domingo, febrero 07, 2010

Historia de un (casi) secuestro



Días antes de llegar a la frontera, un taxista saharauí nos advirtió en un buen español de no ir a Mauritania. “La cosa es grave allí, el gobierno no vela por la seguridad ni siquiera de sus ciudadanos, allí nadie va a protegerlos o defenderlos, la gente lleva armas en los bolsillos”, decía. El taxista vivía en Dakhla y perteneció alguna vez a los grupos polisarios saharauíes. Ni siquiera él se atrevía a pisar la región vecina.

Aquella mañana mientras descansaba en mi buhardilla en Roermond, una ciudad del sur de Holanda, abrí un periódico español y encontré una noticia relacionada a un secuestro en Mauritania, el país africano. Recordé en ese instante las imágenes del viaje que yo acababa de realizar desde París hacia Dakar en bicicleta. Las noticias informaban sobre la desaparición de tres ciudadanos españoles que en la misma carretera, incluso, en el mismo lugar donde nosotros comimos, descansamos y amanecimos, fueron secuestrados.


La noticia dio la vuelta al mundo en pocas horas. Periódicos en Francia, Holanda y Alemania también la publicaron; tres ciudadanos españoles iban en convoy con un grupo de trece vehículos cuatro por cuatro hacia Senegal. Su objetivo era brindar ayuda humanitaria. Y para llegar a su destino debían cruzar por carretera la República Islamítica de Mauritania, es decir, atravesar todo el desierto del Sahara de norte a sur en dirección a Senegal.

Mauritania es un país del noroccidente africano. Tiene pocos años de edad como república; se independizó de Francia en 1960. Su capital, Nouackchott, es una ciudad de olores marítimospor estar ubicada a orillas del Atlántico. Gran parte de su población se dedica a la pesca artesanal. Algunos le llaman la ciudad del caos por la mezcla entre lo arcaico y lo moderno, por la pugna entre los grupos moros y no-moros, y las numerosas dictaduras que año tras año asaltan la casa de gobierno.

Días después de leer la noticia del secuestro, los noticieros informaban que Al Qaeda había confirmado la autoría del mismo. También la captura de un botánico francés en Malí. La versión magrebí del grupo terrorista más perseguido por occidente (la amenaza del terror) estaba escondida en Mauritania. Y nosotros lo sabíamos, aunque lo ignorásemos.

Nosotros éramos una caravana de ciclistas llamada El París Dakar en bicicleta. Veníamos pedaleando más de seis mil kilómetros desde París. Y debíamos cruzar este país para llegar a nuestro destino.

Los datos de viaje no recomendaban viajar, nosotros teníamos ya en nuestras mentes el peligro que implicaba pedalear por ese territorio. Habíamos escuchado hablar del asesinato de un ciudadano norteamericano en julio en Nouackchott, también del secuestro de un grupo de ingleses en Malí; además del famoso rally Dakar que se mudó a Latinoamérica. Sin embargo, a pesar de los hechos, nosotros continuamos con nuestro propósito: llegar a Dakar. Además, los ministeriores de Relaciones Exteriores de varios países de Europa no publicaban ninguna advertencia seria sobre ese país islámico: sólo tres de seis estrellas de peligro.

A pesar de las advertencias cruzamos la frontera un mediodía de noviembre. Esperamos varias horas a las autoridades de ese país bajo el sol del Sahara en una oficina de migraciones de madera y lata reciclada. Allí era posible cambiar dinero a ouguiyas, moneda nacional, y beber varias latas de coca-cola que no sé de dónde las traían. Los guardias del destacamento tardaban alrededor de diez minutos en escribir un nombre y un apellido. Y nos decían: “Je suis fatigé”, a cambio de unas monedas debajo de la mesa. Ellos debían por obligación transcribir nuestros nombres en un cuaderno de notas, y en un alfabeto que ellos no dominaban.

Después de pasar aduanas y recibir un sello incomprensible en el pasaporte, Mauritania nos recibió con la calma de un desierto plano y vacío. La carretera que va de Nouadibou a Nouackchott es una línea larga y recta, con un asfalto tan bueno como las carreteras en España o Francia; contrasta con el paisaje de su alrededor, el desierto y los numerosos recintos metálicos en medio de la arena. A aquella hora del día, transitaban pocos vehículos, quizás por el calor. Los pocos que veíamos eran un camión español que transportaba naranjas a Senegal y algunos coches con inscripciones “R.I.M” (República Islamítica de Mauritania).

Nuestra primera noche la pasamos al lado de los ríeles de un tren de cientoochentainueve vagones, dicen el más largo del mundo, acampando sobre una arena tan fina que se colaba en nuestras tiendas de campaña. Aquella noche tuvimos la compañía de la luz de una luna menguante. A veces despertábamos al escuchar pasar el tren que tardaba varios minutos en terminarse de contar. En esos momentos jamás imaginamos que la versión magrebí del grupo terrorista habría de secuestrar a mano armada a tres españoles días después. Nosotros también pudimos ser su blanco perfecto.

A lo largo de nuestra ruta nos cruzábamos con caravanas de motociclistas que como nosotros quería llegar a Dakar. Varios nos saludaban al vernos pasar. Los participantes de los Desert Cops y el Amsterdam-Dakar, organizaciones que también estaban recorriendo la ruta, no temían a las noticias.

En nuestro segundo día, un muchacho que hablaba también un buen español (de origen saharauí) me dijo, contrario a las opiniones que yo había escuchado atrás, que aquella zona era la más pacífica del mundo, un paraíso de acuerdo a su experiencia, y que venía dos veces al año a visitar a su hermano casado con una mauritanesa. “Aquí puedes acampar solo y sin problemas; nadie te molesta, los mauritanos son demasiado tímidos”.

Bebimos té de menta en tiendas de tela del tamaño de un circo, también nos sentamos varias veces sin zapatos sobre carpetas de lona a charlar en un lenguaje incomprensible con las señoras de los escasos poblados que se encontraban a lo largo del camino. Mauritania es un lugar que produce muchas impresiones en poco tiempo, un encuentro con el África profunda y con una realidad que nunca antes habíamos visto: en el territorio parecía no pasar nada, no vivir nadie, pero de alguna u otra parte aparecía siempre una persona o un camello.

La tercera noche de nuestro ‘rally’ por Mauritania dormimos a 150 kilómetros al norte de Nouackchott, lugar donde fueron secuestrados los tres españoles. Horas antes de que anochezca un minibús se detuvo en medio de la carretera. Sus veinte a treinta ocupantes se alinearon a un lado del camino y rezaron de rodillas a Alá. Pero el vehículo se quedó allí parado durante horas.

Nosotros estábamos preocupados, comíamos al lado de nuestras tiendas de campaña mientras esto sucedía. De pronto dos muchachos morenos caminaron hacia nuestro campamento. Se les había malogrado el vehículo y querían que nosotros les diéramos en préstamo un par de herramientas. No tuvieron suerte con la reparación. Sus pasajeros tuvieron que buscar otra opción para el traslado.

Aquella noche hicimos una fogata en la arena. Me pregunto ahora si fue allí en esa zona poblada de dunas donde los ciudadanos españoles fueron secuestrados, y ¿cómo?, ¿durante la noche? ¿Quiénes además se atreverían acercarse al grupo de vehículos cuatro por cuatro de la institución española?

Días después un hombre muy amigable que nos llevó en su vehículo de un lado a otro en la capital Nouackchott, nos dijo que lo peor que tiene Mauritania son los árabes. Por supuesto esa era su opinión, no la mía, pero no dudé en preguntarle el por qué. “Porque traen problemas políticos y sociales al país”, me dijo decepcionado intentando encontrarle una solución a su patria, aburrido de la situación que se vive en su territorio, de la pugna que desde 1991 hay entre los grupos árabes y los otros grupos étnicos. “Aquí queremos hacer las cosas bien, pero ya ve usted Al Qaeda ingresa a nuestras fronteras desde Malí y espanta a todos nuestros visitantes”.

Los últimos días en territorio mauritano experimentamos el cambio entre los paisajes desérticos y la sabana. Acacias, algarrobos, baobabs aparecieron en el escenario de pronto. Y una población de tez morena, que antes la vi entremezclada con la árabe, hablaba el wolof su propio idioma.

Mes y medio después -11 de enero del 2010- de leer la noticia del secuestro de los ciudadanos españoles, volví a encontrarme con una noticia estremecedora. Al Qaeda conminaba al gobierno francés liberar a cuatro presuntos terroristas en una cárcel en Malí, sino amenazaban con matar a su rehén francés. El asunto estaba llegando a límites desagradables. También capturaron en diciembre a una pareja de italianos. ¿Si el primero de la lista era el francés, quién sería el siguiente?

Antes de ingresar a las fronteras de Senegal comprobamos que las sensaciones que despierta un país no son las mismas que proyectan las noticias. Sin embargo, los grupos terroristas entran fácilmente a su territorio. El hombre en Nouackchott me lo explicó muy bien: “Ellos se refugian en Mauritania porque allí nadie los busca”. En mi paso por ese país pensé muchas veces en lo fácil que se podría desaparecer en el desierto sin ser buscado, caminando entre las dunas, refugiándose entre la arena.

Cronología:

25 de noviembre 2009 : Capturado un botánico francés en Malí
29 de noviembre 2009 : Capturados tres ciudadanos españoles en la carretera Nouadibu-Nouackchott
18 de diciembre 2009 : Capturado un matrimonio italiano en el sud-este de Mauritania.
11 de enero 2010 : Al Qaeda amenaza con asesinar al rehén francés si Francia y Malí no liberan de la cárcel a cuatro presuntos terroristas.
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