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jueves, mayo 07, 2020

Una huella en el incendio


Parque Nacional de Meinweg. Incendio despropocionado a fines de abril en el que un pueblo llamado Herkenbosch, de un puñado de habitantes, tuvo que ser evacuado debido a la alta emisión de gases del fuego. Ahora todo está calmado. La naturaleza se regenera. Y yo puedo volver a dar una vuelta en bici con mi marido y mi hija pequeña. 

lunes, abril 13, 2020

Un carbonero en el travesaño

Casi mediados de mes, y aquí sin saber qué hora es ni qué día de la semana. Seguimos confinados a nuestras cuatro paredes preguntándonos hasta cuándo durarán estas medidas. Hoy es el segundo día de pascua en Holanda, y a pesar de ser un día libre, es el día libre más extraño de mi vida. Me cuesta concentrarme, leer con detenimiento. Mi cerebro anda ahogado en el pensamiento de los inútil. Desasosiego. Falta de motivación. Mi dopamina (que me produce placer) se calcifica en mis entrañas. Veo por la ventana de mi estudio, y los únicos libres son las mariposas, los zancudos y las ardillas que convierten mi jardín en un festín primaveral. Placer para los ojos. ¿Cómo es posible que para curarnos tengamos que aislarnos de nuestro ser natural y social?

Hoy por la mañana un ave pequeña llamada parus major o el carbonero común, un pájaro de pecho amarillo que habita esta parte del viejo continente, estaba parado delante de la puerta de salida de mi casa. Parecía enfermo. Sus grisáceas alas yacían sin el brillo de sus otros compañeros. Su canto era casi inaudible. Abrí la puerta para acercarme a él, y evidentemente, tal como me lo esperaba, no se fue volando (algo que normalmente hacen), sino que se quedó allí tiritando de frío, inflando su plumaje, dando un paso al costado. ¿Estaría sufriendo? 


No sabía qué hacer. Mi hija de cuatro años me decía que debía llevarla a su casita en el árbol para que se mantenga calentita, mamá. Era mejor no hacerlo, no me atrevía a coger al ave entre mis manos. Le servimos agua y le dimos unos gramos de alimento para pájaros, pero el animalito no parecía interesarse en absoluto. Así que lo dejamos tranquilo y nos volvimos a la casa. 

Después de media hora escuché un golpe en la ventana de la cocina. Era el carbonero que de una alzada se había dado con el travesaño. Se sujetó con esfuerzo a la madera, algo que en los cinco años que llevo aquí jamás había visto. Se quedó allí mientras llovía un poco. Cuando volvimos a ver cómo le iba,  desapareció.

Su desaparición me dejó desmoralizada. He revisado todo mi jardín, desde mi huerto orgánico hasta las macetas con geranios colgadas de las paredes. No lo encuentro. ¿Se fue volando? Sólo espero que siga vivo y que se haya recuperado.  

Escribo esto tres horas después. El sol ha salido, alegría la mía. Me hace sentir mucho mejor. 

Roermond, abril 2020

lunes, octubre 13, 2014

Rumiar pensamientos



Aquí volvemos con el diario después de algunos días en la nada. La nada, nada. Viajé al norte a visitar a mi madre, luego llegó mi hermano. Me costó muchísimo concentrarme en los entretantos, encontrar la paz para escribir sin parar, revisar la novela y además pensar en cómo mantener mi motivación sostenida por un instante. Hago lo mejor y lo posible. Doy todo de mí, aunque –con esa naturaleza crítica que tengo- sé que puedo dar más.

Hoy me levanté directo al ático de mi casa a corregir. Se me ocurrió seguir una dieta de verduras y sopas. No para bajar de peso, pero por pura limpieza del organismo. En fin. No hace nada mal. Dentro de esa a-litariedad me metí en lo literario y trabajé sin descanso en la corrección de mis textos.

No puedo evitar pensar y pensar, recordar y recordar. El silencio, la soledad que me da vivir en este lugar a veces me corrompe y me hace verme demasiado adentro. Mala justiciera, fanática y banal.

Escribir. Me cuenta mucho creer en lo que hago. Regresé del Perú con todas la creencia puesta y después de unos días entro en una rutina que me hace rumiar pensamientos, como diría Camus, olvidarme de mi foco. Mi meta.


