido encima de su mula, y ahora habíamos vuelto al punto de partida.

El mapa indicaba que desde Huancabamba se podía ir a oriente por una carretera poco clara. Daniel, mi hermano, alzó la mano, silbó para llamar a la chica que atendía.
  
-¿Sabe usted si hay carretera a la selva desde aquí?-,  La señorita se acercó tímida a nuestra mesa, era una gordita en jeans con un polo rosado apretado. Tenía los cabellos castaños, los ojos verdes.
-La única que conozco es para Jaén, -dijo tragándose las palabras un poco secona-. ¿Quieren comer algo más?.

¿Jaén? Sonaba atractiva la idea de ir hasta allá. ¿Dónde quedaba? ¿Al otro lado de la cordillera? ¿Al lado derecho de Huancabamba, de acuerdo al mapa? Mi hermano dejó un poco de arroz en el plato, yo tampoco terminé de comer.

-Sí, sí, -dijo la señorita-, ¿quieren algo más?
-No, gracias señorita -la chica retiró los platos de la mesa. Mi hermano y yo: “La cuenta, por favor”.


En el mapa, del lado de Huancabamba, los trazos eran grises, del color de las montañas, mientras que alrededor de Jaén a unos cien kilómetros, calculando con el dedo, era un mar verde selvático. Sin embargo, había un pequeño problema, de Huancabamba a Jaén, la ruta amarilla se interrumpía en un pueblo llamado Tabaconas. Después no había indicios de camino.

Después de pagar, salimos del restaurante. Mi hermano se encendió un cigarrillo en la puerta de Jaimitos. Los borrachines desdentados se sentaron en la acera, dejaron de patear la pelota hacía rato, reían de la nada. Nos saludaron medio deformes, con palabras medio muertas, uno de ellos con la botella en la mano. Aguardiente. ¡Hey!

-¿Jefecito, es posible ir a Jaén desde aquí?-, le preguntamos a un policía.
-Pregúntele a mi colega –dijo serio sin querernos ayudar. Al parecer no sabía nada sobre la ruta.

Esperamos al colega más de quince minutos. Afuera del puesto policial dormitaba un perro negro, inconsciente.

-¿Hay camino a Jaén desde aquí, señor? –el colega apareció dos minutos después sonriente.

Su oficina era un cubículo diminuto pintado de un verde claro con la insignia de la policía nacional y dos escritorios con máquinas de escribir remington.

-Sí, claro -nos dijo alegre-. En el mercado hay camiones que salen tempranito.

lunes, abril 22, 2013

Cruzar la frontera (pedalear en Malí)






¿Qué nos hace pedalear en un país africano 
con guerra civil y un Al Qaeda involucrado?




A la gente que practica los deportes de fondo nos gustan los extremos. Hace algunos meses uno de los mejores ciclistas del mundo, Andy Schleck, declaró que los estrógenos que expulsa una persona al bicicletear lleva al ser humano a un estado de embriaguez; así como las drogas, así como el sexo. En eso radican las pruebas ciclísticas de larga distancia, en producir una especie de adrenalina que permite pedalear durante horas todos los días. 

Y esa adrenalina la tengo yo cuando recorro las sabanas del África Occidental.

Estoy en Malí, alguna vez imperio, centro del comercio de esclavos con los árabes en el siglo XV, considerado hoy un país entre los más ‘peligrosos’ del mundo. 

domingo, febrero 13, 2011

La Itaca interior




Leo a Marguerite Yourcenar, una escritora belga-francesa de mediados del siglo pasado, su novela llamada Memoria de Adriano (1951). Este libro recrea la vida y los últimos días del emperador romano Adriano. Nunca había leído un libro con un ritmo tan sabroso. Y una profundidad insuperables. Es de aquellos textos que uno no quiere dejar de leer nunca porque su cadencia es deliciosa, una medicina para el alma.

Al principio, confieso, me costó tiempo entrar en el libro. Su ritmo para mí era demasiado lento porque, quizás, en el fondo, yo estaba acelerada -el mal de estos tiempos, la velocidad de la información-. Pero esa sensación cambió en mi lectura cuando empecé a leer el libro en voz alta. La voz del narrador se apoderó de mi propia voz y consiguió conquistarme. 

Aquí quiero compartir un párrafo de la novela. La sinceridad de Adriano es encantadora, un canto a la vida. 

"Algunos hombres habían recorrido la tierra antes que yo: Pitágoras, Platón, una docena de sabios y no pocos aventureros. Por primera vez el viajero era al mismo tiempo el amo, capaz de ver, reformar y crear al mismo tiempo. Allí estaba mi oportunidad, y me daba cuenta de que tal vez pasarían siglos antes de que volviera a producirse el feliz acorde de una función, de un temperamento y un mundo. Y entonces me di cuenta de la ventaja que significa ser un hombre nuevo y un hombre solo, apenas casado, sin hijos, casi sin antepasados, un Ulises cuya Itaca es sólo interior. debo hacer aquí una confesión que no he hecho a nadie: jamás tuva la sensación de pertenecer por completo a algún lugar, ni siquiera a mi Atenas bienamada, ni siquiera a Roma. Extranjero en todas partes, en ninguna me sentía especialmente aislado (...)".

La traducción que estoy leyendo es de Julio Cortázar. El libro y la traducción son extraordinarios.    


domingo, febrero 07, 2010

Historia de un (casi) secuestro



Días antes de llegar a la frontera, un taxista saharauí nos advirtió en un buen español de no ir a Mauritania. “La cosa es grave allí, el gobierno no vela por la seguridad ni siquiera de sus ciudadanos, allí nadie va a protegerlos o defenderlos, la gente lleva armas en los bolsillos”, decía. El taxista vivía en Dakhla y perteneció alguna vez a los grupos polisarios saharauíes. Ni siquiera él se atrevía a pisar la región vecina.

Aquella mañana mientras descansaba en mi buhardilla en Roermond, una ciudad del sur de Holanda, abrí un periódico español y encontré una noticia relacionada a un secuestro en Mauritania, el país africano. Recordé en ese instante las imágenes del viaje que yo acababa de realizar desde París hacia Dakar en bicicleta. Las noticias informaban sobre la desaparición de tres ciudadanos españoles que en la misma carretera, incluso, en el mismo lugar donde nosotros comimos, descansamos y amanecimos, fueron secuestrados.

domingo, enero 03, 2010

Viaje al interior


La relación que uno tiene con los libros es alucinante. Un texto lleva a otro texto, al modo de Borges, quien cita libros en sus libros. Una referencia que en otras palabras conduce activamente al lector de una lectura a otra, o de una biblioteca a otra. Siempre tengo la misma sensación cuando leo a Enrique Vila-Matas. Este autor catalán cita siempre un libro sobre otro libro, como si se tratase de un ejercicio diario sobre la mesa.

Acabo de terminar de leer un artículo suyo en el Babelia, suplemento cultural del diario El País, del último sábado. Su artículo llamado "El viaje alrededor" cuenta la historia de Xavier de Maistre, un conde que escribió un libro llamado El viaje interior a raíz de un encierro de 42 días en una habitación en la ciudad de Turín.

Xavier de Maistre fue confinado después de un duelo, a 42 días de encierro en Turín y en esos 42 días escribió un libro. El libro es una exploración al inconsciente. Describe el viaje de la mente en el interior de una habitación. Desde el vuelo de una mosca, hasta dónde lleven infinitamente las ideas "al modo del cazador que persigue la pieza sin seguir un determinado camino". Vila-Matas le llama un innovador; un recorrido por la inmovilidad.

A propósito del tema, hace algunos años leí un libro llamado The Art of Travel, de Alain de Botton, libro que recomiendo a todos aquellos involucrados en las historias y en los viajes. Aunque no sea mencionado por Vila-Matas, pues en este libro aparece un capítulo dedicado a Maistre, The Art of Travel habla sobre los diferentes motivos del traslado, sean estos por curiosidad, por exotismo, por descubrimiento. También menciona el viaje sin movimiento, es decir, el viaje que realiza Maistre en su habitación, una perspectiva completamente distinta, que rompe esquemas, sobre el arte de viajar. He aquí la base de la filosofía de Xavier de Maistre.

"Por eso cuando viajo por mi cuarto difícilmente sigo una línea recta"

Y la completo con una frase de Lao Tse:

"Sin salir de la puerta se conoce el mundo /
Sin mirar por la ventana se ven los caminos del cielo /
Cuanto más lejos se sale, menos se aprende"

(Viaje alrededor de mi habitación. Xavier de Maitre. Funambulista. Madrid, 2007)

viernes, enero 01, 2010

El Dakar en bicicleta

Esta es la historia del famoso París Dakar, no a motor sino en bicicleta

1. La cosa era muy simple. Para llegar a Dakar había que pedalear siete mil doscientos kilómetros en bicicleta en diez semanas. Trepar numerosas montañas entre Francia y España. Cruzar La Mancha y los pueblos de Andalucía. Coger un bote en el Estrecho de Gibraltar. Atravesar el desierto del Sahara. Todo esto en setenta días con sus setenta noches, durmiendo en una carpa, comiendo nuestra propia comida, pedaleando en dirección al sur, viendo cómo los paisajes y las realidades cambian entre Europa y África. Dos continentes separados por una pequeña porción de mar que a la vez son tan distantes en el tiempo.

El París Dakar en bicicleta es dos veces más largo que el Tour de France. Es una competencia, pero también un reto para ciclistas no profesionales. En esta tercera edición del ‘rally’ participamos ciclistas de varias partes del mundo: Suecia, Noruega, Finlandia, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia, Suiza, Australia, Nueva Zelanda, República Checa. Y como único país sudamericano, el Perú. Todos con el mismo propósito: llegar a Dakar, la capital de Senegal.

El viaje empezó en París bajo la Torre Eiffel un domingo seis de setiembre. Pedaleamos cien kilómetros por día en los paisajes franceses, por pueblos pequeños de nombre medieval. Después de descansar dos días en Le Puy y Carcassone, entramos a Andorra, un país diminuto en el mapa europeo, entre Francia y España. Hasta entonces, en nuestras dos primeras semanas de pedaleo, tuvimos mucha suerte con el tiempo, pero cuando empezamos a trepar los Pirineos hacia uno de sus puntos más altos, el Port D’Envalira a 2,408 m.s.n.m., las inclemencias del clima nos tomaron por sorpresa. Sol, lluvia, nieve, cuatro estaciones en un solo día en la punta de la montaña. El descenso fue el momento más difícil, terminamos congelados de las manos a los pies. Aquella noche hizo cero grados y la lluvia no cesó hasta el amanecer.

Los días en España, por las regiones de Cataluña, Aragón y La Mancha fueron los más bellos del tour. Los paisajes españoles tienen una variedad única. Atravesamos Parques Ncionales, bosques de pinos y también de piedras, cruzamos las pampas y pasamos por pueblitos con nombres de apellidos, Albarracín, Alarcón. Pueblos que en la antiguedad fueron castillos montados sobre la montaña.

Las etapas europeas de El Dakar en bicicleta terminaron en Algeciras, junto al Estrecho de Gibraltar. Antes de subirnos al ferry que nos conduciría al África, celebramos nuestra hazaña. Éramos concientes de que el Dakar en bicicleta era mucho más largo que el famoso Dakar a motores. Nosotros sí habíamos recorrido todos los kilómetros desde París, cosa que el rally automovilístico no hace. Aproximadamente unos tres mil kilómetros desde París hasta Gibraltar. El África nos esperaba con todo su misterio. Países como Marruecos, el Sahara Occidental, Mauritania y Senegal todavía estaban por ser descubiertos. Cuatro mil kilómetros más sobre la arena. Para muchos de nosotros sería la primera vez en el continente africano.

2. Marruecos, un país árabe que contrario a cómo yo lo imaginaba tiene montañas de más de cuatro mil metros de altura. Sus paisajes son secos y variados. Sus costas están adornadas con palmeras, y la ruta al interior del país, en asfalto, lleva hacia campos sembrados de tunales, eucaliptos, pinos y acacias. Nosotros nos dirigimos a Fés y Marrakech por una carretera que cruza El Atlas, una cadena de montañas que divide al país en norte y sur, y que nos conduce al Sahara.

¿Qué puedo decir de Marruecos?

Al principio fue un choque cultural. Sus costumbres son diferentes a las nuestras. Las cafeterías en las ciudades estaban pobladas de hombres –ninguna mujer- tomando el té de la tarde, sentados en las terrazas mirando a la gente pasar, como si se tratara de un evento social. Las mujeres, pocas, paseaban por otro lado con sus niños, vestidas de la cabeza a los pies con sus burkas, apenas dejando percibir sus rostros. Y las mezquitas, siempre imponentes en las ciudades, comoen nuestros paíseslas iglesias, transmitían sus rezos hacia la meca cinco veces al día, por un parlante de radio que se escuchaba en todas las comunidades como alarma de bomberos.

Marruecos un país que nos sorprendió por el cariño de su gente y que nos sirvió para fortalecernos como ciclistas. Las rutas trepaban por El Atlas y de vez en cuando se acercaban a ciertas partes del desierto, preparándonos para lo más difícil, El Sahara. Una región que tardaríamos varias semanas en recorrer y que serviría de antesala para El Sahara Occidental y un país más lejano en el continente africano, la República Islamítica de Mauritania.

3. Cruzar el Sahara en bicicleta es uno de los retos más duros del París Dakar. Las imágenes de los primeros rallíes automovilísticos lo muestran muy bien, coches en la arena intentando vencer el desierto. Para nosotros, los ciclistas, cruzar El Sahara fue mucho más que vencer el desierto. Las dificultades aparecieron cuando nos dimos cuenta que la carretera era una línea recta hacia el horizonte y no quedaba más que pedalear mirando el mismo paisaje bajo un sol que algunas veces alcanzó los cincuenta grados de calor.

Nuestro primer encuentro con el Sahara fue en aquella región conocida como El Sahara Occidental. No es un país, es una región que alguna vez se llamó La Sahara Española. En esta parte de la ruta pedaleamos cientocuarenta kilómetros por día a lo largo de un acantilado al lado del Océano Atlántico, que me hacía recordar a las costas del sur del Perú. Nuestro objetivo –que logramos conquistar- fue llegar en siete días a Dakhla, una península al sur de la región, y en diez días ingresar a las tierras de Mauritania, donde nos esperaban varias noches de campamento.

Días antes de llegar a la frontera con Mautirania nos topamos con carteles que decían “!Territorio minado!”. Y con esqueletos de automóviles que en primera instancia habían explotado por las minas, y en segunda habían sido desmantelados por los pobladores del lugar para construir sus casas. Ingresar a Mauritania fue entrar a un territorio que parecía estar en estado de guerra, pues el gobierno no vela por la seguridad de su país y permite a grupos subersivos –entre ellos Al Qaeda- ingresar a sus fronteras.

Para muchos de los ciclistas, Mauritania fue uno de los lugares más impactantes en la ruta. En los cinco días que dormimos en su territorio vimos el tren más largo del mundo, de tres kilómetros de largo con sus 189 vagones pasar al lado de nuestro campamento. Dormimos en medio de una tormenta de arena sobre unas dunas de cinco metros altura. Observamos las más espectaculares salidas del sol (y además puestas de sol, incluyendo la luna), y pedaleamos con camellos a lo largo del camino. Esta empezaba a ser el África que nos imaginábamos, un África mezcla de colores y de culturas, entre lo arcaico y lo moderno, en donde se escuchaba música árabe y negra, la antesala de lo que nos esperaba: Senegal.

Los últimos días en Mauritania fueron un cambio drástico en la temperatura y el paisaje. Bosques de algarrobos y acacias, pueblitos a lo largo del camino, incluido un parque nacional. Nuestra última noche , antes de cruzar la frontera a Senegal, dormimos en medio de unos pantanos, entre aves y mosquitos. Al día siguiente mientras pedaleábamos sobre una trocha a lo largo de un dique, un grupo de jabalíes salvajes apareció delante de nosotros en busca de un refugio, y al pasar al lado de una laguna, un grupo de aproximadamente doscientos flamingos rosados alzaron vuelo.

4. La frontera de Mauritania y Senegal está dividida por un río llamado como el país, Senegal. Después de varias horas en la frontera esperando a que las autoridades de ambos países transcribieran nuestros nombres en un cuaderno, pues tienen dificultad para hacerlo porque su alfabeto no es el mismo que el nuestro, llegamos a la ciudad de Saint Louis.

Esta ciudad que antiguamente fue el centro colonial francés en la región parece detenida en el tiempo. Un puente de hierro diseñado por Eiffel conduce a una isla que es el centro de la ciudad. Numerosos edificios antiguos ahora son parte del gobierno, en medio de calles descuidadas pobladas de gente, automóviles y vacas y cabras, que se pasean en la ciudad como en el campo, pesadores en sus carretillas transportando pescado, y un mercado metros más allá Una mezcla de realidades y de gente, como si retrocediéramos en el tiempo.

En Senegal empieza el África negra, es un país que sufrió los tiempos de la esclavitud, Muchos de sus ascendientes migraron a América del norte y del sur, incluido el Perú, a realizar trabajos forzados. Aqui se escucha la musica negra por todas partes.

Lo que más me sorprende al pedalear por las carreteras de Senegal es la cantidad de niños que hay en los pueblos. Todos ellos aparecen de todas partes corriendo y gritando al vernos pasar: “Un cadeaux, un cadeaux”, en francés, nos piden, con la ilusión de un regalo para ellos. Un niño corre detrás de mí con la foto de Obama, el presidente de Estados Unidos, en un t-shirt, como si fuera el héroe de los senegaleses.

Los pocos días que nos quedan en Senegal tenemos un doble sentimiento. Por un lado queremos llegar a Dakar, porque estamos cansados, claro está, y por el otro sabemos que la aventura va a terminar y que el grupo se separará de un momento a otro. Setenta días con sus setenta noches es suficiente para convertirse en casi una familia, con miles de historias acumuladas durantes siete mil doscientos kilómetros.

Un sábado catorce de noviembre llegamos a Dakar entre risas y llanto. De los treinta ciclistas sobrevivieron veinticuatro, y todos en buen estado físico y de salud. Hubo un lugar en el podio para los más rápidos del tour, dos suizos, Eric y David, y un belga, Dirk, que defendieron su puesto hasta el final. Pero los grandes ganadores fuimos todos nosotros, el grupo, que conseguimos conquitar las carreteras europeas y africanas en diez semanas, y que a pesar de la dificultad allí estuvimos pedaleando día a día sobre el asfalto hacia la punta más occidental del África, la mítica ciudad Dakar.

Este viaje fue organizado por la empresa Bike Dreams. Para más información o interés consulte la página web www.bike-dreams.com

Artículo publicado en la revista Somos, del Diario El Comercio, Perú.

Artículo publicado en la columna virtual de Susana Montesinos en la revista Viajeros, Perú: http://diarioenbicicleta.wordpress.com/

Más fotos en París Dakar en bicicleta

domingo, diciembre 27, 2009

El volcán sin nombre

¿Sabían ustedes que el famoso volcán Misti, aquel que resguarda la ciudad de Arequipa, no tenía un nombre propio en el pasado?

En 1540, a la llegada de los españoles, el Misti, el famoso volcán, era llamado el "volcán sin nombre", así figura en los archivos de la ciudad y además en algunas crónicas de indias. Murúa le llama "un volcán" (524) cuando refiere a la explosión de El Misti a finales del siglo catorce, historia que él recogió del tiempo de los Incas. No le da un nombre propio.

"El volcán sin nombre" al parecer tuvo alguna vez un nombre propio que hoy se desconoce. Cuenta la historia que un grupo étnico de la ciudad, los yarabayas, ubicados en lo que es el centro de la ciudad, tuvieron que huir de sus tierras por la explosión del volcán. Cuando retornaron, en castigo le quitaron su nombre propio, como si se tratase de una reprimenda. Algunos dicen que se llamó Machu Putina en contraposición a otro volcán en la región de Moquegua conocido como el Huayna Putina.

Se desconoce el momento en que el Misti obtuvo el nombre Misti. Misti significa "criollo u hombre de raza blanca". Quizás adoptó este nombre porque la ciudad de Arequipa fue una ciudad colonial llamada "la ciudad blanca" por su sillar blanco, pero también porque allí habitaron "los hombres blancos"; valle que se hispanizó rápidamente durante la colonia.

miércoles, diciembre 23, 2009

Mauritania secuestrada

Acabo de escuchar la triste noticia de dos italianos secuestrados en Mauritania.

Es la segunda vez que escucho acerca de un suceso de este tipo en ese país del occidente africano, después de mi viaje a Dakar.

El primer incidente se produjo el 29 de noviembre cuando tres cooperantes españoles fueron secuestrados a 170 kilómetros de la capital del país, Nouackchott, en un pedazo del desierto del Sahara, en el que yo dormí en una carpa con otros veinte ciclistas a principios de noviembre sin ningún peligro o miedo.

El segundo suceso ocurrió el 18 de diciembre, al sur de la capital mauritana, donde el desierto se empieza a convertir en sabana tropical. Un italiano y su novia de Burkina Faso fueron capturados en su auto. Allí también dormí en una carpa al lado de los algarrobos y las acacias una noche de luna llena, sorprendida por los parecidos que pueden tener dos regiones en dos continentes distintos (África y América del Sur).

Y la confirmación llegó: Al Qaeda fue quienes los secuestró. El grupo terrorista, la versión africana de, capturó a este grupo de gente extranjera que ahora está en sus manos. ¿Al Qaeda en Mauritania? Sí, en Mauritania y en Mali y en Argelia.

Cuando llegamos a Mauritania en nuestras bicicletas sabíamos que había peligro de secuestro, pero no creímos que fuera a ser tan grave el asunto. Nuestra ingenuidad nos hizo pensar que seguro secuestraban a gente metida en la política o en algún tipo de trabajo social. Sin embargo, los sucesos hablan por sí solos.

Hace algunos días, una amiga que leyó esas noticias sobre Mauritania me escribió: "Tu ángel de la guarda debe estar pidiendo vacaciones con urgenica". Si los ángeles de la guarda existen, qué bien supo cuidarme en mi recorrido por África. No sólo de los terroristas, sino también de los mosquitos.

lunes, diciembre 21, 2009

Historia de un libro que se descubrió cuatrocientos años después


Muchas veces las historias de los libros son mucho más interesantes que las historias de sus autores. Este es el caso del libro "Historia general del Perú", de Fray Martín de Murúa. Un libro que vivió unas aventuras tan alucinantes como las de su creador.

"Historia general del Perú", un libro del año 1590, es decir, un libro del siglo XVI, cuenta la historia andina desde los ojos de un fraile mercedario del tiempo de la colonia. Fray Martín, como se le conocía, había recorrido todas las indias para escribir una historia tan alucinante como la de Cieza de León, quería, con el objetivo de guardar toda aquella historia no escrita por los antepasados incas, porque no tenían escritura.

A modo de contexto, el libro relata en tres partes, la historia de los incas y de la colonización. La primera parte describe desde el mito de los orígenes incaicos, con el relato de los hermanos Ayar y la de Manco Capac y Mama Ocllo, hasta el de su final, cuando el inca Tupac Amaru primero, se refugia en Vilcabamba. En su segunda parte, explica cómo estuvo organizado el imperio incaico. El orden social y político del reinado inca impresionó mucho al mercedario. Y en la tercera parte describe la geografía y etnografía, el gobierno español y las ciudades que se fundaron, siempre con un tinte religioso, característico de la época.

Jamás imaginé que este libro fuera a tener una historia personal poderosa. Siempre había escuchado hablar de las famosas crónicas de indias, pero nunca me había sentado a leerlas, cuando lo hice años atrás me quedé dormida por el aburrimiento. Pues su prosa es de un español antiguo, que atrapa la vista y el sueño casi de inmediato.

La historia de aventuras del libro empieza cuando Murúa decide intentar publicarlo. Para conseguirlo recorre las provincias del virreynato en busca de su aprobación. No sólo buscó a los eclesiásticos y sus superiores en la iglesia de la Merced, sino también a los gobernadores en La Plata, Hilabaya (en Bolivia), Arequipa y al virrey del virreynato del Perú. Pero también al sumo sacerdote mercedario en España y al mismo rey de España.

Murúa murió cuando el rey de españa aprobó la publicación del libro. Y nunca llegó a publicar el libro. ironía del destino, ¿verdad? La orden de los Mercedarios en España se quedó con el texto y nunca se preocupó por darla a las prensas. Alguien en el convento, sin embargo, se quedó bajo su custodia y se llevó el libro a Salamanca y luego al Colegio Menor de Cuenca, a cuya biblioteca lo donó.

El libro de Murúa (Fray Martín) sufre el mismo destino que todos los libros de la biblioteca del Colegio Menor de Cuenca. Este antiguo colegio cierra sus puertas en el siglo XVIII y todos sus libros, en vez de pasar a la biblioteca de Salamanca, llega a la Librería Real, del rey de España.

¿Estaría el libro allí?

El libro figuraba en el inventario pero no estaba allí.

Apareció de pronto en la maleta del hermano de Napoleón Bonaparte cuando escapaba de España luego de que su reinado fracasó en la Península Ibérica. Pero el hermano Bonaparte es sorprendido en Vitoria, el norte de España, por el duque de Wellington, quien se lleva el equipaje del hermano de Napoleón. Y por ende también el libro.

En conclusión el libro aparece en Inglaterra en la biblioteca del duque de Wellington, olvidado, incluso arrinconado en la biblioteca del duque. Varias veces intentó Inglaterra devolver los libros a España, pero España nunca se preocupó por esa colección.

La obra quedó en la biblioteca de Apsley House -la residencia de Wellington en Londres-, hasta 1950, año en que el libro se descubre. La inspección de la biblioteca fue encomendada por el duque de Alba a un catedrático de la Universidad de Madrid, quien en 1951 dio la gran noticia: "Original Murúa localizado Biblioteca Duque Wellington".

Las historias de los libros son a veces mucho más facinantes que las de sus autores. Este es un caso real que podría trasladarse sin ningún problema al campo de la ficción.

Ahora tengo el libro en mis manos y me cuesta creer que este libro fue descubierto hace un poco más de cincuenta años en una fría biblioteca de Londres a mediados del siglo pasado. Un libro bastante grueso, la verdad.

miércoles, diciembre 16, 2009

Los mataron por la espalda


La población estaba alerta, yo no sabía bien de qué iba el problema, simplemente que yo ya no podía caminar por allí

Hace algunos años viví en el norte del Perú, en una ciudad llamada Piura, lugar donde estudié y además trabajé por alrededor de 8 años. Recorrí su sierra, también su costa, pero sobre todo aquellos caminos que conducen todavía a lugares insospechosos, es decir, a sitios alejados aún no descubiertos por los ojos humanos; montañas, selvas tropicales, estepas. Todos los ecosistemas en una región.

Hace algunos días leí en los periódicos peruanos que unos comuneros de un pueblo llamado Huancabamba (lugar de shamanes) habían sido asesinados. Ellos estaban protestando (y están desde hace algún tiempo) en contra de los trabajos de una empresa minera: Monterrico Metals, conocida como Majaz, que desde hace algunos años está realizando trabajos de exploración en la zona; y obtuvo el permiso del gobierno peruano para "bajarse", y lo digo en buen peruano, un grupo de montañas en la única zona de selva de la región, conocida como Carmen de la Frontera.

Esta historia de Monterrico Metals y de los comuneros de la zona la estoy escuchando desde que me fui de Piura, año 2004, aproximadamente. La mina quería las licencias del gobierno peruano para explotar un depósito de cobre y molibeno. Los comuneros descontentos con el ingreso de esta empresa extranjera en su región se levantaron en forma de protesta.

En los años que recorrí la serranía de esta región nunca tuve problemas para transitar libremente de un poblado a otro. La última vez que fui la situación había cambiado. Los pobladores de casi toda la región, por lo menos de dos provincias, Ayabaca y Huancabamba, no me dejaban ir a ninguna parte. Si yo quería ir a la Laguna (un caserío) a entrevistar un grupo de pobladores, no me dejaban, "cualquiera podría secuestrarme", alegaban; ni siquiera participar en los eventos parroquiales. Al único lugar al que llegué fue Palo Blanco, un caserío al que sólo se llega caminando o en burro. El teniente alcalde tuvo que protegernos porque sino serían capaz de matarnos.

-Pueden pensar que eres minera.

Y esa fue la razón por la que ya no pude visitar Caxas, la ciudadela inca enterrada en una montaña; las lagunas Las Huaringas y su pueblo con setenta shamanes; y cientos de poblados a los que antes iba sin ningún problema, y la gente me recibía con los brazos abiertos.

Para mí es triste escuchar que dos comuneros fueron matados por la espalda a principios de noviembre en Carmen de la Frontera, pero es mucho más triste ver cómo la website de la mina tergiversa la información, alegando que los asesinados fueron gente de la mina.

No sé si esto es enfrentamiento armado. Sólo me apena ver cómo las autoridades peruanas otorgaron una licencia en el 2000 a una empresa extranjera que trae problemas a una región pobre. Es un riesgo además porque esta situación está despertando el terrorismo.

Por un lado entiendo el ritmo de vida del mundo. Como algunos dicen "lo importante es el beneficio", pero por el otro me parece una desfachatez, incluso una burla, que todo sea a costa de la vida de la gente que vivió allí toda su vida, generación tras generación, y que encima tergiversen la información.

Más información sobre este tema en:

http://www.larepublica.pe/archive/all/larepublica/20091216/1/node/238788/total/01
http://www.monterrico.co.uk/s/Home.asp

lunes, diciembre 14, 2009

Kuélap en la bruma de la historia


Todavía recuerdo la última vez que fui a Kuélap, unos restos arqueológicos en la ceja de selva peruana, pertenecientes a un grupo étnico pre-inca llamado la cultura Chachapoyas.

De la cultura Chachapoyas sé lamentablemente poco. La única información proviene de mis viajes por aquella región, dos veces en total, y de las pocas lecturas sobre su historia en los artículos escritos por Taylor, un académico francés que estudió la situación lingüística de la región, y de la posible lengua chachapoyana.

Kuélap es una fortaleza clavada en la cima de una montaña (ver foto). Fue descubierta antes que Machu Picchu y es visitada diariamente por turistas nacionales y extranjeros. En 1843 fue la primera vez en ser visitada.

Hoy, leo con cierto estupor una noticia en Living Peru, promocionado por facebook, link al que me adjunté hace algunos meses. La noticia anuncia un documental realizado por la Nathional Geographic acerca de Kuélap. Me parece una excelente iniciativa la de publicar un documental sobre el resto arqueológico chachapoyano, pero cuando me imagino lo que pudo haber involucrado la filmación de ése vídeo, me decepciono. Las imágenes de mi segundo y último paseo por Kuélap aparecen en mi mente, y con tristeza.

La segunda vez que viajé a Chachapoyas fue en el 2006; llegué con la ilusión de volver a ver ese monumento histórico que tanto me cautivó la primera vez. Hay una verdad. Volver a los lugares que uno visitó alguna vez puede traer dos tipos de reacciones, o de felicidad o de decepción.

Esta vez fue la decepción.

Cuando llegué a Kuélap vi lo mucho que había cambiado. Ya no era la fortaleza imponente de antes, con sus fuertes murallas venciendo el tiempo y esa cautivante soledad que inspiran los monumentos antiguos. Nada de eso. Un grupo de arqueólogos de una universidad trujillana estaban "refaccionando" el resto arqueológico. Y fue impresionante volver a verlo: Las piedras en los muros ya no estaban las-unas-pegadas-a-las-otras: los arqueólogos las habían desarmado como si se tratase de un rompecabezas (esa es labor arqueológica, sin criticar), pero reconstruyeron los muros utilizando cemento, técnica que nunca utilizaron los antepasados chachapoyanos. ¡Cemento entre las piedras de los antiguos chachapoyanos!

Kuélap ya no parecía un resto arqueológico sobreviviendo el tiempo. Al contrario, el monumento arqueológico parecía una fortaleza militar de otra época, un armatoste que había perdido su autenticidad a coste de un proyecto arqueológico dirigido por personas con escaso criterio. Estoy segura que esa misma gente invitó a la Nathional Geographic a filmar un documental. Si los espíritus chachapoyanos vieran, se revolcarían en sus tumbas, sin ninguna duda.

Y termino este artículo recordando una entrevista que le hice alguna vez a Federico Kauffmann Doig, quien afirmó:

"Cuando la Nathional Geographic llegó a filmar un documental sobre las momias de Leymebamba, el INC (Instituto Nacional de Cultura) transportó las momias en unas carretillas agrícolas de un lugar a otro, sin importarles el daño".

No voy a seguir describiendo la forma cómo se mantiene el Patrimonio en el Perú. Sólo doy unos ejemplos de lo que he visto.

domingo, junio 15, 2008

De Quito a Ushuaia


Hace varios días que quería escribir en el blog pero me fue imposible desde mi computadora. Parece que hoy se desatoró la pobre y me permitió el acceso a su configuración, para escribir unas líneas en el blog. Ya es mitad de mes, qué cosa, no? Hace dos semanas se atoró y yo aquí tratando de desatorarla, pero parece que funciona bien la pobre.

Yo bien, preparándome para mi viaje a Sudamérica, haciendo las maletas y terminando mis obligaciones para embarcarme pronto hacia el sur. En fin. Muchas cosas por hacer en seis semanas, pues tengo que arreglar todas mis cosas aquí en Holanda. Primero: arreglar el tema de mi habitación. Segundo: terminar el último trabajo pendiente para mi profesor. Y tercero: prepararme mentalmente para tamanya travesía. Pues, no es una cosa fácil viajar cinco meses de un punto hacia el otro. Aunque uno sea viajero por amor hay asuntos que uno tiene que hacer por obligación, y una de las cosas es la anticipación: arreglarlo todo, que quede impecable, tratar de producir el mínimo de fallas y adelante !

Alguna vez comenté en el blog que uno de mis escritores favoritos es Kapuscinski. Bueno, a Kapu lo conocí en Lima a través de un amigo duenyo de una revista famosa. Antes de conocerlo puedo decir que yo ya sabía qué quería hacer con la literatura: ya me había entrado el bichito de escribir historias de viajes de los ANDES y publicarlos para dar a conocer al mundo aquellos momentos de belleza que yo tanto anhelo y recuerdo de mis paisajes. La cuestión fue que yo sabía que si quería hacer esto, es decir, escribir historias de viaje, tenía que viajar... empecé a hacerlo sola, me fui a Puno y Cotahuasi, allí anduve sola caminando de aquí por allá. La gente me confundía con turista. Yo escribía todo en mi Moleskine. Al principio fue duro andar sola, pues siempre temía a los abigeos. Sin embargo, continué viajando de ese modo en la sierra norte de Piura y también por Cajamarca. El viaje siempre fue recurrente en mi vida.
Kapuscinski me ensenyó a través de sus libros que el viaje es un lugar no trazado en el mapa, es decir, yo puedo decidir irme a Roma pero no sé qué monumentos iré a ver, lo haré a medida que camine y explore la ciudad yo sola y descubra el lugar en donde estoy. Así anduve yo por mis pueblos del norte y del sur, trazando las montanas y aprendiendo a leerlas. Yo quería caminar todos los caminitos, andar por los senderos y dibujar los mapas que yo había caminado. Andar se convirtió para mí en una callosidad: yo debía hacerme parte de la naturaleza, convertirme en ella, para poder decir al final del camino: he caminado.

Les cuento un poco. Quizás mis lectores no saben mucho, pero la organización para la que he empezado a trabajar se llama Bike Dreams. Tiene dos anyos de funcionamiento, ya han hecho viajes de París hasta Dakar, o la ronda Italia. La gente tiene un verdadero espíritu aventurero, y creo que me llevo súper con ellos. No conozco más que a uno de los jefes, pero veo que somos de un espíritu parecido. Ahora estamos ocupados viendo el tema de los hoteles y haciendo un bruchure de los Andes.
Alguna vez anduve por los caminos Inca del Norte del Perú (con novela ya escrita), también por los senderos de Muylaque. De alguna forma también tiene relación el haber conocido a mi profesor de lenguas andinas, y el haber estudiado el Pukina, con el VIAJE. Todo tiene una razón en la vida. Aquella idea primaria de viajar y escribir se está haciendo realidad. Determinación o mi propia voluntad?
Ahora me voy de vuelta al sur, por toda América del Sur, y podré explorar mi continente. Ya no son los Andes peruanos, ahora es todo el Ande. Escucho mi música para inspirarme, mi hoja verde de la coca, con mi moleskine. La anticipación.

Puedo asegurarles que lo que siento es verdadero amor

sábado, mayo 31, 2008

128 días

Último día de mayo, y hay varias cosas por contar. Los 128 días.

Han escuchado alguna vez hablar de la realización de los suenos? Bueno, puede sonar así a un tema trillado y repetido en todas las esferas de nuestra vida social, sin embargo creo que es algo que sí existe y está presente a lo largo de nuestras vidas, pues acaba de tocarme cerca muy cerca de nuevo, y confirmo aquella frase que dice : quien siembra cosecha.


Creo que a lo largo de mi existencia he sembrado muchas cosas. siempre he tenido gusto por la geografía, la literatura, el arte y las historias de aventura. cuando elegí Leiden como universidad yo sabía que algo iba a encontrar aquí y lo encontré: un profesor experto en lenguas andinos que me ha sabido ensneyar más del Perú que el mismo Perú. También encontré la literatura: teorías que yo jamás vi en mi vida: la narratología, la mise en abyme, pasiones que uno siembra y poco a poco van creciendo dentro de uno. Sin embargo, cuando todo el estudio de maestría terminó yo me pregunté qué hacía aquí , y empecé a recordar. Recordé que yo había venido con la intensión de viajar, así como dice mi blog: viajar, perder países. Entonces me di cuenta que académicamente la forma más bella de hacerlo era vía la lingüística. Le propuse a mi profesor ir en busca de una lengua perdida en el norte del Perú, allí sólo encontré gente que hablaba espanol, y después viajé al sur, por el Titicaca. No saben cómo me gusta viajar, llevar a la gente y ensenyarles la cultura del lugar: llevé a un aymarista a las sierras de moquegua, me asaltaron en La Paz y sigo feliz.


El asunto es que después de estos últimos viajes me pregunté y ahora qué: "tengo que conseguir un trabajo antes de empezar el doctorado que me dé dinero para poder sustentarme". Entonces me pregunté: qué tipo de trabajo puedo hacer yo en Holanda?? Empecé a postular a periodismo, pero obviamente nada interesante tocó mi puerta, pues todos esperan que seas nativo (más que fluido) en el holandés y yo lo soy en el espanyol. Luego busqué en el sector educación pero lo único que ofrecían era ser profesor de espanyol: la verdad, tengo que ser sincera, no me parece una carrera interesante ensenyar espanyol (prefiero el quechua), pues ya hay miles de personas que lo hacen por todo el mundo, es lo primero que un latinoamericano hace al llegar a paises como holanda, ofrecerse como profesor de espanyol. En fin. Luego, empecé a explorar las organizaciones de cooperación para el desarrollo, pero tampoco me convencía, pues las personas con las que ya había trabajado eran pura palabrería y proyectos inconclusos y mal enfocados. No me sentía a gusto la verdad... hasta que un día escribí la palabra ANDES en el google holandés y apareció lo que debía de aparecer: viajes.
Yo he viajado desde que estaba en el vientre de mi mamá. Incluso mis antepasados peruanos ya habían sido gente de viajes. De pequenya adoraba Marco Polo y era fan de Mac Gyver. Lo que más me gustaba era dibujar mapas e inventar historias de caminos. Justo por esos días había leído un libro que me hizo pensar en mis arquetipos: cuáles eran? Yo tenía cerámicas peruanas guardadas en una caja y con ella reconstruí todo un poblado andino en mi cuarto, también saqué mis mapas y los pegué en mi pared, y volví a leer el libro "el arte de viajar".


Después de unos días volví a buscar en el google y vi que una organización holandesa necesitaba gente para un viaje por Perú. Yo postulé animada a ese trabajo sin conocer realmente la dimensión del asunto. Y esperé unos días a que me den la respuesta. Esperé durante una semana con los crespos hechos: hasta que recibí un mail en el que me decían que me querían entrevistar. Una entrevista de 3 horas, nada más ni nada menos.

Y ahora lo tengo que decir...


Me voy de viaje, y pronto. Alguna vez sonyé con caminar el perú de norte a sur, pero ya no... ya no es posible. Es más grande. Ahora suenyo con caminar todo el hemisferio sur. 11mil kilómetros en 128 días, en bicicleta. Desde Quito (Ecuador) hasta Ushuaia (Argentina).

El suenyo es más grande de lo que alguna vez sonyé. Es real. Estoy pisando tierra. Seré la traductora y la guía, la guía de un Trail por Los Andes. Harta chamba, es cierto, pero soy feliz. Es un suenyo dentro de otro suenyo: una mise en abyme: una historia de espejos.

"Quien siembra cosecha"... y no siempre una plantita, a veces un árbol de metros de altura. Así es como yo también conocí hace unos anyos a mi escritor. Así es como empieza a tener lógica LA Lógica en mi vida. De la literatura al quechua hay sólo un paso: borrar la frontera, pronto perderé mis países, una vez más.

"El mundo es un libro y quienes no viajan sólo leen una página".
(San Agustín)

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Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía