jueves, junio 22, 2006

una pasión correspondida


Sólo sé que la literatura me apasiona y que esa pasión también trae desencantos. Hay días que vivo por la literatura, hay otros en los que no la quiero vivir. Suele suceder que cuando voy a la biblioteca me concentro y no me despego en todo el día, pero también sucede que cuando voy a la biblioteca dejo de tener ganas, me dan ganas de atropellarme de machucarme y de salir en bicicleta a pasear por Leiden, a perderme por su calles, a sumergirme en sus caminos, a olvidarlo todo, conversar con gente desconocida y amigos, dejarlo todo y dormir para la mañana siguiente.
Anoche me sucedió algo particularmente extraño o mejor dicho, los últimos días me suceden cosas extrañas. El fin de semana pasado me sumergí en la teoría o la concepción de la literatura de Vargas Llosa (ése vargas llosa, cuando no en mis historias, ¿no?). La culpa la tiene él desde que publicara sus libros en los sesenta y se hiciese tan famoso y conocido por esos libros tan bien escritos. Obvio, yo no viví los sesenta, pero el fin de semana los viví a través de las teorías que contaban los críticos de Vargas Llosa sobre Vargas Llosa y toda aquella teoría que rodeó la literatura de los sesenta en Latinoamérica.
Aquella idea del hombre atornillado a su escritorio descrito tan bien por Flaubert.
Flaubert me trajo a la mente aquel compromiso que uno debe seguir con la literatura. Siempre viví la literatura como un juego, y ahora descubro que no es un juego, sino un fuego que calza en mis cenizas y brota de mi corazón como una gran llama tan viva que a la noche me da dolor de cabeza. La literatura es fuego, sí, y es un fuego peligroso porque si uno le es infiel, te dejará por otro, y si cumples sus preceptos, te será fiel hasta el final, nunca te abandonará. Me explico: si uno quiere dedicarse a la literatura debe vivir por ella, dedicarse las veinticuatro horas del día a este ejercicio, porque si uno no lo hace, se desconcentro y todo el saber se va a la basura de la memoria, y el ritmo, la voz, las palabras, vuelan hacia un infinito del cual nunca más regresan, sólo si uno vuelve a concentrarte en ella. Si no te enganchas a la literatura, como el hombre a la mujer, vivirás desengnchado de ella y eso, en persnas que están habitadas por demonios (siguiendo a Vargas Llosa), es un desastre porque te vuelves loco, si no vives por la literatura te volverás loco, dicen por allí.
Estos últimos días descubro que lo único que tengo en la vida es la literatura. Yo la elegí. Yo decidí estar con ella por culpa de vargas llosa, no del vargas llosa del sesenta, sino del ochenta, cuando llevaron al cine "la ciudad y los perros" y yo, que no la ví, por mandato de mi padre, pues, me impacto el sólo hecho de ver la publicidad en la televisión, y años después de ese suceso me veo leyendo el libro que de niña sólo la idea impactó, escondiéndome entre las sábanas de mi cama para que mi padre no me chape con el libro. Leí la ciudad y los perros y decidí quizás allí, no lo recuerdo bien, refugiarme en ese mundo de la literatura, sacando más libros de mi estante, revisando teorías, imágenes, palabras, aunque no las entendiera. Allí supe que ésta sería mi vida y la sola decisión de dedicarme a ella, la literatura, implicó darle el rumbo que le di siempre a mi vida, esos rumbos que uno toma por decisión propia pero que a veces le gana si uno no se dedica a cien por cien a ella, y a mí casi me ganó.
Ahora estoy sentada en la biblioteca de la universidad. Veo a muchos estudiantes en las mesas de lectura tratando de estudiar para sus exámenes. Yo también tengo un examen. Mi examen es el próximo miércoles, y recuerdo el fin de semana que pasó y en todo mi esfuerzo por dedicarme a ella, sólo a ella, y en el nivel de concentración alcanzado el sábado-domingo-lunes y los frutos que estoy dando a medida que leo y estudio. La cuestión es que yo nunca estudié literatura, me dediqué al periodismo, y me pregunto ahora en qué mundo estuve metida, qué me enseñaron si siento que no aprendí nada, qué profesores me tocaron cuando sólo sabían hablar de sí mismos, y nunca me hablaron de los discursos, de las teorías, de las voces narrativas, que hoy aprendo aquí y nunca antes supe, nunca antes me descubrieron, sólo lo tuve que buscar yo, y ahora que vivo una literatura de verdad (me sacan la chochoca) y no de mentira, pues todo era una mentira anteriormente, (sin culpar a nadie porque el final de todo algo aprendí en periodismo a pesar del mundo de Lili), empiezo a descubrir el verdadero sentido de esta vocación tan solitaria como la misma solitaria que según Varguitas debemos conquistar, para poder dedicarnos a aquel ejercicio noble (eso parece, no siempre lo es) que es la literatura.
Estos últimos días descubro que lo único que tengo es literatura y que si le soy fiel nunca me dejará. Le puedo ser fiel a los amigos, a los vecinos, a mi familia, pero nunca habrá algo más fiel que la literatura, ésta compañera, porque los amigos a veces te dicen chau de mala gana en plena conversación por internet (se desconectan y después de cinco minutos vuelven a entrar para ver si has desaparecido), los enamorados sólo hablan de sí mismos sin aprender a escuchar (escuchan sólo cuando una les habla de ellos, de nada más), las amigas cambian los horarios y las citas a última hora, otras ni siquiera te llaman, otras dicen somos tus grandes amigos y nunca se aparecen para preguntar cómo estás, la familia sólo te habla en negativo (no los culpo, así son, además no todos son así). Y no culpo a nadie por ser como es o por irritación. No culpo a nadie porque todos piensan que esta carrera esclava es un hobbie o leer Bouquet, creen que la literatura es un juego para niños, que escribir es más fácil que pintar (el abc es facilísimo escribir al lado del dibujo del ahorcado) y que estudiar es una pérdida de tiempo. A aquellos que piensan en capital, a aquellos que piensan que esto no es un trabajo, pues, es el trabajo más esclavo que existe, y a la vez el más libre, y si nunca llego a tener mucho capital, pues, no me importa, prefiero vivir de pobre antes que dejar la literatura y morir de a pocos en la soledad, porque aunque la literatura sea un ejercicio aparentemente solitario, como las solitarias que crecen en tus intestinos, esa soledad no es comparada con el mundo real. Los mundos que leo en los libros, imposibles para muchos, son mucho más ricos y activos que aquellos de la vida real. La literatura es un arma de doble filo y empiezo a aprender a convivir con ella aunque ambas seamos femeninas y nos lleguemos a odiar.
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