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martes, enero 31, 2023

Me dueles Perú

Cada vez que llego a Perú, sobre todo los últimos años, me albergan una multitud de emociones. Emociones variopintas. Algunas de ellas son explosiones de alegría por los reencuentros amicales, copas de pisco sour, cebiche de pescado, andanzas por las calles del centro del distrito de Pueblo Libre. Otras, también, de infinita paz, contemplando las olas romper en las playas de Islay, compartiendo infinitos almuerzos con la familia. 



Sin embargo, esta vez, ha sido la desazón la que me ha invadido desde el momento en que pisé suelo patrio. Días atrás, antes de la Navidad, habían empezado los paros a nivel nacional a raíz del autogolpe perpetrado por Pedro Castillo y el contraataque del Congreso de la República, al vacarlo de su puesto, y colocar en su lugar, tal como correspondía, a la vicepresidenta, Dina Boluarte.    

Un país tiene un rostro o miles de ellos. Y el Perú es un país con un rostro partido en mil pedazos. que tira de un lado para el otro para intentar cobrar justicia. La Justicia nunca se da del todo. La justicia es para aquel que tiene mayor poder económico. Es por ende, a medias. Justos pagan por pecadores. con palabras tan fuertes como terroristas o fascistas de la peor calaña. 

En este viaje he escuchado de todo, pues es fácil calumniar en el Perú. "Que vengan los francotiradores a ametrallar a todos los manifestantes", era una de esas. Otra: "Dina, asesina" porque envía a la policía a matar a inocentes. "Los terrucos están infiltrados", algo que no deja de ser lo típico. "Estamos en una dictadura fascista", los más publicados en las redes sociales.

Estos comentarios son propios tanto de izquierdas como de derechas, de la más extrema envergadura. No olviden que al final los extremismos se parecen; tienen el mismo objetivo: erradicar de un manazo aquello que no conviene. Por eso vemos las opiniones extenderse sin filtro en un medio como Twitter, el peor cáncer del periodismo.  

Es triste viajar así, ver a los taxistas que viven del día a día sumidos en un paro obligatorio, sin poder salir de sus casas allá en las afueras de la ciudad, debido a las vías bloqueadas por pedrones que arrastraban los manifestantes con una grúa desde los cerros. Es triste ver a la ciudadana de a pie que vende su comida en la esquina intentar defenderse con unos pocos centavos, y tener que irse a casa con lo mismo que gastó para su movilidad. Es lamentable contemplar vacíos a los restaurantes que han invertido en mejorar su menú al más exigente comensal. O también a todos aquellos que dependen del turismo, ver sus viajes cancelarse unos tras otros. 


No sé a dónde lleguemos con nuestro país. Tampoco sé qué bando tiene la razón. Este es como si fuera un enfrentamiento entre el gobierno y el pueblo más profundo del Perú. Sin embargo, me cuesta creer que el pueblo más profundo del Perú sea capaz de invadir aeropuertos, quemar ambulancias o carros policías, invadir agroexportadoras, ingresar a destruir la infraestructura de las minas, levantarse los rieles del tren a Machu Picchu

¿Hay acaso gente infiltrada que está utilizando a gente inocente para boicotear al país?

Hay quienes dicen que es gente del gobierno o de las fuerzas del orden. Sin embargo, no olvidemos nuestro pasado más oscuro en los años ochenta ni tampoco el poder del narcotráfico y de la minería ilegal. Es fácil señalar con el dedo algún culpable, es difícil aceptar que los poderes que están convergiendo y dañando la democracia en el Peru proviene de ese rostro quebrado en mil pedazos dispares compuesto de víctimas y verdugos.

*

La falta de credibilidad en el gobierno peruano ha provocado una falta de respeto por las autoridades de parte del ciudadano común. Las instituciones más importantes del país han caído en la más pura deslegitimización. Los casos de corrupción en el parlamento y en el ejecutivo dejan mucho que desear. Delincuentes disfrazados de políticos se protegen bajo la inmunidad parlamentaria porque saben que si salen de allí, de ese curul que les ha dado el pueblo, irán directo a la cárcel. No les conviene un adelanto de elecciones, ni modificar leyes a favor de la democracia. Se han acostumbrado en los últimos años en ejercer un papel moral, en un ente que destituye presidentes elegidos por el pueblo.

¿Cómo es posible que el Perú tenga a todos sus ex-presidentes procesados? A ver nómbrenme alguno que no lo esté. ¿Francisco Sagasti?  



Lo triste es que todo lo avanzado, aquella modernidad lograda, que le hubiese encantado ver a mi padre, está ahora en retroceso o en parálisis. El peruano que se ganaba sus frijoles haciendo empresa o comercializando productos, está viendo su economía paralizada, a pesar de que digan que es la mejor economía de la región, a nivel macroeconómico, quizá. 

Nunca había visto mis calles tan vacías en Perú, las mismas bocinas no desataban sus polémicos sonidos. El Perú era un país de rostros tristes. Era. Y lo sigue siendo. 

jueves, noviembre 03, 2016

Despertar en Cusco


La madrugada de un sábado de enero llegamos a una calle en el centro del Cusco llamada Ataúd. En la parte más alta hay una casa vieja con un zaguán y puertas de madera. Es una casona antigua con varias habitaciones, tres perros y una familia generosa, que alquila habitaciones a los turistas y los viajeros empedernidos como yo a ocho soles. Bastante barato para un mochilero. El hospedaje se llama Ataúd.
Aquella mañana habíamos llegado de Arequipa muy temprano. "¿Dónde nos vamos a alojar?", preguntó mi hermano. "En el Ataúd", le dije, Me había quedado dormida en el bus desde la noche anterior. Cuando desperté alivio de madrugada, ya estábamos en el Cusco. Moría por caminar por sus calles, beberme un mate de coca, sentarme en su plaza, tomarme jugo en el mercado y subir a Sacsayhuamán; La ilusión era tan grande que no tuve reparo en coger la mochila y subir las enormes cuestas de la ciudad. Sólo quería divertirme y disfrutar del aire en esos cinco días en el ombligo del mundo.
Eran las seis de la mañana, dejamos nuestras cosas en El Ataúd y nos encaminamos hacia la Plaza de Armas. Era un espectáculo verla vacía, sólo con gente que iba al trabajo. Estar de nuevo allí frente a la Catedral y a la Iglesia de la Compañía era un despertar de los sentidos. Caminamos por sus portales, detuvimos la mirada en cada tienda, admiramos cada vitrina, piedras perfectamente pulidas que encajan una con otra. Algunas mujeres caminaban en polleras por sus calles. Los restaurante estaban cerrados, sólo algún quiosquito o tienda abierta con olor a periódico. Horneaban pan fresco. Olía a albahaca.
El mercado del Cusco queda cinco cuadras más arriba de la Plaza. Hay que cruzar otras dos plazas, un colegio y un portal con motivos coloniales, para llegar allí. Algún lustrabotas ya nos ofrecía sus servicios. Un viejito tocaba su flauta andina en una calle empedrada, con paredes de piedras incas. Metros más allá, el mercado abre sus puertas a los primeros compradores. Es un recinto rectangular de techo de calamina y ventanas de fierros verdes, habitado por vendedores de cuyes frescos, mujeres preparando jugos y viejos leyendo la hoja de coca.
Mi hermano y yo buscábamos a las jugueras; ellas estaban en fila, con mandiles celestes y guindas, licuando mangos, papayas y granadillas, con zumo de naranja y limón. El bullicio de la madrugada entre los vendedores nos llevó por un pasillo de abarrotes y maíz, terminamos sentándonos en un puestito de venta de café y mates con ricos sánguches de queso y huevo frito. La mujer que atendía hablaba quechua, rimanallan mamay, nos reímos un rato con ella y después fuimos a la feria de Túpac Amaru a averiguar precios de trenes y tickets para Machupicchu. Días después saldríamos para el valle.

***

La vida en el Cusco es cara, no cabe negarlo. Si uno tiene cara de gringo es más caro aún. Pero si uno es peruano y gringo a la vez, miras las diferencias. Yo soy así, una gringa peruana, mi hermano también. En lugares turísticos confundimos a la gente. Al final, todo sale bien.

Al mediodía comimos nuestros chichirimicos en el balcón de un restaurante en la calle Procuradores. Una recatafila de vendedoras de menús nos empujaban como sea a sus restaurantes. Habían vegetarianos a veinte soles, pitucos a treinta o más, la única que nos convenció era un menú de a diez en un restaurante con balcones que miraba a la calle. Era el menú más barato de toda la cuadra: un chupe de maíz, tallarines rojos y refresco, sentados bajo el sol serrano con límpido cielo azul. Desde allí se ve la Iglesia de la Compañía interrumpido por unos cables de electricidad que cruzan la calle desde los techos. Desde allí vimos cómo un lustrabotas atrapó a un gringo y le cobró veinte soles por pasarle el trapo a sus zapatillas recién bajadas de Machupicchu. Felizmente puso orden una mujer policía que le preguntó al gringo cuánto le habían cobrado. Le habían estafado, le dijo; la policía le pidió al canillita que le devuelva la plata.


***

Subir a Sacsayhuamán es trepar la calle más empinada del Cusco. Dos años atrás la coronamos en el carro de un amigo que llegó con las justas hasta la punta. Nosotros caminamos con una mochila y el paraplú de nuestra madre. En Arequipa estaba lloviendo en las tardes, alguien nos previno que en el Cusco estaba lloviendo más aún. “Lleven el paraplú”, insistió mi madre. Paraplú, sí, es una palabra francesa, significa paraguas. El bendito objeto terminó siendo un personaje durante nuestro viaje. 

Seguro en Machupicchu llovería, pero en el Cusco hacía más calor que en Arequipa. En la subida a Sacsayhuamán nos agarró la sofocación y la agitación por el sol y la altura. Llegamos agotados al bosque de eucaliptos, sin antes pasar por una caseta de control que quería cobrarnos la entrada al complejo arqueológico, costaba setenta soles.
Los bosques de eucaliptos son imponentes. En filas casi perfectas, los troncos de los árboles cubren del sol y protegen del viento. Desde allí se ve la ciudad del Cusco extenderse en todo un valle de cerros rojizos. Caminamos a los restos arqueológicos de Qenqo, una enorme roca con un altar dentro de una cueva. No tuvimos éxito, otro guardia nos detuvo. Nos pidió los tickets de ingreso. Los cusqueños suelen ir a ese complejo arqueológicos a jugar el fútbol, montar caballo y hacer picnic los domingos. Ellos tienen la entrada gratis con salida asegurada.
Pero qué le suceden a los peruanos como mi hermano y yo, de escasos recursos económicos, que también quieren ir a visitar el corazón de la cultura incaica. Nosotros caminamos a Sacsayhuamán con la ilusión de tocar las imponentes piedras de aquella fortaleza inca, de sentirnos pequeños al lado de aquella civilización que se perdió del mapa sin dejar rastro. La sensación es extraña porque eres testigo de una cultura que se perdió y hoy constituye nada más que un recuerdo melancólico y una forma de manipulación, también, por la clase política y las instituciones culturales de nuestro país.

-Su entrada, por favor –se acercó a nosotros un muchacho joven con tickets en la mano, antes de que ingresemos al complejo.
Nosotros estábamos dispuestos a pagar la entrada. La última vez costaba veintiocho soles. Pero siempre existe un sentimiento de querer ingresar libres, por ser peruanos, por formar parte de la cultura de nuestros ancestros.
-Cuesta setenta soles, señorita.
Ya habíamos estado varias veces en Sacsayhuamán.
-Somos peruanos, señor.
-Cuesta igual, señorita.
-¿El mismo precio para todos?
-Sí
-¿Y los cusqueños?
-Ellos entran gratis, es domingo.
-¿Y no hay entrada sólo para Sacsayhuamán?
-No señorita. Tiene que comprar o el parcial o el general.
Qué mala suerte. No teníamos suficiente plata en la billetera. ¿Si sacsayhuamán costaba tanto dinero, cuánto estaría Machu Picchu?
Descendimos la cuesta tristes por no tener acceso libre. Los gringos enseñaban sus tickets, los cusqueños jugaban al fútbol y nosotros sin poder entrar. Volvimos a la calle Ataúd con la ilusión de partir al día siguiente al Valle Sagrado y Machu Picchu. Estábamos con pena el bolsillo.




Susana Montesinos 
Leiden, enero de 2006

miércoles, enero 16, 2008

Panamericana al Sur

Cada vez que vuelvo al Perú y tengo que volar a Arequipa, prefiero ir por tierra y disfrutar de mis kilómetros en bus, viendo la Panamericana SUR. Es una de mis carreteras favoritas, de esos caminos que no me gusta que concluyan. Cada recta, curva, pampa, pueblo, forman parte de mi espacio biográfico (mi perfil de vida) que repito cada vez que vuelvo con amor.


Hay quienes dicen: por qué no vienes en avión, catorce horas en bus desde Lima es demasiado, vas a terminar usando un plumón (jeje). Semanas antes de mi llegada, reservé el pasaje en bus, con número de asiento y horario bien pensado. Qué bien se siente viajar mirando el panorama completo, es decir, en el segundo piso adelante en plena Panamericana, y además ver el amanecer en una de las caletas de pescadores más próximas al Ande: Ocoña.



Cuando era pequeña recorría estos sitios con mi padre. Nunca fuimos hasta lima en auto, pero si hacia uno de los balnearios más populares de Arequipa: Mollendo. Algunas veces, confieso, no me gustaba viajar en carro, pero aprendí a apreciar el paisaje viviendo lejos y encontrándole el
sentido a cada viaje que hice desde el norte del Perú. Lo curioso es que siempre me gustó la ida a Arequipa. Nunca el regreso a Piura o a Lima o adonde yo viva. La ida siempre implicó en re-encuentro.


En el camino desde Ocoña el bus empieza a subir hacia la coordillera. La carretera pasa por Pescadores, El Chira, Camaná, Santa Rita de Sihuas, Majes, Vítor y el 48 (el kilómetro) que indica el cruce de caminos hacia Moquegua y Tacna o hacia Arequipa.
A partir del kilómetro 48, que es caos vehicular, sobre todo de camiones, la Panamericana entra a Uchumayo. Allí se ven estos letreros conocidos "Bienvenidos a mi tierra" de Cerveza Arequipeña, la verdadera cerveza. El sol de estos desiertos tiene más luz que en cualquier parte de la tierra.


De las carreteras que he recorrido en mi vida no sé si esta tenga un lazo sentimental relacionado a la tierra, la pacha-mama, el anillo volcánico del sur del país, de paisajes agrestes. Llego a la ciudad con ganas de seguir viajando, de encontrar las lindes de un idioma muerto, de perder mis países, y encontrarlo todo como siempre lo recordé.

En mis años de vida este letrero siempre estuvo allí.

La capitana


Muchos años después tuve que venir en calidad de turista para conocer el rincón más arequipeño de Arequipa: La capitana. Nombre de lìder, de mujer que fecunda su propia tierra, a la que llegan sus paisas a disfrutar de los sabores culinarios más preciados de esta campiña.

Música local no falta. Aquí me recibió "El Regreso" de Los Dávalos. Y "la chicha de qora" rosada que toman las familias como si fuese vino. ¿por qué no vine antes aquí? ¿acaso era un lugar desconocido y alejado de donde yo vivía antes, es decir, de las primeras cuadras de la avenida Cayma que sube hasta el Chachani? La capitana está en el barrio de Antiquilla (La Recoleta) y comparte hoy, año 2007, una calle con tiendas hiper modernas: Saga, por ejemplo. Felizmente, la modernidad no se la lleva todavía. Allí sobrevive ella del sol abrasador y las lluvias de la Niña. La resguardan las paredes de sillar y numerosa gente que trabaja allí repatiendo platos y aguantando a los borrachos, entre ellos un guardián que lleva lentes gruesos y un sombrero characcato, quienes como yo se emocionan del guitarrista que toca Virgencita de Chapi de Los Errantes. Qué ganas de celebrar aquí el regreso y sellar esta bienvenida con estos buenos platos. Como dirían mis paisanos: ¡Que viva Arequipa, carajo !!

PiErDo PAísEs

Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía