miércoles, agosto 24, 2011

Mi primer amor *



            Todo empezó cuando a mis doce años decidí escribirle una carta a Mario Vargas Llosa. Era 1990 y él acababa de perder las elecciones presidenciales del Perú. Con la ingenuidad de una pequeña muchacha, le escribí cuatro folios a mano con letra de niña. A esa edad creía en lo imposible, y volqué mi admiración y mi primer amor hacia él. Ya había leído dos libros suyos y desde que me guiñó el ojo en uno de sus mítines en una plaza pública de Arequipa, su ciudad natal, me enamoré; pero no esperaba una respuesta.
            Una noche mi padre llegó a la casa con un sobre en las manos. Decía: correspondencia Barranco-Lima. Cuando lo abrí, lo primero que leí fue su nombre membretado en papel: “Mario Vargas Llosa”. Y la firma del escritor. Fue algo breve pero inmenso para mí. Nunca supe por qué me respondió la carta. Si Vargas Llosa se sentaba a escribirlas o si mujer se las dictaba a su secretaria. Eso me pasó con el Sartrecillo Valiente. No una sino varias veces.
            El tiempo pasó, fui creciendo. Y después de once años decidí escribirle de nuevo, a ciegas. Deposité la carta en el portón de seguridad del edificio donde vive, con el encargo: “Al piso seis”. Y me llegó otra respuesta sin esperarla. Pensé que quizás tenía suerte. La carta describía la vocación del escritor, una disciplina difícil de conquistar. Y decía: “Pasé mi infancia en la misma calle que vives”. Una calle del barrio de Miraflores llamada Diego Ferré. El aspecto íntimo de su respuesta demostraba el tiempo que se tomaba el escritor en responderle a escribidoras como yo. ¿Acaso todos los días se daba el trabajo de responder todas las cartas? Es un misterio. 
            Un día oí que Vargas Llosa iba a pasar unos días por Piura, el escenario de La casa verde, y la ciudad del norte del Perú donde yo vivía. Mi ingenuidad aún seguía en pie y en una carta le pregunté si era posible conocerlo en persona. Días después recibí una respuesta por e-mail: decía que él y su mujer, encantados, deseaban conocerme y que me acercara a ellos apenas pudiera. Ese día tardé en acercarme porque no lo podía creer. A veces lo imposible no es como uno lo imagina. A veces resulta mejor de lo que se espera.
            Al día siguiente saludé a Patricia Llosa en plena entrega de un honoris causa en una universidad local. Ella, muy amorosa, como si me conociera de años, me dijo para reunirme con ellos después de la ceremonia. El barullo fue tan grande que Vargas Llosa tuvo que treparse al primer auto policía que encontró a su disposición, pero aquello no hizo que ellos se olvidaran de mí. De pronto vi que ella se acercaba.
            –Ven a desayunar con nosotros mañana -me dijo, sonriéndome.
            Nunca imaginé desayunar con Vargas Llosa. Una hora sentada en su mesa compartiendo huevos fritos, jugos de frutas y pan. El desayuno duró más de una hora, más del tiempo usual que el escritor concede en entrevistas.
            –¿Y usted escribe todos los días, incluso cuando está de viaje como hoy? –le pregunté.
            Estábamos en un hotel en Piura, en una mesa veraniega, al lado de una piscina.
            Él terminaba su jugo de papaya.
            –Siempre –me dijo–. Siempre.
            Cuando me despedí de él, me dio tres besos.
            Así era en Cataluña, me dijo.  
            Y se fue con ella.


* Relato publicado en el número de colección de Etiqueta Negra. Año 9. Número 91.

domingo, abril 03, 2011

"El trabajo de escribir: eso es lo que me fascina"



"El trabajo de escribir: eso es lo que me fascina. Y eso no ha cambiado nunca. Sigue habiendo un escritor sentado a la mesa delante de un papel en blanco. El proceso de escritura no tiene nada que ver con la máquina. Solo que la infraestructura ha mejorado para el escritor, pero nada más".


"Es muy habitual escucharlo. ¡No tengo tiempo! Si empleas aunque sea un periodo muy breve de tiempo en leer basura se lo estás quitando a una lectura de un poema de Góngora. Cuanta más basura haya menos tiempo tendrás para ti. Y es una situación paradójica: escuchar a gente decir que no tienen tiempo. ¡Porque sí lo tienen! Y, claro, en ese vaivén la lectura se ve perjudicada. Porque no se puede leer más rápido".

Escritos por Michael Krüger (alemán de 1943, ensayista, editor y escritor)
más información en : http://www.elpais.com/articulo/reportajes/editores/lectores/apasionados/elpepusocdmg/20110403elpdmgrep_8/Tes

domingo, febrero 13, 2011

La Itaca interior




Leo a Marguerite Yourcenar, una escritora belga-francesa de mediados del siglo pasado, su novela llamada Memoria de Adriano (1951). Este libro recrea la vida y los últimos días del emperador romano Adriano. Nunca había leído un libro con un ritmo tan sabroso. Y una profundidad insuperables. Es de aquellos textos que uno no quiere dejar de leer nunca porque su cadencia es deliciosa, una medicina para el alma.

Al principio, confieso, me costó tiempo entrar en el libro. Su ritmo para mí era demasiado lento porque, quizás, en el fondo, yo estaba acelerada -el mal de estos tiempos, la velocidad de la información-. Pero esa sensación cambió en mi lectura cuando empecé a leer el libro en voz alta. La voz del narrador se apoderó de mi propia voz y consiguió conquistarme. 

Aquí quiero compartir un párrafo de la novela. La sinceridad de Adriano es encantadora, un canto a la vida. 

"Algunos hombres habían recorrido la tierra antes que yo: Pitágoras, Platón, una docena de sabios y no pocos aventureros. Por primera vez el viajero era al mismo tiempo el amo, capaz de ver, reformar y crear al mismo tiempo. Allí estaba mi oportunidad, y me daba cuenta de que tal vez pasarían siglos antes de que volviera a producirse el feliz acorde de una función, de un temperamento y un mundo. Y entonces me di cuenta de la ventaja que significa ser un hombre nuevo y un hombre solo, apenas casado, sin hijos, casi sin antepasados, un Ulises cuya Itaca es sólo interior. debo hacer aquí una confesión que no he hecho a nadie: jamás tuva la sensación de pertenecer por completo a algún lugar, ni siquiera a mi Atenas bienamada, ni siquiera a Roma. Extranjero en todas partes, en ninguna me sentía especialmente aislado (...)".

La traducción que estoy leyendo es de Julio Cortázar. El libro y la traducción son extraordinarios.    


viernes, febrero 11, 2011

El culto a los muertos




¿Tenemos los Latinoamericanos la tradición de cargar con nuestros propios muertos?

Mientras tomo el almuerzo en la sala de mi casa leo-escucho una canción interpretada por Mercedes Sosa. "Los hermanos", se llama. El texto de la canción, en su párrafo final, dice: "Y en nosotros nuestros muertos / pa' que nadie quede atrás". La última frase es lo mismo que decir "traigo al tiempo presente a mis muertos, no quiero dejarlos atrás". Interesante punto de vista.

No olvidemos que la muerte significa para la mayoría del mundo "el paso del presente al pasado". Cuando una persona muere decimos "yo la conocí". Dejamos de lado el "yo la conozco" de forma automática, como si hubiese pasado al pretérito en un sólo instante, en el recuerdo. Simplemente un cambio en el tiempo verbal. 

¿Pero somos nosotros los Latinoamericanos de cargar con nuestros propios muertos?

No sé si decir que la palabra "cargar" sea el connotativo de nuestra idiosincracia, pero en muchas de nuestras canciones populares hablamos de las personas muertas, de aquello que acabó, de lo que pertenece al pasado, pero que resucitamos a cada instante. Una suerte de melancolía anclada en el recuerdo. Por ejemplo, la canción "Alfonsina y el mar", una canción dedicada a la poeta argentina Alfonsina Storni, muerta hace ya muchos años, es una alegoría de su muerte, de la leyenda que ronda su propio suicidio al ingresar con sus pies descalzos al mar y perderse en la marea. Esta no es la única expresión de la muerte transformada en canción. También hay otras expresiones del arte popular. La fiesta de los muertos en México, por ejemplo, y en todos los países del continente latinoamericano.

Pero si vamos un poco más atrás, los propios Incas también tenían su ritual. Inca significa rey, por eso el nombre del famoso imperio incaico que ocupó los Andes, desde Pasto (Colombia) hasta el Aconcagua (Chile y Argentina). El emperador incaico nunca era enterrado al momento de morir. Al contrario, era embalsamado. Seguía reinando desde su otra vida.

Quizás en Latinoamérica la muerte no sea una despedida, sino un ritual que permanece en el recuerdo, y que se le nombra en cada ocasión: en canciones, en fiestas populares, en poesía, en literatura. Los muertos se convierten en héroes. Y son esos héroes quienes nos mantienen unidos a nosotros los Latinoamericanos. Por eso seguimos celebrando las fechas de las batallas, no sólo ganadas, sino también perdidas, porque le hacemos indirectamente un culto a los muertos, a aquellos héroes que lucharon por darnos a nosotros un mundo mejor. Los resucitamos.  

sábado, enero 29, 2011

Viajar en tren


Estoy sentada en el tren, nuevamente de un lugar a otro, abarcando la distancia que hay entre el norte y el sur. El tiempo. Ya no lo conozco, tampoco el espacio. Me siento al lado de una ventana a contemplar el paisaje de invierno. Veo campos de cultivo, granjas medio abandonadas, caballos pastando a menos dos grados bajo cero. Pienso que viajar es abrir espacios en la cronología del tiempo, silencios que dividen escenas. Y ahora viajo, vuelvo al movimiento, por pocos días, pero la misma sensación siempre. De viajar, de andar, de dividir los días, las semanas, en capítulos.

Horas después. Acabo de escuchar el accidente de un tren en la pantalla de TV en mi casa. Un tren de pasajeros a cien kilómetros por hora contra otro tren de carga. ¿Los muertos? Hoy las noticias no vuelan en internet. Es domingo. Internet también necesita treguas. Escucho que dicen diez. En Alemania.  

viernes, enero 21, 2011

La panadera detrás de su mostrador

Veo desde la ventana de un tercer piso, una calle de piedra, otros edificios con otras ventanas, y abajo, una panadería.

Desde el tercer piso veo la panadería. Tres ambulancias allí, las sirenas azules dando vueltas, como en una emergencia. Médicos entran en ella, con equipo médico, con maletines y algunos policías. ¿Qué ha pasado?, me pregunto yo.

Veo a una mujer tirada en el suelo de la panadería. Los médicos la desnudan, le sacan la blusa, el brassiere. Empiezan a hacerle respiración boca-a-boca. Parece que la mujer tirada en el suelo está desmayada.

La gente se acumula en la panadería. Los policías intentan alejarlos del establecimiento, convencerles de que no caminen ni entren allí. La filosofía de mantener la vida ajena lejos del espectáculo. Los médicos le dan "electroshoks" a la mujer.

No revive, la mujer.

Los médicos dejan la panadería. Cubren con una sábana el cuerpo de la señora. Alguien llega, parecen parientes, se ponen a llorar.

En un momento dado todos se van : ambulancias, policías, familiares, y la panadería se cierra. El cuerpo sigue allí adentro muerto, inerte, sin vida, de la señora que atiende / atendía allí. Era la panadera del lugar, el contacto con los clientes, la que te daba el pan y recibía a cambio tu moneda.

Nadie recoge el cuerpo, se queda allí tendido entre el aparador y los hornos de la panadería. La soledad de la muerte hecha pan.

Yo dejo de mirar por la ventana. Ceno un lomo saltado (tardo una hora en cocinarlo).
Al terminar de cenar, el cuerpo de la mujer sigue allí, solitario, inerte, sin vida, sin dignidad. Me voy a dormir.

Al día siguiente el cuerpo ya no está allí. El suelo es ahora un espacio vacío.

La panadería abrió las puertas de establecimiento como cualquier otro día en esta ciudad. La gente va a comprar el pan como todas las mañanas.

La filosofía de la vida, la realidad del consumo, la muerte solitaria de la panadera detrás de su mostrador.

martes, enero 18, 2011

J.

Anoche soñé contigo J.

Soñé que estábamos en Arequipa, en una alameda llamada Tingo, allí donde yo de pequeña entraba y salía del portón del colegio. En esa alameda de Arequipa.

Yo había llegado allí, no sé cómo, en mi sueño. No sé si te encontré o te llevé, J. Pero cuando aparecí en esa alameda vi a muchos niños sentados en bancas, en sillas de plástico, rodeados de gente, de autos, combis y palmeras altas. Los niños jugaban como yo lo hacía en el pasado, en el colegio, mientras esperaban a que mis padres lleguen a recogerme en su auto. Así eran las tardes del colegio en mi memoria.

En ese momento dije:

"¡Cómo ha cambiado este lugar!", y me encontré con un amigo, un viejo enamorado, que me dijo "hola" con sus ojos azules brillando como siempre.

Y yo le dije: "Siempre te amé".

Luego caminamos por esa alameda. Recorrimos todos los lugares de antaño, incluso la piscina Carpayitos y los buñuelos de la laguna de Tingo.

A los pocos minutos continuamos ruta y me seguiste por una gran avenida. Llegamos a un parque de Cayma. Nos tiramos sobre el césped y nos abrazamos.

Pero todo concluyó cuando te dije : "No puedo J. no puedo, me voy a ... ".

Y nuestro romance concluyó allí.

PiErDo PAísEs

Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía