lunes, diciembre 28, 2009

Diario bilbaíno (2)


16 de julio

No escribo hace algunos días. Tampoco hay mucho que contar (creo). Acabo de llegar a Bilbao desde Pamplona. El viernes decidí escaparme a Iruñea. Era el último día de sanfermines y quise pasar, aunque sea, un par de días en esa fiesta. Mi trabajo en El Correo Español me lo impidió. Pero partí a Pamplona en la tarde y me quedé en la casa de Cabanillas.


(Carlos Cabanillas es un amigo que conocí en Navarra. Salimos juntos. Al principio lo odié porque me pareció un limeño antipático. Pero a medida que lo traté nos hicimos grandes amigos.)


Pero aquella noche fue extraña, me harté de Cabanillas. A veces pienso que soy “de lo peor” porque lo abandoné en medio de la calle. No recuerdo exactamente qué sucedió. Sólo que quise beber una cerveza y corrí como una estúpida hacia la plaza del Castillo. Me senté en una banca y lo vi cruzar la plaza con ojos de susto. Seguro se preguntaba de mi paradero: ¿dónde me había metido? Después de perderle la vista decidí recorrer los bares sola. Me metí a uno que siempre me gustó. Pedí una cerveza y el muchacho que estaba a mi costado me preguntó que de dónde era. Le dije que del Perú. Nos quedamos callados. No supe de qué hablarle. Ese es un defecto que tengo, sobre todo con gente que recién conozco: ¡Si ellos no me hablan yo me quedo callada!


-Tienes la mirada triste –me dijo de pronto.

-...

-Parece que te hubiera sucedido algo.


No tuve tiempo de explicar mi situación. Empezaron a gritar: ¡Viva ETA!, en el bar. Salí a empujones con la chela en la mano. La gente me miró raro. “Niña, venga para acá”. En la calle había borrachos en el piso. A uno lo mataron a patadas. Vi que le salía sangre de la nariz. Algunos fumaban porros. La ciudad olía a vómito. Ocho días de juerga interminable mandaron a Pamplona a la verdadera mierda.


Después de dar vueltas por algunas calles, decidí acercarme a los bares de la avenida Txantrea, al lado del coso. Me compré otra chela en el camino. Mucha gente bailaba en las afueras del bar. Me paré delante de un grupo de gente que parecía peruana. ¿Serán peruanos?, pensé. Me acerqué. Me puse a bailar junto a ellos hasta que uno me guiñó el ojo. Empezó a hablarme en inglés.


-What’s your name?

-Susana -le dije.

-Where are you from?

-Del Perú.


No me lo creyó. ¿Peruana? No pareces. Llamó a sus amigos y nos pusimos a bailar todos juntos. Hicimos una ronda.


-Nosotros somos de Pucallpa –me dijeron-, somos albañiles.


Qué alegría encontrarse con alguien de casa. No lo pude creer. Mi olfato no me falla. A los pocos minutos lo vi a Cabanillas hablando con un tipo. Estaba borrachísimo. Me acerqué. Le dije que estaba allá, con los peruanos. Los señalé. Me siguió como un autómata. Se puso muy mal. Se culpó de todo. Me pidió perdón. No le dije nada. Desde un principio supe que la que se equivocó fui yo.


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