Aún lo que es peor, no es olvidarla, la meta, sino más bien dejar de creer en ella. Es mi naturaleza. Hay que mantener el estado de ánimo y darle al teclado. Y tocar puertas cuando el texto esté listo. Los pendientes no me dejan avanzar.


sábado, octubre 05, 2013

Mi buhardilla roermondina



A RAÍZ DE mi último post muchas personas me han preguntado qué es una buhardilla. Yo les respondo directo, les digo que es un ático en una casa antigua europea, traída a la fama por varios escritores franceses, norteamericanos y latinoamericanos del siglo XX. Claro, todo aspirante a escritor, incluido Vargas Llosa en sus tiempos juveniles, quería llegar a París a vivir en una buhardilla, en esos espacios pequeños con el techo inclinado en un último piso. Pero debo admitir que así como varios escritores soñaron con vivir en una buhardilla, entre ellos Vila Matas, el escritor catalán, como Hemingway en París, yo nunca imaginé 'tener' una buhardilla. Y sin embargo, la vida es así, te la da de pronto, y sin querer terminé 'escribiendo' aquí.  

Todo empezó cuando me mudé después de varios años a una ciudad al sur del país. Vivía en una habitación tamaño caja de zapatos de la ciudad de Leiden, al norte de Holanda, estudiando un curso de literatura, y una tarde de primavera decidí empacar mis cosas y cambiarme a otra ciudad más pequeña y a lo mejor menos enigmática. Llegué aquí con el propósito de ver cómo me iba. Sin querer aterricé en un pequeño departamento antiguo del centro de la ciudad, en un edificio, que de por sí, podría estar infestado de ratones, pero no es así. 

Cuando llegué aquí disfruté de la luz que tenía el apartamento y la persona con la que vine a compartir el piso me dijo que había una puerta secreta. ¿Una puerta secreta?, le pregunté. No lo podía creer.

La casa tenía una cocina, un pasadizo pequeño, dos dormitorios y una sala amplia que daba a la calle y que tenía algo que es muy valorado aquí, ventanas grandes. Y en medio de todo eso, esa puerta misteriosa por la que muchos de mis invitados se terminarían perdiendo en busca del baño, la puerta al ático de la casa. 

Debo decir que el ático de esta casa es tan grande como el departamento, pero es tan vieja que cruje por todos lados. Cada persona que me viene a visitar me pregunta ¿y los ratones? Otra amiga que se quedó a dormir una noche dijo ¡aquí hay fantasmas! Tiene tres ambientes, uno es nuestro taller de bicicletas (unas diez, incluida una tandem), otro es el tendedero y la despensa, y el tercero es mi buhardilla. Sí, así como le llamo, mi buhardilla / estudio / ático con una alfombra de paja, una cama y dos estantes pequeños de libros, míos claro, los otros están en la sala. 

La primera vez que la vi dije este es el lugar ideal para escribir, pero estaba tan, pero tan desordenado. Era un muladar de cosas, entre ellas objetos como raquetas de tenis, zapatillas, patines de hielo, ropa y muchas cajas con papeles y guías de bicicletas, y muebles viejos empolvados en una esquina. Así que me decidí a ordenarlo y darle mi propia tinta. 

Pero así como en la vida todo puede ser idealizado, la buhardilla tiene un problema, por lo menos la mía, no sé cómo habrían de ser las otras, las de Hemingway, Vila-Matas, Vargas Llosa. En la mía hace un frío polar en los inviernos, que te congela hasta la médula y la punta de los dedos. No tiene calefacción, así que el mejor momento para escribir es en primavera y en verano, cuando entra el sol por las mañanas por una pequeña ventana que me calienta delicioso. 

De día es un lugar ideal para escribir, y de noche el silencio es tan lapidario que uno puede terminar metido en sus ficciones fantasmales y alucinar personajes del ciberespacio. 

Esta es la misteriosa buhardilla, de la que hablé en mi último post. Espero que tengan ahora una mejor idea de ella, esa señorita mía en la que escribo cuando hace buen clima y que está un poco carcomida por el tiempo, mi buhardilla roermondina.


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Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía