miércoles, septiembre 05, 2007

rasgarse las vestiduras


No hace muchos años, quizás pocos, me enseñaron a andar vestida. Me obligaban a usar faldas largas hasta los tobillos: "Corita, nada de enseñar los músculos, ten cuidado, es pecado”; a vestir chompones de alpaca de manga larga con el cuello redondo: “ni se te ocurra ponerte cuello en forma de V porque es pecado mostrar el pecho, señorita”; y unos zapatos que parecían botas de militar y unos guantes negros y el pelo siempre amarrado y las rodillas siempre tapadas y los brazos. Siempre correcta. Siempre acartonada. Como las mujeres vestidas de gris.

Anduve así varios años, con ese uniforme. Cada mañana me metía a la ducha con la misma ropa, también con los zapatos y las medias y los guantes y el pelo amarrado. Nunca desnuda. “Eso es pecado”, me decían. Uniforme impecable. Ninguna arruga. Siempre callada, obedeciendo. Fui el ejemplo del claustro. Seguía las reglas al pie de la letra.

Pero... me cansé.
Yo no quería ser así: yo quería ser yo: rasgarme las vestiduras.
Yo quería ser como los otros que vivían en mi barrio que salían en las tardes a jugar al fútbol, a fumarse un purito, a beberse unas cervezas siempre riendo, siempre gozando.

Un domingo, unas amigas me visitaron después de tiempo y me llevaron a la playa, allí empezaron los problemas. Llevé una ropa de baño, también un bikini y una crema solar para no tostarme demasiado con el sol (pues, claro, mi piel era virgen). me daba vergüenza que me vieran y dijeran: “Ella es Cora”. Yo miedosa me camuflé con unas toallas. Felizmente nadie me vio en la playa. Tuve suerte.


Un sábado después me invitaron a la discoteca. Me atreví a ponerme un vestido negro y algunos collares de plata (con sus aretes) y unos zapatos abiertos y con taco. Mis piernas estaban tostadas por el sol, morenas, qué bellas me dijo algún muchacho cuando entré a la sala de baile; pero cuando entré vi a una de esas señoras acartonadas (dígase: con las vestiduras) observando quienes habían ido a la fiesta: yo había llevado una chaqueta con capucha: me hice la loca: no me vio ni reconoció.

Una tarde una amiga me llevó a un recital de poesía: “¿vamos a fumarnos unos pitos?”, me preguntó. "¿Unos qué?", no le entendí. Ella y su amiga fumaron sus porros en una calle oscura como boca de lobo dispuesto a morder. Yo las acompañé pero me sentí de lo más incómoda viéndolas a ellas reírse de cualquier nimiedad aspirando ese cigarrillo blanco. Después fuimos a caminar a la ciudad. Pasé desapercibida. Era otra persona.

Aprendí a mimetizarme con cada situación.
Aprendí a camuflarme.
A adaptarme.
Hasta que me fui…

Ahora me gusta andar desnuda, enseñar las cicatrices, los rasguños, las penas. Qué alivio es saber que existen otras formas de “vestirse”: con minifaldas, con pantalones cortos, con jeans a la cadera y blusas de colores. ¿Y los peinados? Como quieras. Muchos años, mucho tiempo. Perdida en una sola vestidura, en ese uniforme que no me dejaba moverme. Digo. Felizmente.


Hoy volví a McLuhan. Encontré una frase espejo acerca del modo de vestir:

“When I came upon the myth of objectivity in certain modern thinkers it made me angry. So, there was only one world for these people, the same for everyone. And all the other worlds were to be counted as illusions left over from the past or why not call them by their name –hallucinations? I had learned to my cost how wrong they were.

From my own experience I knew very well that it was enough to take from a man a memory here, an association there, to deprive him of hearing or sight for the world to undergo immediate transformation, and for another world entirely different but entirely coherent to be born. Another world? Not really. The same world rather, but seen from another angle, and counter in entirely new measures. When this happened, all the hierarchies that they called objective were turned upside down, scattered to the four winds…”.

Jacques Lusseyran “And there was light”, Boston, 1965
En: Marshall Mc Luhan “Roles, masks and performances”.
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