sábado, octubre 07, 2006

Un liliput (primera parte)

No se si lo recuerdas, pero hace algunos años trabajaste en ese instituto. Me contaste que tu sueño era quedarte allí para siempre porque era el mejor sitio para vivir, tu familia, tus hijos, tus nietos. La ciudad era ideal porque quedaba en las afueras de Lima. Y todo lo que está fuera de Lima es mejor.
Un año o dos atrás, saliste de ese banco asqueroso que te removió el cuerpo, me contaste. Ese banco que te llamaba a cualquier hora para hacer expedientes y firmar papeles, aparte del horario de trabajo. Compartías carpeta con provincianos infelices a quienes odiabas, quienes te ordenaban cortar y pegar memorandos, sin darte tiempo de emplear tu propia iniciativa. Hasta que decidiste renunciar. "Lo mejor que hice en mi vida". Te fuiste de ese banco para llegar a la provincia y créeme que hiciste muy bien. Tu vieja ciudad era un lugar excelente para vivir: un sitio en donde uno podría triunfar fácilmente .
Yo llegué unos meses después de ti. Admiraba tu coraje para salir adelante y tu pasión por lo que hacías. Quería aprender de esa valentía. Eras para mí un tipo con talento. El hecho de que tú sepas tanto de las matemáticas era importantísimo. Resolver las operaciones asi de fácil, en pocos segundos, antes de caer, me deslumbraba como a los niños los magos de los circos. Y yo llegué a ti. Me ofreciste ser tu asistenta en la asignatura que ibas a dictar. "Yo encantada trabajaría contigo!".
El primer día fue emocionante. Me mostraste el instituto. Me presentaste a tus alumnos. Me guiaste hasta la que iba a ser mi oficina . Yo estaba feliz y nerviosa. Iba a ser la primera vez que enseñaría un curso de matemáticas: el álgebra, la geometría, los cálculos numéricos. Quería dar todo de mí y ser aquella imagen redentora que alguna vez soñé me redimía a mí. Caminábamos por los pasillos saludando a profesores hablando de las últimas teorías. Tú eras una promesa y me comprometías a mí en tu proyecto a futuro. Seríamos un buen dúo, un equipo que iba a transformar el destino de la escuela.
Los primeros días fueron excelentes. Me mostraste el sílabus del curso, los puntos que debían aprender los alumnos, yo te sugerí algunos cambios importantes y tú me escuchaste, me propusiste hacerle los cambios necesarios, "elegir ejercicios", dije yo, tú dictando las clases, yo asistiéndote y de vez en cuando saliendo al pizarrón a explicar más fórmulas matemáticas mientras tú trabajabas en tu tesis de posgrado. Las semanas y los meses se desarrollaban con total normalidad. Ningún evento quebraba nuestra armonía. Los directores del instituto felicitaban nuestra labor. La calidad de los estudios se estaba elevando.
Un año después llegó por el instituto una noticia de gobierno. El Parlamento quería aprobar una ley a favor de los bebés probeta para aquellas parejas con dificultades de procrear.
Recuerdo que tú te armaste de valor y discutiste con el director del Instituto la posibilidad de armar un manifiesto en contra de esa discutida ley. No se podía crear la vida artificial, eso estaba mal visto por la Iglesia, era un tema moralmente incorrecto, ni siquiera se podía discutir! La ciencia está hecha para hacer el bien, no para favorecer el fallecimiento de Dios a costa del poder de la vida en manos de los hombres!
Confieso: nunca me gustó tomar partido por temas tan delicados. Cuando escuché la noticia pensé en una familiar que se desvivía por tener un hijo. Mejor oportunidad que ésta, no la iba a tener, y me alegré por ella. Pero a ti no te cuadraba la aprobación de nada, menos escucharle a alguien pronunciarse al respecto, como yo. Te desvivías explicándome las razones morales del caso: "carece de fundamento". Y me conminaste a exponer el asunto en dirección, si no me aclaraba.
No tenía claro lo que pensaba. Sólo imaginaba la felicidad de mi prima con la aprobación de la ley.
Esa semana llegaría a la ciudad un reconocido científico. Una mañana me confesaste: "Lo mejor que voy a consiguir en mi vida es que este científico venga al instituto a darnos una charla". Te pusiste en contacto con sus secretarias para manejar el caso. Y lo conseguiste! bien por ti! Pronto llegaría a la ciudad a dictar conferencias y en el Instituto Matemático en el que trabajábamos.
Pero un día antes de su llegada apareció en los periódicos: "El respetado científico firmó un manifiesto a favor de la aprobación de la ley de bebés probeta".
Tú te caíste de espalda. Pronto vendría a visitarte.
Ese mismo día me confesaste en el pasillo: no sabes cuánto sueño con que ese hombre se vuelva moralmente correcto.
Y llegó el día que el científico llegó a la ciudad y se presentó en el patio central a dictar una conferencia sobre los bebés probeta. Horas después me sugeriste renunciar al Instituto. Dejarlo todo después de las promesas.

continuará
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