lunes, abril 22, 2013

Cruzar la frontera (pedalear en Malí)






¿Qué nos hace pedalear en un país africano 
con guerra civil y un Al Qaeda involucrado?




A la gente que practica los deportes de fondo nos gustan los extremos. Hace algunos meses uno de los mejores ciclistas del mundo, Andy Schleck, declaró que los estrógenos que expulsa una persona al bicicletear lleva al ser humano a un estado de embriaguez; así como las drogas, así como el sexo. En eso radican las pruebas ciclísticas de larga distancia, en producir una especie de adrenalina que permite pedalear durante horas todos los días. 

Y esa adrenalina la tengo yo cuando recorro las sabanas del África Occidental.

Estoy en Malí, alguna vez imperio, centro del comercio de esclavos con los árabes en el siglo XV, considerado hoy un país entre los más ‘peligrosos’ del mundo. 

-¿Peligrosos?
-¿Quién diría: peligrosos? 

Allí, dicen, se esconde la rama magrebí de Al Qaeda, en sus desiertos más remotos, al norte de esta carretera, por donde pedaleo ahora, escenario de secuestros, golpes militares y luchas de clanes.

Y aquí estoy en medio de una guerra a muchos kilómetros de casa.


Los guardias de seguridad de la frontera no me hacen preguntas, menos problemas, nada indica de que la gente aquí sea peligrosa. Un moreno de dos metros de altura -eso me figuro yo- dice oui oui con una sonrisa de dientes blancos al repetir mi nombre y el de los acompañantes en voz alta, con un esforzado acento francés. 

-Madame Montesinos?
-Oui, Oui.
-Profesion? -nos pregunta uno de los guardias entre serio y risueño.

Aquí podemos inventar, tenemos la oportunidad de decir lo que nos dé la gana sin que a nadie le importe si es mentira o verdad. “Piloto”, dice uno de los ciclistas, el alemán con cara de seriedad. “¿De camión?”, pregunta el guardia. “No, de avión”, ríe Gerhart. Y cuando me llega el turno a mí :

-Cicliste -respondo. 

Y el negro apunta obediente.

La caseta de control de pasaportes es de color verde claro con un pequeño muro de cemento donde nos sentamos mientras los guardias apuntan nuestros nombres en un cuaderno de notas. Uno por uno, pasaporte por pasaporte, los pasaportes desfilan por las manos de estos malienses, los primeros que conoceré en mi vida. 

Nos echamos a pedalear por una carretera sorprendentemente moderna. Asfaltada, tan negra que se derrite a mis ojos, por donde es delicioso pedalear, mejor que en muchas ciudades nórdicas europeas o la Panamericana Sur. Senegal y Gambia quedaron en mi memoria, ahora sólo me quedan unos ochocientos kilómetros hacia Bamako, la capital del país, donde todos los acontecimientos están sucediendose día a día, y otros mil milómetros más a Tombuctú.

Lo primero que me sorprende en Malí es el color de las vestimentas de las mujeres. En cada pueblo hay mujeres sentadas delante de las puertas de sus casas fabricando telas durante horas detrás de una máquina de coser. Tonos amarillos, rojos, celestes, verdes, y el sonido de la aguja al compás del movimiento de sus pies. Llevan una pañoleta amarrada -como los piratas- a la cabeza, con un flequillo que le da cierto aire de coquetería. 


Después de recorrer varios kilómetros entre pequeños caseríos, llegamos a un pueblo metido al lado derecho de la carretera, entre árboles de baobab y acacias que nos apuntan con sus espinas a lo lejos. El pueblo es un caserío de unas cuantas casas de forma cilíndrica y de barro que se levanta en medio del arenal. Adobes y techos de paja, sin ventanas y una sola puerta de pajonales. Las casas rodean una fogata que es la cocina común en donde las mujeres preparan el fufu, ese alimento básico en el África Occidental, puré de manioca. 

No hay experiencia más alucinante que pasar la noche en un pueblo africano entre los cantos de los gallos, de los pocos que merodean por allí, y el cri cri de los grillos.

Didier, el médico del grupo, busca al jefe del pueblo para pedirle permiso para acampar allí. Eso se le ocurre a nuestro querido Didier, acampar allí en medio del pueblo, ¿por qué? A mí me parece de locos, más loco que pedalear a Tombuctú domir en medio de un pueblo rodeado de niños y de gente que camina por las noches, y de quizás maleantes y gente rara que quiere lanzarte un escopetazo por la cabeza; ese es mi concepto o mi idea de pueblo, y de curiosos que quizás nos puedan robar.

El jefe (chef) del pueblo un tipo alto y flaco con barbas canosas ríe al vernos, a un grupo de ciclistas de piel blanca a la entrada de su aldea. Ne pas de problem, dice en francés, se pueden quedar, y sonríe sin un diente.

El pueblo es pequeño, no recuerdo su nombre, tiene unas veinte familias y unos 140 niños todos hijos de las mujeres más jóvenes. Los niños llegan de todas partes a vernos cocinar, lavarnos, comer y conversar. Arman un corro a cierta distancia de nosotros. Me recuerdan a mis tiempos del colegio, cuando hacíamos fila delante del pabellón nacional y nos quedábamos quietecitos sin pestañear delante del pabellón nacional siguiendo las instrucciones del profesor. Así son estos niños. Parecen mirarnos sin moverse de su sitio, pero poco a poco intentan acercarse a nosotros, quizás para verlo todo de más cerca. 


A media tarde el chef del pueblo nos invita a probar la comida que su mujer acaba de preparar. Fufu con tilapia frita, uno de los platos más comunes del África heredada de América por los navegantes portugueses en el siglo XVI. La mandioca, alimento básico del africano. El fufu es una masa blanca elaborada de mandioca con un difícil proceso de elaboración. Primero se hierve, después se amasa en un gran batén, hasta que le quitan todas sus propiedades gástricas. Luego se forman unas bolas como si fuera puré de papas y a la boca. Si no lo preparan bien, envenena.

El hombre nos enseña a comer con las manos. Coge un puñado de fufu en los dedos y luego lo mezcla con una salsa roja de tomates y pescado. La tilapia se come con la mano. Son trozos pequeños y crocantes bastante salados.

Al anochecer, los niños se despiden de nosotros y se van directo a sus pequeñas casas cilíndricas de una habitación que comparten con sus hermanos. Me imagino a sus madres abrigándolos del frío por la noche, cantándoles quizás una canción de cuna.

Aquella noche duermo con un poco de miedo. Temo a los potenciales ladrones de la zona, a algún loco que de pronto entre en mi tienda de campaña. Pero aquí en el África, en pueblos como éste, esas cosas no suelen suceder. Las familias saben cómo enfrentar a los potenciales ladrones, me explica Didier. Por eso es mejor acampar en pueblos o aldeas porque así estaremos protegidos, dice. Después de media hora el silencio se apodera del lugar. Sólo algunos animales que hacen ruidos nocturnos: mulas, gallos, cerdos, suelen despertarnos de nuestros sueños a eso de las tres de la mañana. Las familias duermen como lo hacen todas las familias, roncando a pierna suelta. 

(esta historia continuará...)
Publicar un comentario

PiErDo PAísEs

Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía