martes, agosto 13, 2013

Un viaje a la selva (mal-imaginado)

Nunca supimos a ciencia cierta qué fue lo que nos llevó allí esa mañana, a treparnos a ese destartalado camión con tolva blanca llamada El viajero. Nunca entendimos qué nos empujó a hacer esa ruta que nos tomó una infinidad de horas, días y semanas. Estábamos en un pueblo llamado Huancabamba, en la sierra norte del Perú, a unos dos mil metros de altura, y terminamos al otro lado.

Aquí la historia.


UNA NOCHE ANTES de la partida cenábamos en un restaurante llamado Jaimitos a un lado de la plaza rectangular del pueblo de Huancabamba. Era de noche, afuera las estrellas brillaban en el firmamento y en la calle algunos borrachitos jugaban con su pelota un fútbol premeditado. Adentro, en Jaimitos, una canción de Agua Marina tocaba una cumbia eterna que daba vueltas en un disco. Nosotros estábamos concentrados en nuestro mapa incompleto del Perú.

-¿Qué vamos a hacer mañana?-, me preguntó mi hermano mientras comíamos un pollo saltado. El menú del día, por supuesto. Era de los pocos restaurantes del lugar.

-No quiero regresar a Piura otra vez, -le dije-.¿Por qué no a la selva? -Días antes habíamos explorado las famosas lagunas Huaringas con un gringo despistado que se quedó dormido encima de su mula, y ahora habíamos vuelto al punto de partida.

El mapa indicaba que desde Huancabamba se podía ir a oriente por una carretera poco clara. Daniel, mi hermano, alzó la mano, silbó para llamar a la chica que atendía.
  
-¿Sabe usted si hay carretera a la selva desde aquí?-,  La señorita se acercó tímida a nuestra mesa, era una gordita en jeans con un polo rosado apretado. Tenía los cabellos castaños, los ojos verdes.
-La única que conozco es para Jaén, -dijo tragándose las palabras un poco secona-. ¿Quieren comer algo más?.

¿Jaén? Sonaba atractiva la idea de ir hasta allá. ¿Dónde quedaba? ¿Al otro lado de la cordillera? ¿Al lado derecho de Huancabamba, de acuerdo al mapa? Mi hermano dejó un poco de arroz en el plato, yo tampoco terminé de comer.

-Sí, sí, -dijo la señorita-, ¿quieren algo más?
-No, gracias señorita -la chica retiró los platos de la mesa. Mi hermano y yo: “La cuenta, por favor”.


En el mapa, del lado de Huancabamba, los trazos eran grises, del color de las montañas, mientras que alrededor de Jaén a unos cien kilómetros, calculando con el dedo, era un mar verde selvático. Sin embargo, había un pequeño problema, de Huancabamba a Jaén, la ruta amarilla se interrumpía en un pueblo llamado Tabaconas. Después no había indicios de camino.

Después de pagar, salimos del restaurante. Mi hermano se encendió un cigarrillo en la puerta de Jaimitos. Los borrachines desdentados se sentaron en la acera, dejaron de patear la pelota hacía rato, reían de la nada. Nos saludaron medio deformes, con palabras medio muertas, uno de ellos con la botella en la mano. Aguardiente. ¡Hey!

-¿Jefecito, es posible ir a Jaén desde aquí?-, le preguntamos a un policía.
-Pregúntele a mi colega –dijo serio sin querernos ayudar. Al parecer no sabía nada sobre la ruta.

Esperamos al colega más de quince minutos. Afuera del puesto policial dormitaba un perro negro, inconsciente.

-¿Hay camino a Jaén desde aquí, señor? –el colega apareció dos minutos después sonriente.

Su oficina era un cubículo diminuto pintado de un verde claro con la insignia de la policía nacional y dos escritorios con máquinas de escribir remington.

-Sí, claro -nos dijo alegre-. En el mercado hay camiones que salen tempranito.


***



Viajar es una forma de borrar el desconocimiento. Si le hubiese dicho a mi padre años atrás “me voy a la selva”, me lo hubiese prohibido llenandome la cabeza de estereotipos. “Allí es peligroso, hija”, que matan, que roban, que los carros se vuelcan, que hay gente mala, que te pueden secuestrar, hubiese comentado, protegiéndome, con miedo a que me hagan daño. Pero viajar era tan fácil –simplemente subirse a un bus y ya está- que ¿para qué vivir acomplejado en el prejuicio?

Mi hermano y yo entramos a una tienda de abarrotes para comprar algunas municiones. Jaén empezaba a sonar a lugar exótico dentro de nuestros oídos, con palmeras y mosquitos, música caliente y una selva baja impresionante en la que te podías perder fácilmente.

-¿Hay carretera a Jaén? – le preguntamos al dueño de la tienda. Un hombre bajito desgreñado con gafas de poto de botella y un bigotito prematuro nos miró desde detrás de su estante.
-Sí, sí hay –respondió serio contando el dinero entre sus manos, nos debía vuelto-. Todos los días desde el mercado.

La respuesta del señor nos dio más esperanzas. Sabíamos que con una o dos latas de atún podríamos sobrevivir el viaje, pues a esa edad, uno se las apaña con la comida. Nosotros solíamos decir que éramos vegetarianos, que comíamos únicamente arroz con huevo frito, excepto en Jaimitos, en el que devoramos rápido el pollo saltado.

Jaén empezaba a convertirse en una especie de Tombuctú imaginado, en un lugar inalcanzable, y la pasión de mi hermano por la vegetación y yo por las alucinadas historias de la selva que escribía de pequeña, de sacerdotes que tomaban el ayahuasca, nos llevaron a tomar ese camión al día siguiente.



***



Así que salimos al día siguiente después de esperar durante horas a que se llene el carro, al final sólo éramos cinco personas en la tolva del camión, dos mujeres tímidas con sombreros de copa y un caballerito en ojotas que llevaba productos de la zona hacia el pueblito llamado Tabaconas, decía. No hablaban mucho, nosotros tampoco.
El camión arrancó despacio y recorrió el valle por el margen izquierdo del río. Grupos de vacas pastaban en las faldas de las montañas, rebaños de ovejas  andaban por la ruta con su pastor. El camión se balanceaba de un lado a otro.
Mi hermano y yo nos mirábamos con cierta incertidumbre, entre emocionados y miedosos, con el nervio puesto en el fatalismo, esa sensación de que puede pasar cualquier cosa y nadie sabe. Imaginábamos a nuestra mamá, a los amigos de Piura, a las noticias en el periódico y en la radio. No sabíamos qué esperar. La duda de “hacia adónde nos dirigíamos” no nos dejó dormir toda la noche. Nos habíamos prometido no quedarnos dormidos ni darle muchos detalles a extraños.
Tardamos una hora o más en salir del valle de Huancabamba. Dejamos las aguas tumultosas del río, y empezamos a subir un camino en zigzag hacia la parte más alta de una montaña que nosotros sabíamos que debíamos de cruzar. El camión dejaba una estela de tierra y el aire se fue enfriando poco a poco hasta un tramo sobre los cuatro mil metros de altura o más.


***


En este viaje aprendí que es difícil morir en el intento, que accidentarse resulta una maniobra de falta de atención adquirida.
El camino se hizo más estrecho. Era un pista de tierra gris que adelgazaba a nuestros ojos. ¿Y si nos matábamos por aquí? El vehículo apenas cabía, era un camino sin mantenimiento que sobrevivía a sí mismo gracias a este único camión. A un lado, el abismo, al otro la montaña. 
De pronto apareció una pequeña cascada. A esa altura la carretera era demasiado angosta, parecía la trocha de las bestias de carga, con hoyos profundos producidos por las lluvias y piedras grandes que habían caído desde la cima de la montaña. El chofer se detuvo y bajó a estudiar la situación. Colocó con ayuda de su copiloto unos troncos de eucalipto sobre una hondanada al lado del precipicio. No nos pidió que bajásemos del vehículo. Cuando arrancó las llantas bordearon el barranco y se llevaron abajo uno de esos pedazos de madera.
“Huevón de mierda, qué se cree que hace”, gritó una de las mujeres.
Lo vi caer en el precipicio, el tronco. ¿Cuatrocientos, quinientos metros de profundidad? El chofer aceleró más; pasó los hoyos balanceándose de un lado a otro, hasta que llegó a una parte plana.
Continuamos.

La montaña empezaba a cambiar de color. Los tonos grisáceos marrones daban paso a tonos verdes y frescos. Aparecían plantas con epífitas y helechos. Árboles con flores como los girasoles. Mi hermano analizaba cada detalle, pero las caras de quienes nos acompañaban en el trayecto no parecían felices.
No muy lejos de allí el carro frenó en seco. El chofer gritó: “¡Aquí es Cruz Chiquita, ya llegamos, gringos!”. Las nubes se deshacían en el aire. “¡Ahora a caminar!”, aquí el camino se cortaba, no había forma de continuar con el vehículo.


***

En el año ’98 hubo un fuerte fenómeno de El Niño. Yo vivía en Piura, en el norte del Perú y allí la lluvia cayó como un diluvio universal durante tres meses. Se llevó varios puentes en las regiones aledañas, inundó varios pueblos y cambió la corriente marina de fría a caliente. También llegó a Tabaconas, a ese pueblo al que mi hermano y yo caminábamos, y se llevó parte de esa carretera. Habían pasado ya dos años desde ese acontecimiento, pero las poblaciones seguían incomunicadas.
Daniel y yo salimos detrás de las otras tres personas rumbo a ese poblado llamado Tabaconas. El camino culebreaba entre los árboles hacia un valle fértil y verde, como en el mapa. Descendimos a grandes pasos, como si tuviésemos el apuro de llegar temprano al destino. Después de cruzar el río con poca agua, saltando de piedra en piedra llegamos al pueblito que habíamos visto desde arriba. Las dos mujeres que habían viajado con nosotros estaban sentadas sobre el pasto al lado de una casa de adobes.
-¿Ustedes van a Jaén? –preguntó una de las muchachas.
Chanchos y perros dormitaban bajo el sol. El cielo estaba totalmente despejado.
 -En veinte minutos saldrá un camión desde aquí.
Esperamos.


***


Mientras bebíamos un poco de agua abrimos el mapa para contemplar dónde estábamos. Nuestra orientación eran las montañas y los colores que se trazaban en esa carta nacional. Seguro el pueblito de más allá que señalábamos con el dedo, se llamaba La Coipa o Chirinos, este de acá Tabaconas. En el mapa habían dos pueblitos con esos nombres, ¿pasaríamos por allí? Eran nuestra carta de navegación.
Lo importante para nosotros era llegar a Tamborapa, otro pueblo. Ese lugar estaba, de acuerdo al mapa, a veinte kilómetros de Jaén y había a partir de allí una carretera asfaltada. Si llegábamos a Tamborapa estaríamos de vuelta en el mapa, porque el trazo que íbamos a recorrer a continuación no figuraba en absoluto en nuestra pobre carta vial.
Quise preguntarle a la gente si el camino pasaba por La Coipa o Chirinos. Temía que me tomaran el pelo, entonces lo único que se me ocurrió era: “¿Por qué poblados pasará el camión, señora?”, se lo plantée a una de las dos muchachas. Fue inútil, su respuesta nunca la entendí. En sus palabras no figuraba ninguna letra de los pueblos que aparecían en el mapa. Volví a preguntar a otra señora que acababa de llegar con su marido, los dos viajarían al parecer con nosotros. Tampoco me dio una respuesta clara.
- ¿El carro llega a Tamborapa? –preguntó Daniel a una señora sentada sobre sacos de café. Esa zona del Perú tiene mucho cafetal y la gente transporta sus productos por ese camino a Jaén.
La señora le dijo que sí, que el camión llegaba a Tamborapa.


***

Cuando uno no sabe qué tan lejos está el destino, un viaje como éste puede ser eterno.
El camión arrancó y empezó a recorrer una trocha de tierra rojiza en pésimo estado. Mi preocupación era un muchachito joven que apenas sabía manejar y que se fumaba temblando sus cigarrillos. “¿No quieren subirse adelante?” nos preguntó. Él era el chofer, un chiquillo de veinte años más o menos. Miramos el reloj, eran la una y pico de la tarde.
 Habían baches, huecos llenos de agua, piedras desparramadas, troncos, causados por el temporal de lluvias de verano. La carretera, si a eso se le llama así, se perdía apenas distinguible entre un grupo de montañas cubiertas por vegetación. Era sin duda un camino sin autoridad, y que no aparecía en nuestro mapa.
Atrás en la tolva viajábamos sentados sobre sacos de café y ramales de plátanos. Una  señora en polleras abrazaba a un niño de unos siete años. Varios hombres con pantalones con cicatrices y gorras de béisbol estaban parados agarrados a la madera amarilla del camión mirando hacia afuera, el camino.
El viaje se nos hizo eterno. Nos tambaleábamos como si estuvieramos subidos a un caballo. El chofer parecía ser un aprendiz de conductor. No sabía cómo medir sus fuerzas.
“¡Oye chiquillo!”, gritaba la gente cada vez que el chofer apretaba el pedal del freno, lo hacía de golpe, sin pensar; además aceleraba en las curvas y a veces pisaba una piedra que nos hacía saltar un metro o dos sobre los costales.
“¡Irresponsable!”, gritaban otros.
Después de una hora de viaje, la carretera empezó a hacerse estrecha, como hacía unas horas en las alturas. A nuestra izquierda estaba la montaña cubierta de árboles frutales, acacias, pteridofitas, bromelias colgando de las ramas; y a la derecha, un precipicio de unos cincuenta metros de profundidad. El chiquillo en lugar de tomar la vía más cercana a la montaña tendía a bordear ese barranco que yo miraba con terror. De pronto escuché un grito. El camión se balanceó hacia un lado y desde la parte trasera fui capaz de ver el precipicio. Nos elevamos sobre los costales, unos plátanos salieron volando, la mujer se agarró de la madera.
Tuvimos suerte, el camión volvió sobre sus cuatro ruedas.
Metros más allá, nos detuvimos violentamente, el chofer no sabía qué hacer. El camino se hizo angosto de nuevo, en lugar de pedirnos que bajásemos del vehículo, se le ocurrió acelerar, el segundo susto llegó de la misma forma, nosotros al borde del abismo, un costal de papas rodó hacia abajo, pero nos salvamos.
Un caballero golpeó la capota del camión, le pidió al chibolo que tenga cuidado, que podía matar a la gente de atrás. El muchachito no entendía bien, al parecer quería llegar a destino pronto.

***


A lo largo de esas horas imaginé los peores accidentes, de esos que salían en las noticias, buses en los acantilados del Pasamayo o reventados en el camino a Cusco con cientos de muertos. Pero esta era una ruta de nadie. ¿Quién vendría a socorrernos acá? Nadie sabría dónde chú estábamos. Mi hermano miraba asustado. Las horas pasaban y el chofer no desaceleraba el ánimo.
El camión siguió su curso a unos treinta o cuarenta kilómetros por hora como mucho. Creo que tardamos varias horas en pasar ese trecho traumático, inhabitable, ilegal. Arañas de tamaño mediano se desprendían de los árboles y caían sobre nosotros. Grillos cantaban a lo largo del camino. Gallinazos sobrevolaban la zona. Esta era la selva que tanto queríamos ver, una aventura desdibujada, cacasena y malhadada, en esa parte del país que según nuestro mapa era reserva nacional.  
A las cuatro de la tarde nos detuvimos en un pueblo pequeño del que bajó y subió gente. Nosotros bajamos a desperezarnos. Unos chiquillos en shores nos miraban como si fuésemos sacados de una película, con los ojos grandes y las miradas bobas. ¿Seguro que el camión iba a Tamborapa? Le volvimos a preguntar al chiquillo. Nos respondió que sí, que no nos preocupásemos, que esa misma tarde llegaríamos allí. ¿Y cómo se llamaba este pueblo? El muchacho pronunció un nombre que apenas recuerdo. No figuraba en el mapa.
Sin embargo, la tarde se hacía larga y nosotros seguíamos en medio de la nada, en esa carretera desgraciada devorados por los zancudos y las arañas. Los pueblitos que empezábamos a atravesar brotaban de la nada y no figuraban en nuestra carta nacional. “¿Dónde queda Chirinos, señor?”, le pregunté a un caballero desdentado que casualmente se sentó a mi lado. ¿Chirinos? No conocía. Casas de adobes descuidadas, gente que nos miraba sorprendida, con sombreros de copa alta, mujeres dando de mamar a sus hijos, grillos que cantaban. Se hacía tarde y ni rastro de Tamborapa.
Empezó a oscurecer. El camión prendió los faros de adelante. Le dije a mi hermano que teníamos que pensar en un plan . ¿quizás buscarnos un hotelito en el siguiente pueblo? Daniel estuvo de acuerdo. Creo que los dos estábamos preocupados por esa ruta en medio de la nada. Ni rastro de civilización, nada que parezca acercarnos a alguna carretera asfaltada. Era inútil mirar en el mapa. Seguíamos en ese pedazo verde de nuestra carta vial, sin ningún camino, sin ninguna pista.
¿Y Tamborapa?
El camión se detuvo al final de un pueblo de unas quince casas o menos. El chiquillo dijo esto es Tamborapa. ¿Tamborapa?, miramos sorprendidos. Esto no era Tamborapa, era otra cosa menos eso, de acuerdo a la carta vial había un camino asfaltado y estaba al lado de Jaén. Imposible. ¿Y Jaén? “Es todo un día de camino”, explicó el chiquillo, el camión se vació de gente. “Hasta aquí llego yo”. El sol se metió entre las montañas. Era de noche.

***


Aquella noche dormimos en un pesebre, al lado de unos granos de café. Aquí no hay hotel, dijo la dueña, lo único que puedo ofrecerles es esto. Esa noche comimos arroz y huevo frito y miramos con un grupo de treinta niños la película Kingkong. Sobrevivimos al camión, al camino sin nombre y al chiquillo. Aquella noche dormimos el agotamiento de un día de viaje en dos camiones y a pie bajo el arrullo de los grillos que enunciaban sus cánticos desde lo más profundo de ese bosque en la montaña.
-         ¿Y si mañana no llegamos a Jaén, qué?
-         Es muy tarde para hablar ahora –respondió mi hermano-. Veremos, gehakt.  
-         Mañana veremos la selva baja.
-         Sí, qué emoción.


***

Los acontecimientos fluyen tal como se le presentan a uno en cualquier parte del mundo. Imponen sus propias reglas y presionan para que las cosas funcionen a su manera. Hay que dejar fluir, go by the way, llevarse por la corriente y ver adónde uno llega. ¿Jaén? Ya no sabíamos si llegaríamos a esa ciudad. ¿Tamborapa? Una incógnita en nuestra mente. ¡Pero, sí, claro, nosotros estábamos en Tamborapa! La Tamborapa que nunca imaginamos, una repetida.
A la mañana siguiente nos fumamos un cigarrillo al lado del camión que nos trajo hasta el caserío creyendo quizás que nos llevaría hasta Jaén. La dueña del lugar nos pidió unos soles por el alojamiento y nos invitó un café pasado de su propia cosecha. Era una mañana húmeda con sol. Gallinas picoteaban entre las llantas del camión.
Por ningún lado asomaba el chiquillo, se había esfumado, ¿dónde se quedaría?, ¿en casa de su tía?
Una hora después llegó una combi blanca dispuesta a salir hacia Jaén. ¿Va a Jaén? ¿Cuánto tiempo dura el viaje? Subimos emocionados al destartalado minibús. Esperamos a que se llene de gente con gallinas, costales y otros menesteres. El chofer amontonó los bultos en una parrilla cubriéndolas con unas redes para que no se caigan y al encender el vehículo la radio retumbó en nuestros oídos, el rabanito, de Agua Bella.
Tardamos más de dos horas en recorrer la trocha, que había mejorado en los últimos kilómetros, hasta que llegamos al asfalto, pero en los últimos tramos, el paisaje se volvió seco, poblado por campos de cultivo de arroz, repletos de gente trabajando con agua hasta las rodillas. ¿Y la selva?, nos preguntamos sorprendidos.
La vegetación que habíamos visto a lo largo del camino hacia Tamborapa había desaparecido. Todo era más seco, como los desiertos del norte del Perú o de Ica. Jamás habíamos imaginado que a este lado de la cordillera era posible encontrar este tipo de paisaje, sin vida, similar a las ciudades costeñas del norte del país, con calles invadidas por mercados y de tierra.
Después de varias horas en esa combi al canto de la anaconda por la Tigresa del Oriente, canciones que recuerdo de ese viaje, llegamos a Jaén. Vaya decepción, no era la prometida selva verde que nos imaginábamos. Era una ciudad calurosa en medio de montañas ‘desérticas’ con plantaciones de arroz y bananales desperdigados en el paisaje.
Lo primero que hicimos fue buscar un hotel. Elegimos el primero que encontramos, un edificio celeste de unos cuatro pisos con ventanas protegidas por fierros oxidados. El recepcionista nos dio la llave de un tercer piso.
Al subir las escaleras comprobamos un dolor en el glúteo como el de una inyección mal puesta. Grada que subíamos, grada que sufríamos de dolor. Dejamos nuestra mochila azul en una de las camas y nos fuimos a pasear por la ciudad.
En Jaén había un restaurante en la plaza de armas en el que vendían un asado con puré de papas. ¿Y ahora qué íbamos a hacer? Para volver a Piura debíamos viajar a Chiclayo.  Ni ganas. Hablamos de seguir explorando en busca de la famosa selva que estábamos buscando, por algún lado debe estar, hermano. Nuestra imagen de un bosque sobrecrecido de ficus y arbustos, repleto de monos y papagayos no estaba en Jaén, teníamos que meternos más allá, seguir cruseando hacia el oriente.
-¿Qué te parece Chachapoyas?
-Wow, no sería mala idea.
-Seguro hay selva allí, es la capital de Amazonas.
Así que después de un breve descanso en Jaén llegamos a la conclusión de que queríamos seguir ruta. Tomamos un colectivo a Bagua Grande, un taxi a Pedro Ruiz, y una pequeña combi a Chachapoyas por una carretera perfectamente asfaltada como la Panamericana.

Y no encontramos selva allí; Chachapoyas era una ciudad serrana de casitas blancas de adobes y techos rojos como en el Cusco. Una hermosa experiencia para unos novatos guiados por una simple carta vial.  
En Chachapoyas terminamos en un restaurante pequeño. Comimos un huevo frito con arroz, así de simple. Afuera hacía mucho frío, mucho más que en Huancabamba.
¿Y cuál era el siguiente plan? ¿Santa María del Nieva? Quizás. Muchos días más entre camiones y balsas sobre el Marañón, otra aventura, para otro momento, otro lugar. Las estrellas seguían en la misma posición en el firmamento. Un mapa mal-imaginado.



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