domingo, febrero 25, 2018

El sendero de hielo

Muchas veces cuando me preguntan por qué hago estos viajes de larga distancia la gente seguramente se imaginará que soy de extremos. Debo decir que siempre me ha gustado retar a mi cuerpo por más frágil que sea y andar como los antiguos, en busca de nuevos descubrimientos.
Creo que vivimos en una época en la que está 'casi' todo descubierto. Los europeos ya conquistaron los 'nuevos' continentes, y nosotros vivimos ahora en un mundo emancipado. Nos es fácil viajar a la China que descubriera Marco Polo, a las Galápagos de Darwin, incluso al polo norte de Amundsen. Sin embargo, nosotros los seres humanos aún tenemos esa sed , ansias, pasión por el descubrimiento. Queremos ser nuestros propios héroes. Conseguir conquistar un fin. Sólo necesitamos de un acicate que nos guíe y motive para hacerlo.
¿Viajes extremos? Pienso que siempre hay gente mucho más extrema que uno / -a. Si yo crucé el Desierto del Sahara en bicicleta, pues hay quienes lo han hecho a trote: corriendo.

Hace poco vi este esta video-crónica de un ciclista extremo. Partió desde Ushuaia, la ciudad más austral de Argentina, para conquistar el punto más nórdico del continente americano, un pequeño pueblito al norte de canadá. Y no lo hizo en verano, sino en invierno. Quiero compartir con ustedes este documental para que vean lo que es pasar frío, oscuridad y miedo. Esto es para los de piel gruesa, acostumbrada al frío. Prefiero mil veces el calor de cincuenta grados del Sahara.

Espero les guste.


The Frozen Road (Full Film) from Ben Page Films on Vimeo.


sábado, febrero 10, 2018

"No soy un dios, simplemente escribo"



"Die we niet zijn,
die we zelf zijn"
Cees Nooteboom


Así empieza el gran Cees Nooteboom (La Haya, 1933) una serie de poemas titulados Una huella sobre la arena blanca, que hoy mientras paseaba por las calles de Utrecht, encontré en una pequeña librería del centro; librería acogedora, de aquellas pequeñas, con dependientas realmente dedicadas a la lectura.

Si tradujera los dos versos que cito, serían así:

"Aquel quien no somos,
aquel quien somos nosotros"

(De mi propia traducción)

Poema que pasó desapercibido cuando leí la versión traducida al español por Fernando García de la Banda. Debe ser difícil traducir el neerlandés, sobre todo la poesía, al castellano. Pero me llama la atención. Porque cuando leí el poema en holandés logré percibir la voz del poeta y, además, aquello que sugiere en el corto texto: Aquel que está al lado de la página en blanco no es el mismo que aquel que deja una huella en la arena blanca de una página. El narrador y lo narrado. Y aquel que lo explica, que lo disecciona, y termina por darle la vuelta a las palabras.

Cuando a Nooteboom le preguntaron en el Hay Festival en Arequipa 2017 qué sugieren sus poemas, simplemente respondió que aquella pregunta la deberían de contestar los lectores, y ellos mismos interpretar sus palabras. Como bien dijo: "No soy un dios, simplemente escribo".

El poema se encuentra en la antología Luz por todas partes (Colección Visor de Poesía, 2018).

miércoles, enero 10, 2018

Por lo menos, uno malo

Pequeño comentario nocturno antes de irme a  dormir. Escribir no siempre, hay días que me atoro, que me arden los ojos, que parece que careciera de vitaminas.  Hoy toda la tarde sentada delante del ordenador, para qué?  Para escribir un párrafo malo. Pero por lo menos escribi un párrafo malo.  Algo escribí.  Libro de viajes en camino,  novela estacionada en la estantería. A seguir trabajando en mi buhardilla roermondina. Y pedirle a la paloma que me viene a visitar todas las tardes que bata las alas.

viernes, enero 05, 2018

Cuando la frontera cruza la calle

Viajamos para perder fronteras, pero ¿qué pasa si en uno de aquellos lugares a los que llegaste, en los que alguna vez decidiste quedarte, en los que por una fantasía de la infancia idealizaste, te hace sentir como si vivieras en un embudo, en el cuello de una botella? : Hay lugares que te hacen sentir así, encerrados, por no decir, agobiados, y no es que uno esté rodeado de fealdad, sino de absoluta belleza. Pero es que en este lugar, diría uno de mis personajes, no hay un horizonte al qué mirar. Por lo menos, explicaría, cuando uno vive en los valles, se ves las montañas, o en las costas, el océano batiéndose y lamiendo la arena, o si estás en una ciudad grande, el bullicio de la gente que pasa, los edificios que huelen a café y chocolates, o a la amarga cerveza, pero en aquel lugar al que decidió llegar mi personaje, una tarde de abril del 2004, el espectáculo es tan plano que lo único que ve a través de su ventana en invierno es al vecino de enfrente, ¿y qué hace el vecino de enfrente? nunca sale. siempre para metido dentro de su casa. y si sale lo hace cuando no hay nadie en la calle, como si se tratara del ratón que ingresa a mi casa en los otoños a cobijarse porque afuera hace frío, y lo descubro después husmeando mi sala a altas horas de la noche. ¿Y el vecino de al lado? Tampoco sale. Y lo peor de todo es que uno está tan metido en sus deberes, tan inmerso en sus obligaciones que poco respiramos, tenemos una ansiedad y un deber de contestar inmediatamente los mails porque sino tu amigo al otro lado del mundo se enoja, de mantener tu casa limpia, a tu hijo bien vestido y comido, a tu suegra contenta, a tu tía feliz de la vida porque la llamaste por teléfono, a las visitas recontentas porque les serviste un plato de cinco estrellas cuya receta encontraste en la revista de algún supermercado europeo, o a tu jefa informada de tus quehaceres con los estudiantes del colegio de la esquina que nunca contestan tus preguntas ni hacen los deberes porque paran todo el rato chateando en whatsapp, mandándose caritas, presentes en la plataforma digital en lugar de estar en la vida, aquí y ahora. El espacio se nos ha zafado, señores, les digo a mi personaje, por eso te sientes cuello de botella, embudo de supermercado barato, una gallina embolsada en plástico, porque tienes demasiados deberes y encima del trabajo de 8 horas diarios te sientas a escribir un libro, te metes a organizarle viajes a tus amigos, estás pendiente de las noticias del ex-presidente Fujimori, a quien sacaron de la jaula hace una o dos semanas, y te dices, que claro, viajamos para perder las fronteras, pero ya las fronteras a pesar de que existan, están sólo en papel, en un mapamundi o en un pasaporte lleno de estampillas, nombres de países y regiones yermas, y en la mente de la gente, pero todos nos enteramos, así estemos escalando el Himalaya o cruzando a galope el Sahara de lo que acontece en la China o en Palacio de Gobierno del Perú, y no es que nosotros estemos conectados con el mundo sino que es el mundo quien se conectó a nosotros a través de un telefono, gran ventaja para la humanidad, sin embargo, muchas veces nos sucede que estamos más ocupados atendiendo los mensajitos de whatsapp o los likes del facebook antes que mirar al frente y tocarle la puerta a nuestro vecino para preguntarle qué es lo que le pasa, que no lo vemos salir de su casa, y sólo él le responderá a mi personaje de novela, que estaba ocupado en su network digital, y olvidó conectarse con el mundo que es su casa, la calle, la vecina de enfrente.
Vivimos una ansiedad mayúscula en el mundo de hoy. Sólo deseamos, queremos, ansiamos TENER, pero olvidamos perder los países, superar nuestras fronteras, claro está.

miércoles, enero 03, 2018

¡Viajar, perder países!

Camboya, 2007 (Foto: Carlos Pastor)

Empiezo este 2018 escribiendo en este blog que ya cumplió más de diez años. Diez años desde que abrí blogger y se me ocurrió en uno de los ordenadores de la biblioteca de la U de Leiden teclear las palabras "perder países". Perder países, las dos palabras las había leído en un libro de Enrique Vila-Matas, en donde un personaje parafrasea al gran Fernando Pessoa, perder países se me quedó grabado en la memoria.

Hace muchos años que llevo perdiendo países. Si los recuento no caberían en los dedos de mis manos ni en los de mis pies. La frontera la crucé antes de mi nacimiento, fruto de un amor trasatlántico, peruano-holandés, que decide en una noche de copas procrear el amor, ha sido desde entonces un subir y bajar de aviones comerciales, buses interprovinciales, cruzar desiertos en bicicleta, andar como exploradora recorriendo los caminos incas, subiendo a las crestas de las montañas patagónicas en busca de violas y especies florísticas de nombres extravagantes y raros como el ranúnculus o los nototriches (en Perú). Borrar fronteras durante mis viajes.

Allí en Leiden, ciudad en la que estudié, teclee perder países en blogger, creé y armé esta web, y desde entonces escribo de rato en rato en el blog. Muy de vez en cuando. El 2017 sólo postee dos veces -es como si los años nuevos me recuerdan de que tengo un blog al que hacerle caso- mientras que el 2007, hace más de diez años, uno después de inaugurar este espacio, escribí más de cincuenta artículos, entre cuentos, diarios, crónicas y ensayos. Era el tiempo del blog, y sí que tenía más tiempo y ganas para escribir -ganas que no se pierden.

Acabo de terminar de leer MOKUSEI ! en su traducción al inglés, una novela corta del holandés  Cees Nooteboom. Este autor -a quien tuve la oportunidad de conocer en Arequipa en noviembre del 2017- no sólo sorprende por la gran variedad de libros que tiene escritos, entre poesía, novelas y relatos de viajes, sino también -y quizá esta sea una sintaxis demasiado fácil- por como une en esta novela corta, de once capítulos, el tema del amor y del odio, las dos polaridades, en dos personajes, un holandés y un belga, que mantienen una conversación sobre Japón, y en el que se narra sutilmente, a partir del capítulo seis, una ardorosa historia de amor, y a pesar de que el inglés no sea mi lengua materna, siento de algún modo la voz suave del narrador relatar el enamoramiento, la pasión. Gracias Cees, por este libro.

Perder países, y aquí les dejo el poema de Fernando Pessoa. Y sigo prometiendo.



¡Viajar! ¡Perder países!

Fernando Pessoa


¡Viajar, perder países!
ser otro constantemente
por el alma no tener raíces,
de vivir de ser solamente

¡No pertenecer ni a mí! 
¡Ir al frente, ir siguiendo 
la ausencia de tener un fin, 
y el ansia de conseguirlo!

Viajar así es viaje
Pero lo hago sin tener mío
Más que el sueño del boleto
El resto es solo tierra y cielo


miércoles, junio 14, 2017

Mochilas colgadas de un asta de bandera



Todos los años alrededor de estas fechas aparecen mochilas colgadas de un asta de bandera en las urbanizaciones de las ciudades holandesas. Muchas de ellas son comunes, la típica mochila marca Vans, de diversos colores: marrones, celestes (como en la foto), grises. Cuelgan desde la ventana de un segundo piso, anunciando algo que en mis primeros años en este país jamás había tenido idea de lo que representaban. Es como si el 28 de julio, durante las fiestas patrias en Perú, se izaran las banderas acompañadas de una mochila, y todos los tejados estuvieran adornados por banderas mochileras. Algo así.

La primera vez que las vi fue en Leiden, la ciudad en la que estudié. Todos los días caminaba por una avenida que se llamaba la Hooigracht, una de las principales de la ciudad, que me llevaba por unos pasajes peatonales de losetas de ladrillo. En una de esas callecitas, perfectamente diseñadas para un cuadro costumbrista, apareció de un día para el otro una mochila colgada de una bandera (con la bandera incluida). ¿Lo habría hecho algún bromista?, me pregunté.

