viernes, septiembre 21, 2007

Diario bilbaíno


Estos son algunos párrafos de un viejo diario que acabo de desempolvar... me encantaría algún día publicarlo, ¿qué me dicen ustedes? Lo escribí en el 2000.



11 de julio

Si a Ribeyro le tocó una ventana que daba al patio de un edificio, pues a mí no me correspondió alguna. Mi habitación se viste de cuatro paredes rosadas, parecidas a un cajón funerario, sin otra salida que a la sala de una casa.
Escribo dentro de este recinto nuevo. ¿A dónde llegaré?, me pregunto. Acabo de llegar a esta ciudad hace unas cinco horas para empezar otra vez a adaptarme y a congeniar con gente de otra cultura. He estado en Pamplona, en Madrid, en Piura, y ahora, recorro las calles de Bilbao, y digo, que se parece a mi vida. La morfología de sus calles me recuerdan a los estratos de mis dudas, con subidas y bajadas que se inclinan por el esfuerzo al treparlas, y su olor a orín, huele a triste. La humedad se pega por todas partes.
El centro de Bilbao se parece a un laberinto medieval. Nada ordenado. Nada lógico. Las calles se entrecruzan y llegan a una plaza en donde veo insectos urbanos acostados en las aceras por efecto del alcohol. Ningún niño. Nada familiar. La gente transita con prisa, camina una calle, luego otra y se mete a una boca de metro abierta al lado de una estatua: “la cabeza de piedra de Unamuno”, el escritor. Otra plaza. Una vida de pájaros. Palomas que revolotean alrededor de un charco de agua. Algún viejecillo leyendo su periódico sentado en una banca, semidormido. Y yo intento encontrar la lógica en este laberinto grisáceo. Siempre termino en el mismo sitio. Es mi primer día en Bilbao. Bilbao, una ciudad entre lo moderno y lo estático como las películas rodadas en un barrio negro de Nueva York.
Sí, esto es Bilbao y yo dentro de este cajón dormiré todas las noches, congeniaré con mis vecinos de cuarto y vacilaré sin parar cada vez que camine por las arterias del casco viejo. Hoy es un día absolutamente gris, con las nubes botando chorros de agua. Busco adaptarme, lidiar con esta gente, a pesar de que mi otro yo diga “vete”.


Acabo de llamar por teléfono a mamá. Es su cumpleaños. Tuve que caminar mucho para conseguir un teléfono. Encontré uno al lado de la cabeza de Unamuno. El paisaje sigue siendo el mismo que hace algunas horas. Casi nada de gente. La lluvia espantó a los borrachines y se los llevó a otra parte. Ninguna tienda está abierta. Aparece un punk. Me decido a llamar en esa cabina telefónica, lo más parecida al Perú. Escucho a mi madre, lejos. Lejos. Sería completamente feliz si estuviera allí aunque sea un segundo. Acariciar a mi perro, ver mi campiña, hablar con mi hermano. En Arequipa siempre hay sol; en Bilbao, nubes. No soporto más y me quejo con mi madre que se oye en el otro hemisferio.



16 de julio

No escribo hace algunos días. Tampoco hay mucho que contar (creo). Acabo de llegar a Bilbao desde Pamplona. El viernes decidí escaparme a Iruñea. Era el último día de sanfermines y quise pasar, aunque sea, un par de días en esa fiesta. Mi trabajo en El Correo Español me lo impidió. Pero partí a Pamplona en la tarde y me quedé en la casa de Cabanillas.
(Carlos Cabanillas es un amigo que conocí en Navarra. Salimos juntos. Al principio lo odié porque me pareció un limeño antipático. Pero a medida que lo traté nos hicimos grandes amigos.)
Pero aquella noche fue extraña, me harté de Cabanillas. A veces pienso que soy “de lo peor” porque lo abandoné en media calle. No recuerdo exactamente qué sucedió. Sólo que quise beber una cerveza y corrí como una estúpida hacia la plaza del Castillo. Me senté en una banca y lo vi cruzar la plaza con ojos de susto. Seguro se preguntaba de mi paradero: ¿dónde me había metido? Después de perderle la vista decidí recorrer los bares sola. Me metí a uno que siempre me gustó. Pedí una cerveza y el muchacho que estaba a mi costado me preguntó que de dónde era. Le dije que del Perú. Nos quedamos callados. No supe de qué hablarle. Ese es un defecto que tengo, sobre todo con gente que recién conozco: ¡si ellos no me hablan yo me quedo callada!
-Tienes la mirada triste –me dijo de pronto.
-...
-Parece que te hubiera sucedido algo.
No tuve tiempo de explicar mi situación. Empezaron a gritar: ¡Viva ETA!, en el bar. Salí a empujones con la chela en la mano. La gente me miró raro. “Niña, venga para acá”. En la calle había borrachos en el piso. A uno lo mataron a patadas. Vi que le salía sangre de la nariz. Algunos fumaban porros. La ciudad olía a vómito. Ocho días de juerga interminable mandaron a Pamplona a la verdadera mierda.
Después de dar vueltas por algunas calles, decidí acercarme a los bares de la avenida Txantrea, al lado del coso. Me compré otra chela en el camino. Mucha gente bailaba en las afueras del bar. Me paré delante de un grupo de gente que parecía peruana. ¿Serán peruanos?, pensé. Me acerqué. Me puse a bailar junto a ellos hasta que uno me guiñó el ojo. Empezó a hablarme en inglés.
-What’s your name?
-Susana -le dije.
-Where are you from?
-Del Perú.
No me lo creyó. ¿Peruana? No pareces. Llamó a sus amigos y nos pusimos a bailar todos juntos. Hicimos una ronda.
-Nosotros somos de Pucallpa –me dijeron-, somos albañiles.
Qué alegría encontrarse con alguien de casa. No lo pude creer. Mi olfato no me falla. A los pocos minutos lo vi a Cabanillas hablando con un tipo. Estaba borrachísimo. Me acerqué. Le dije que estaba allá, con los peruanos. Los señalé. Me siguió como un autómata. Se puso muy mal. Se culpó de todo. Me pidió perdón. No le dije nada. Desde un principio supe que la que se equivocó fui yo.


17 de julio

Lunes. Las cosas mejoran en Bilbo. El trabajo es aburrido, lo hago rápido. Consiste en editar unos textos que envían de la sala de redacción del diario El Correo Español. Los leo, los corrijo y los diagramo en una mac de pantalla gigante. Les pongo título, antetítulo y bajada. Historias de hombres y mujeres que han hecho algo en su comunidad. Un día, un maestro de escuela. Otro, un artista que ha creado una forma novedosa de hacer teatro. Y una mujer que cría toros de pura sangre. Temas interesantes. Una forma distinta de hacer periodismo. Le llamaría periodismo cívico o social porque se dedican páginas a gente desconocida, pero conocida en sus barrios. En el Perú se hace poco. Sólo las crónicas. Quizá porque en Lima, Arequipa, Piura imperan las noticias del día a día: numerosos accidentes, incendios, que en Bilbo no se ven. Ya lo decía un profesor en Navarra: “Cuando estuve en la Argentina salía corriendo a hacer infografías de accidentes. Luego, los jefes me decían que no servían. Los accidentes son cosa del día a día, me decían. No vale la pena dedicarles una infografía”. Mientras que en España los accidentes suceden pocas veces. Más en verano. Las carreteras se atollan de coches que quieren ir a la playa y no avanzan. Si Cortázar aún viviera podría escribir una segunda versión de La autopista del sur porque en la televisión se ven carros atollados a lo largo de kilómetros.

La alergia me mata en Bilbao. Anoche desperté desesperada. Soñé que me había tragado una pepa de palta. Tosí como si quisiera arrojarla pero minutos después comprobé que era parte de un sueño. No respiro bien. Utilizo las pastillas que me recetó un médico en Pamplona, pero despierto sobresaltada. Desde que llegué, mi sistema respiratorio falla. Creo que voy a tener que ir al médico. ¿Pero a cuál? Mi compañero de piso me dice que a dos cuadras está el seguro social. Ojalá me pueda atender. No quiero volverme una asmática, aunque creo que ya lo soy.

18 de julio

Salió el sol. Le da otro ambiente a Bilbao. La gente sale a las calles. Desde mi balcón observo la alegría de los bilbaínos. Niños. Viejos. Caminan como si fuera domingo. Al frente de mi edificio hay una librería llamada La Habana. Literatura latinoamericana. Los españoles sienten un afecto por Cuba. Quizá por la pobreza que se vive en ese país. Los cubanos consiguen la visa a España con facilidad. En Bilbo al único cubano que conocí es al dueño de esa librería. Se quejaba de la política de su país: “Chica, que usted no tiene ni idea de cómo es la vida por allá. No hay libertad”. En la vitrina de la tienda están Gabo, Benedetti y el infaltable Cabrera Infante: La Habana para un infante difunto. “Es que, chica, es un país de difuntos. Nadie tiene nada. Huimos como manadas”. No le compré un solo libro. Sólo entré por curiosidad. Dudo volver a pisar la librería. Mi bolsillo anda en aprietos. Espero ansiosa el fin de mes.
Pero salió el sol y me decido por una caminata. Acabo de llegar del trabajo. ¡Qué hambre! Mi timidez no ayuda a mi salud estomacal. No me atrevo a salir de mi trabajo a comprarme un dulce. Llego a casa con el estómago en la boca. Hoy me preparé fideos con carne molida y tomate y cebolla en trozos. La primera vez que preparo este plato. Estaba en mi cabeza hace días. Lo devoré. Ahora, a las tres y media de la tarde quiero salir. Veo a la gente contenta.

Caminé mucho. Incluso, escalé. El territorio es accidentado. Por la plaza donde está ‘la cabeza’ de Unamuno subí unas gradas interminables. Pregunté hacia donde conducen. “A un parque”, me respondieron. Empecé a subir. A medio camino mi corazón estaba acelerado. ¿Si he subido el Colca por qué no estas gradas? Y seguí adelante. Pensé que iba a ser fácil. Pero el parque estaba a gran altura. Hasta que alcancé la cima. Obtuve una buena vista de Bilbao. No distinguí mi calle, pero si la ría. El Guggenheim. Es la primera vez que lo veo. ¿No dije hace algunos días que las calles parecen un laberinto? ¿Que el sentido de orientación es nula? Desde arriba Bilbao es más grande de lo que parece. Habrá que visitar el Museo. También, la playa. Dicen que uno puede llegar en metro. No veo el mar desde aquí. Sigo agitada. Me siento en una banca para apaciguar el cansancio. Veo muchos viejos; muchos perros. ¿Cómo han podido subir?, me pregunto. Después compruebo que el parque tiene ascensor. Se pagan cien pesetas. Surrealista. ¿En qué parte del mundo se sube a un parque en ascensor?


19 de julio

España va bien, dicen, pero los bilbaínos no lo consideran así; se consideran vascos. En casa no puedo mencionarlo. Si me escuchan, dicen, pueden aniquilarme en un instante. “Es que nadie sabe quién es quién en esta ciudad. Puede tocarte un compañero que sea partidario de ETA como no”, me dice mi compañero de piso. Trabaja en una tienda de electrodomésticos. Me cuenta todas las noches que se quiere casar. Ahorra dinero para comprarse un piso en una zona aledaña de Bilbao. El sueño de la casa propia no es sólo de peruanos, pienso, los españoles también los tienen, perdón, los vascos, y la chica que también comparte conmigo el departamento me lo confirmó horas después: “Mi novio y yo queremos irnos a vivir a alguna parte de Europa. Tener una casa”. Nada de casarse, me dijo. Sí asentarse, y es que la idea de matrimonio tiene su descrédito, según me explicó: “¿Para qué unirse a alguien durante toda la vida cuando a los pocos años no lo vas a soportar?”. En realidad existen pocos casos de matrimonios felices. Extraños. Hasta que la muerte los separe. Pienso que ese “hasta la muerte los separe” encarna una idea subliminal. Por un lado, sí, deseo unirme para siempre a este hombre, pero por el otro aparece la gran pregunta ¿para siempre? Esa frase me obliga a estar con él en las buenas y en las malas, en la enfermedad y el éxito. ¿Para siempre? Creo que a muchos les aterra firmar el papel del “para siempre” porque OBLIGA, no une. Quizás lo más natural sea que ambos lo decidan por su propio consentimiento, sin papeles ni tratados. Quizá esos ‘tratos’ aparecieron para establecer un orden social porque a partir de ello surgió el divorcio. Dudo que Jesucristo haya deseado que se firme ese “para siempre”. Creo que él pensó en lazos de unión espirituales, no en firmas ni tratados que premediten un vínculo para la eternidad. Como dice en la Biblia “lo que ensucia al hombre no son las cosas externas, sino su propia interioridad es la que ensucia al mundo”. Una cadena sin final. Admiro a aquellos que habiendo firmado los papeles del "para siempre" hayan conseguido mantener la unión espiritual durante toda la vida. Miren a aquellas parejas que viven una vida juntos. Hubiese deseado tener unos padres así.

Analizando el párrafo anterior, olvidé decir que existe el otro extremo. Los hombres que no se aferran a nada. He allí el problema. Aquí habría que redefinir el concepto de libertad.
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