jueves, diciembre 31, 2009

La noche de año nuevo que robé mi propia casa

El 31 de diciembre siempre me recuerda a todos los 31 de diciembre que he celebrado, que por supuesto, han sido todos. Sin embargo, hay un 31 de diciembre que nunca podré olvidar, hace mucho más de diez años, mi padre aún vivía, en mi ciudad Arequipa cuando yo todavía era una estudiante en Piura, una ciudad al norte del Perú.

Yo no sabía qué hacer esa noche, como todas mis noches de Año Nuevo, nunca sé qué hacer, todo programado a última hora, invité a dos amigos míos a casa a tomarnos unos tragos y luego salir a la ciudad, mi padre se había ido a una fiesta.

Para qué.

Salimos al centro de la ciudad y nos pareció el lugar más detestable del mundo, quizás porque éramos chiquillos, quizás porque en las calles principales habían demasiados borrachos, quizás porque nos pareció un absurdo estar en el centro de la ciudad sin saber qué hacer.

Decidimos volver a casa.

Cuando llegamos a casa descubrimos que la llave de la puerta del aparcadero del coche (nosotros le llamamos "garage") no coincidía con la cerradura. Intenté más de una vez abrir el portón creyendo que la llave era la correcta. No fue el caso. La llave de la puerta principal no la tenía, sólo la del garage que no coincidía. La única salvación era mi papá. Él estaba bailando en un club céntrico de la ciudad. Mejor era ir a buscarlo.

Volvimos al centro de la ciudad, la segunda vez en esa noche de año nuevo. Allí estaban los mismos borrachos, nosotros chiquillos, la gente gritando, algunos besándose en las calles.

El club céntrico de la ciudad es un lugar dizque refinado, de gusto antiguo, como los clubes ingleses de antaño. Se llama el Club de Arequipa, donde las fiestas de año nuevo son en esmóquin y vestidos de gala, o por lo menos así lo fueron en el pasado. A mi padre le encantaba ese lugar, siempre que podía iba para las fiestas de año nuevo, y ese 1996 estuvo allí.

En la puerta del club habían dos guardias que nos miraron toscos al vernos llegar. Necesitamos, dijimos, hablar con el señor Montesinos, con urgencia. Nosotros no estábamos vestidos en esmóquin ni tampoco con tacones, simplemente con jeanes y algún chompón viejo, que yo tenía resguardado en alguno de mis cajones de la cómoda de mi habitación. Mi padre salió a la calle en su esmóquin con cara de haberse bebido unas copas. Nosotros necesitábamos la llave. Él tenía la llave de la puerta principal, no la del garage. Nosotros la llevamos con nosotros para poder entrar a casa.

Punto.

Aquí empezamos a volvernos un poco locos porque la puerta principal de la casa estaba cerrada con pistillo por dentro, por ende nosotros no podíamos ni abrir la puerta principal ni la del garage.
Ni con la llave de mi papá ni con mi llave.

Lo peor era que ni siquiera mi padre podía entrar a la casa.
Nadie podía entrar a la casa. Nadie tenía la llave, excepto la señora Elena que vivía en el Cono Norte, osea, donde el diablo perdió el poncho, donde nosotros no íbamos a llegar porque eran pasadas la medianoche y además estábamos bebidos con copas.

Aquella noche después de intentar miles de trucos para entrar planificamos lo que cualquier ladrón hubiese podido hacer una noche de año nuevo: trepar la pared de la casa y romper la ventana para poder ingresar. Lo curioso es que yo no quería que mi papá se enterase del asunto. Pero ¿cómo iba yo a evitar que se entere del asunto con una ventana rota en nuestro segundo piso/planta?

Carlitos, mi buen amigo, trepó gracias a la ayuda de Joseluis el muro que nunca antes un ladrón pudo trepar. Caminó sobre el techo de la puerta principal (un pequeño techo) y la verdad es que no recuerdo cómo rompió la ventana. Yo sólo escuché el sonido del vidrio caer a pedazos. después de unos minutos Carlos nos abrió la puerta del garage y por fin pudimos entrar.

Al día siguiente mi padre me preguntó qué pasó con la ventana. No me quedó otra que decirle que tuve que simular el robo de mi propia casa para poder entrar a ella en Año Nuevo.


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