Una cuadra o dos más allá encontré otra mochila. Eso ya no podía ser casualidad. Dos casas con mochilas colgadas de bandera no era algo que me pareciera casual. Como parte de mi curiosidad quise saber de qué se trataba este cuento, pero así como me suele suceder lo olvidé y continué mi caminata rumbo a la universidad.

La mochila que cuelga de un asta de bandera, la frase suena a título de cuento, es la celebración de un momento importante en la vida de un estudiante holandés: su graduación, haber aprobado el examen final de la secundaria, haber concluido la etapa escolar.

Yo recuerdo ese momento como muy lejano en mi vida, mi graduación. En Perú le llamamos "promoción". No lo celebré colgando una mochila del asta de una bandera, hubiese sido quizás, en nuestro asentado patriotismo un símbolo de sacrilegio. Lo celebramos con una fiesta y una ceremonia en la que nos entregaron un diploma y cantamos el himno nacional. Aquel día, el de mi graduación del cole, marcó el final de una etapa importante de mi vida: mi niñez, y el comienzo de otra, adultez, que llegaría tardía.

A esa edad, la de los diecisiete años, las etapas de la vida están marcadas con un principio y un final claros, como las fronteras de algunos países. Uno sabe que en quinto de secundaria (depende del país en el que uno está) se terminan todos aquellos años de 'chacota' en la escuela, compartidos con un grupo de 'amigos' durante cinco u once años, y empieza la universidad o el instituto, a contruir uno mismo su propio futuro.

Aquí en Holanda, la mochila en el asta de bandera es una tradición, simboliza el honor, la alegría, el orgullo, de los estudiantes y sus padres de haber llegado a una meta. Hoy, la calle en donde vivo está teñida de fiesta. Los vecinos se visitan unos a otros para felicitarse, incluida yo, que camino, toco las puertas y les doy la mano, algunos ponen música a alto volumen, algo que no se acostumbra aquí, otros invitan a su familia a tomarse un trago.

Después del colegio continué usando mi mochila del Prescott. A mí se me dio por llevarla siempre de los hombros. La mochila es un bagaje de conocimientos que nos servirán toda la vida. .

lunes, enero 09, 2017

La lámpara de Aladino


Hace algunos días entré al consultorio de mi coach -pues sí, tengo una coach como casi la mayoría de mis conocidos-, a punto de reventar del delirio. No sabía exactamente qué era lo que me pasaba. No entendía qué era lo que se cocinaba dentro de mi cuerpo fértil lleno de magulladuras. Sentía una tensión difícil de describir, de aquellas tensiones que llevan al galope al corazón y a las sienes a sentirse aprisionadas y al pensamiento a quedarse estancado allí. Llegué al consultorio de la coach con el corazón estancado.

Mientras montaba la bici en dirección a su consultorio analicé mi situación. ¿Por qué me sentía así? 
Este sentimiento es un sentimiento que suelo tener casi todos los inviernos holandeses. Que me priva en mi quehacer relajado tranquilo aparsimoniado de mis actos. No sé si es la oscuridad: aquí amanece a las 9:00am y oscurece a las 5:00pm; no sé si es al encierro al que uno -de alguna manera- está obligado a ejercer: quedarse en casa o dentro de la oficina sin salir a la calle (por el frío), o ese estrés tan holandés cargado en el ambiente.

Holanda es un país en el que me agrada vivir (en verano). pero como dice einstein o quién sé yo, un protón afecta a otro protón (y perdónenme si me equivoco, ustedes me entienden). Lo que quiero decir es que para mí Holanda es un país tan perfecto tan perfecto tna perfecto, que por más de que uno lo evite se ve afectado por ese estrés general que se vive en el ambiente. Ese estrés del que hablo significa: vivir acartonado a horarios, agendas, presiones sociales.


Una de las leyes del holandés común es: no perder el tiempo. Si tienes cinco minutos libres tienes que utilizarlos para hacer algo útil, sino lo haces eres un vago, un tipo que no se amolda al sistema. 

Por ejemplo, mi suegro. No sé cuántos años lleva ya jubilado. Siempre me pregunta: ¿Y qué has hecho hoy? Él siempre tiene un programa cada día: podar su jardín, el del vecino, el mío, el del señor de al frente, el de la señora en el Donderberg. Para él escribir es algo que no termina de entender, para él es una pérdida de tiempo.
Lo mismo para mi pareja: llamar por teléfono a un amigo al otro lado del charco y hablar con él o ella por más de cinco minutos es ya un tiempo desperdiciado. O un ejemplo más: si le digo que estoy escribiendo una novela, esa novela tiene que tener sí o sí publicarse (en eso tienen razón).  

Aquello de emplear correctamente tu tiempo, de forma útil, me obsesiona. POr más de que evito caer en el juego de esa mentalidad holandesa, me atrapa. Cada vez que tengo tiempo libre y no lo empleo correctamente me siento culpable. Creo que no soy justa conmigo misma. Me hace sentir mal, políticamente incorrecta. 

Volviendo al tema es que ese día llegué al consultorio de la coach y le expliqué todo esto que describo arriba. Analizamos mi situación de una forma cuasi perfecta. Sí, podría ser mi propia terapeuta, cómo no! Le hablé de mis deseos, de mis historias con la literatura, de mi alucinante encuentro con Varguitas, del retrato que pintó el acuarelista Luis Palao, de mis aventuras por los caminos de los Incas, ¿y saben ustedes lo que me dijo? 

No me lo van a creer. 

Que me compre una lámpara gigante que irradie la luz del sol !
y que me siente frente a ella todos los días!
porque me faltaba vitamina D! 

Jamás había imaginado que la coach vendría con esa solución. Para ella toda la solución estaba encerrada en una lámpara. Todo ese rollo existencial de sentirme nerviosa después de Navidad era facilísimo de resolver. COn una lámpara. Y no estamos hablando de una lámpara de Aladino,  sino de una lámpara con la luz del sol. 

¿Será que nuestro mundo anda loco de remate?

Me cuesta a imaginar a un africano inmigrante en holanda con el mismo problema, y que le digan: "cómprese una lámpara que irradie la luz del sol". 

En fin gente. Que el perfeccionismo termine de autoperfeccionarse. Yo sólo sé que quiero cantar Charly García: "Estoy verde, no me dejan salir"




martes, diciembre 27, 2016

Suele ocurrirme que cuando camino aparecen los mejores temas, ideas, definiciones para escribir. Brotan de la nada mientras ando entre las tiendas de una ciudad o pedaleo entre los árboles macizos de algún bosque o degusto de un café en la cafetería más rascuache de cualquier avenida.

Ahora que me acabo de sentar a escribir con la mente puesta en esa idea... se me ha ido, se fue por alguna parte, me obliga a teclear cualquier cosa, a buscar redefinirme.

Sí, redefinirme, reinventarme, rehacerme. No es que ando mal definida, ni tampoco desorientada, me va muy bien, pero en esta sociedad en la que vivo -en la que no crecí- me obliga a pensar en mi identidad. Y a repensarla.

Llega un momento en la vida -la crisis de los cuarenta, le dicen- en la que uno necesita volver a ser sí misma. No es que yo no lo haya sido antes, pero inconscientemente uno siempre anda ocupado en adaptarse. En eso ha consistido mi vida en los últimos quince años. Adaptarse y adaptarse.
Y luchar por un lugar.

He dejado de luchar como lo hacía antes, ahora es de otra manera. Creo que he encontrado mi puerto por el momento. Tengo una casa, una hija, una familia, un marido hermoso que me da estabilidad emocional y me deja ser. Un trabajo que es libertad y me permite hacer lo que más me gusta: dar clases. Vivo además en uno de los países más estables de la tierra, ¿por cuánto tiempo? no lo sé.

Pero siempre llevamos carencias, es verdad. El patio del vecino suele ser siempre más brillante que el de uno mismo. No evitamos compararnos con la vida de los otros. A veces vienen los olvidos de "de dónde venimos". Hasta nuestro idioma materno lo tarareamos de diferente manera. Y nos tomamos las cosas con demasiada seriedad, los sueños que tuvimos de niños por ejemplo.

Hay que dejar fluir, fluir para ser, para que la vida nos lleve, no resistirnos, aceptar los cambios.
Por eso he decidido que en este 2017 yo también voy a cambiar para mejor. Empezaré por seguir agradeciéndole a la vida lo mucho que me da, y por redefinir aquello que siempre he querido hacer. Escribiré sin contratiempos. Me entrenaré para aprender a estar quieta con mi escritura. Me suele costar demasiado esfuerzo sentarme a conversar con ella, generalmente necesito una taza de café. El internet no es buena compañía, tampoco estar en casa en mi estudio. Aprenderé a desaprender, mi misión este año, mi nueva definición. Ahora se me viene una canción de Charlie: ¿cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo? No lo sé. Cambiaría ese "morir" por "caer", la salvedad del caso.

!Feliz 2017! Les prometo que seguiré perdiendo países por siempre, hurgando en los límites de mi geografía.



lunes, noviembre 07, 2016

Continuamos con el diario. La última semana he escrito poco, casi nada. Combinar mi vida de 'escribidora' con la de docente y madre de familia es una tarea que implica una buena organización. Dentro de todo, lo sé combinar y sacar tiempo para leer, sobre todo. Creo que no hay nada más importante que leer. Si uno quiere hacerse escritor tiene que leer, es como la gasolina que se le echa al auto.

La semana pasada terminé un libro de Delphine De Vigan, extraordianria escritora francesa de la actualidad. Me identifico mucho con ella. Me encantó su libro "Basada en hechos reales". Relata la relación de la autora con una amiga que conoce por casualidad en una fiesta en París. Su amistad es como muchas amistades que alguna vez seguro nosotros hemos vivido: tormentosa, fraternal, obsesiva, banal, literaria, (a)sexual, sin límites, que nos hace daño. En un momento dado, la amiga de la autora desaparece del mapa. ¿Dónde se metió L.? Había ya hecho mucho daño. Al final resulta ser un personaje que se acerca más a la ficción que a la realidad.

De Vigan aborda el tema de la delgada línea que existe entre la realidad y la ficción. A partir de una autobiografía le da una vuelta de tuerca a esa tentación que el escritor siente al escribir un relato basado en hechos reales. ¿Hasta qué punto es un escritor fiel a los hechos y no los transforma? ¿Hasta qué punto un lector se cree todo lo que un escritor ha escrito en primera persona, utilizando su nombre propio?

Ahora, desde que terminé de leerla he empezado un libro de Mircea Cartarescu "El ojo castaño de nuestro amor". Cartarescu, un autor rumano, autor de El Ruletista, un cuento tremendamente impresionante, es autobiográfico también. Es un poeta a la hora de describir el escenario que le rodeó en la infancia. La descripción de su Bucarest natal se confunde con un cuadro de la segunda guerra mundial: una ciudad en ruinas. Compara el Danubio con una catarata en horizontal. Su gran desdicha es ser heredero de la ruina, dice. Su mundo está en ruinas después de la posesión soviética. La Ideología que destruye la Historia de una nación. La ficción, la literatura, es lo único que puede salvarlo de ese desasosiego.

Estoy en una de mis cafeterías favoritas de Roermond, ciudad en la que vivo. Se llama Bagels and Beans, sirven un café de los dioses, el mejor capuccino XL. Todas las tardes en las que mi hija está en el nido vengo al Bagels a escribir. Hay veces que no me sale una sola línea, otras, muchas veces, como hoy logro concentrarme y escribir algo. Creo que me viene bien escribir un diario, también mis relatos de viajes, sólo que a veces hay días en los que me pongo gris como el invierno, necesito un poco de motivación para seguir escribiendo, y de cafeína.

jueves, noviembre 03, 2016

Despertar en Cusco


La madrugada de un sábado de enero llegamos a una calle en el centro del Cusco llamada Ataúd. En la parte más alta hay una casa vieja con un zaguán y puertas de madera. Es una casona antigua con varias habitaciones, tres perros y una familia generosa, que alquila habitaciones a los turistas y los viajeros empedernidos como yo a ocho soles. Bastante barato para un mochilero. El hospedaje se llama Ataúd.
Aquella mañana habíamos llegado de Arequipa muy temprano. "¿Dónde nos vamos a alojar?", preguntó mi hermano. "En el Ataúd", le dije, Me había quedado dormida en el bus desde la noche anterior. Cuando desperté alivio de madrugada, ya estábamos en el Cusco. Moría por caminar por sus calles, beberme un mate de coca, sentarme en su plaza, tomarme jugo en el mercado y subir a Sacsayhuamán; La ilusión era tan grande que no tuve reparo en coger la mochila y subir las enormes cuestas de la ciudad. Sólo quería divertirme y disfrutar del aire en esos cinco días en el ombligo del mundo.
Eran las seis de la mañana, dejamos nuestras cosas en El Ataúd y nos encaminamos hacia la Plaza de Armas. Era un espectáculo verla vacía, sólo con gente que iba al trabajo. Estar de nuevo allí frente a la Catedral y a la Iglesia de la Compañía era un despertar de los sentidos. Caminamos por sus portales, detuvimos la mirada en cada tienda, admiramos cada vitrina, piedras perfectamente pulidas que encajan una con otra. Algunas mujeres caminaban en polleras por sus calles. Los restaurante estaban cerrados, sólo algún quiosquito o tienda abierta con olor a periódico. Horneaban pan fresco. Olía a albahaca.
El mercado del Cusco queda cinco cuadras más arriba de la Plaza. Hay que cruzar otras dos plazas, un colegio y un portal con motivos coloniales, para llegar allí. Algún lustrabotas ya nos ofrecía sus servicios. Un viejito tocaba su flauta andina en una calle empedrada, con paredes de piedras incas. Metros más allá, el mercado abre sus puertas a los primeros compradores. Es un recinto rectangular de techo de calamina y ventanas de fierros verdes, habitado por vendedores de cuyes frescos, mujeres preparando jugos y viejos leyendo la hoja de coca.
Mi hermano y yo buscábamos a las jugueras; ellas estaban en fila, con mandiles celestes y guindas, licuando mangos, papayas y granadillas, con zumo de naranja y limón. El bullicio de la madrugada entre los vendedores nos llevó por un pasillo de abarrotes y maíz, terminamos sentándonos en un puestito de venta de café y mates con ricos sánguches de queso y huevo frito. La mujer que atendía hablaba quechua, rimanallan mamay, nos reímos un rato con ella y después fuimos a la feria de Túpac Amaru a averiguar precios de trenes y tickets para Machupicchu. Días después saldríamos para el valle.

***

La vida en el Cusco es cara, no cabe negarlo. Si uno tiene cara de gringo es más caro aún. Pero si uno es peruano y gringo a la vez, miras las diferencias. Yo soy así, una gringa peruana, mi hermano también. En lugares turísticos confundimos a la gente. Al final, todo sale bien.

Al mediodía comimos nuestros chichirimicos en el balcón de un restaurante en la calle Procuradores. Una recatafila de vendedoras de menús nos empujaban como sea a sus restaurantes. Habían vegetarianos a veinte soles, pitucos a treinta o más, la única que nos convenció era un menú de a diez en un restaurante con balcones que miraba a la calle. Era el menú más barato de toda la cuadra: un chupe de maíz, tallarines rojos y refresco, sentados bajo el sol serrano con límpido cielo azul. Desde allí se ve la Iglesia de la Compañía interrumpido por unos cables de electricidad que cruzan la calle desde los techos. Desde allí vimos cómo un lustrabotas atrapó a un gringo y le cobró veinte soles por pasarle el trapo a sus zapatillas recién bajadas de Machupicchu. Felizmente puso orden una mujer policía que le preguntó al gringo cuánto le habían cobrado. Le habían estafado, le dijo; la policía le pidió al canillita que le devuelva la plata.


***

Subir a Sacsayhuamán es trepar la calle más empinada del Cusco. Dos años atrás la coronamos en el carro de un amigo que llegó con las justas hasta la punta. Nosotros caminamos con una mochila y el paraplú de nuestra madre. En Arequipa estaba lloviendo en las tardes, alguien nos previno que en el Cusco estaba lloviendo más aún. “Lleven el paraplú”, insistió mi madre. Paraplú, sí, es una palabra francesa, significa paraguas. El bendito objeto terminó siendo un personaje durante nuestro viaje. 

Seguro en Machupicchu llovería, pero en el Cusco hacía más calor que en Arequipa. En la subida a Sacsayhuamán nos agarró la sofocación y la agitación por el sol y la altura. Llegamos agotados al bosque de eucaliptos, sin antes pasar por una caseta de control que quería cobrarnos la entrada al complejo arqueológico, costaba setenta soles.
Los bosques de eucaliptos son imponentes. En filas casi perfectas, los troncos de los árboles cubren del sol y protegen del viento. Desde allí se ve la ciudad del Cusco extenderse en todo un valle de cerros rojizos. Caminamos a los restos arqueológicos de Qenqo, una enorme roca con un altar dentro de una cueva. No tuvimos éxito, otro guardia nos detuvo. Nos pidió los tickets de ingreso. Los cusqueños suelen ir a ese complejo arqueológicos a jugar el fútbol, montar caballo y hacer picnic los domingos. Ellos tienen la entrada gratis con salida asegurada.
Pero qué le suceden a los peruanos como mi hermano y yo, de escasos recursos económicos, que también quieren ir a visitar el corazón de la cultura incaica. Nosotros caminamos a Sacsayhuamán con la ilusión de tocar las imponentes piedras de aquella fortaleza inca, de sentirnos pequeños al lado de aquella civilización que se perdió del mapa sin dejar rastro. La sensación es extraña porque eres testigo de una cultura que se perdió y hoy constituye nada más que un recuerdo melancólico y una forma de manipulación, también, por la clase política y las instituciones culturales de nuestro país.

-Su entrada, por favor –se acercó a nosotros un muchacho joven con tickets en la mano, antes de que ingresemos al complejo.
Nosotros estábamos dispuestos a pagar la entrada. La última vez costaba veintiocho soles. Pero siempre existe un sentimiento de querer ingresar libres, por ser peruanos, por formar parte de la cultura de nuestros ancestros.
-Cuesta setenta soles, señorita.
Ya habíamos estado varias veces en Sacsayhuamán.
-Somos peruanos, señor.
-Cuesta igual, señorita.
-¿El mismo precio para todos?
-Sí
-¿Y los cusqueños?
-Ellos entran gratis, es domingo.
-¿Y no hay entrada sólo para Sacsayhuamán?
-No señorita. Tiene que comprar o el parcial o el general.
Qué mala suerte. No teníamos suficiente plata en la billetera. ¿Si sacsayhuamán costaba tanto dinero, cuánto estaría Machu Picchu?
Descendimos la cuesta tristes por no tener acceso libre. Los gringos enseñaban sus tickets, los cusqueños jugaban al fútbol y nosotros sin poder entrar. Volvimos a la calle Ataúd con la ilusión de partir al día siguiente al Valle Sagrado y Machu Picchu. Estábamos con pena el bolsillo.




Susana Montesinos 
Leiden, enero de 2006

PiErDo PAísEs

Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía