domingo, diciembre 02, 2012

Día 3 *





La mejor noche en mucho tiempo. Recuerdo mis sueños como si fueran un mensaje celestial. Mario vuelve a aparecer como muchas veces, como si fuera un ángel que me busca, me abraza y me dice “escribe, no te desperdicies, tú eres muy buena, la mejor”. Y yo como siempre dudo, aunque los ojos me brillen, le creo y dispuesta a trabajar en ello, camino a mi casa.

Mi padre, en escena. Escucho su voz salir de una habitación, como cuando antes llegaba del trabajo y se le oía de cualquier parte saludando con voz alta. Me dice que está contento, que ha encontrado un nuevo trabajo. Por fin, pienso, su salvación, y lo abrazo.

Amanezco contenta. Hacía mucho tiempo que no dormía una noche así.

Pero este día, el día 3, es el más chocante de lo que llevo de vida.


A medio camino, del camino que estoy recorriendo en dirección a Machu Picchu, por una ruta delgada en plena selva, entre árboles poblados por bromelias, cae una piedra desde la cima de la montaña, rodando grande como una roca. Yo la observo desde abajo con esa cara inútil que a veces puedo tener, sin saber hacia donde ir ni cómo reaccionar, observando sin mover un dedo, la absurda roca acercarse a mí. Pienso no me tocará, ni de a vainas, habría que tener mala suerte, si la roca te toca. Sin embargo, esa piedra  grande y pesada, choca con una rama y cambia de dirección, y sin tener tiempo de salvarme del impacto, la piedra rebota sobre mi rodilla derecha, y continúa rumbo por un precipicio.

No imaginé que yo seguiría el mismo destino de la piedra. Sin poder aferrarme a nada, me veo caer al precipicio también como en una película de Indiana Jones. Soy optimista. Pienso no caeré mucho, intento encontrar la forma de no seguir cayendo, pero caigo y caigo y pienso me jodí, esto es real, mi miedo más profundo cayendo por un precipicio en dirección a un río del cual no recuerdo su nombre.

¿Moriré?

Preguntas de un futuro cercano.  

Viví un momento protagónico de película de aventura, donde los protagonistas nunca mueren cayendo por un precipicio. No fue la mano de Dios ni la de Cristo ni la de los seres irreales en las que creen las personas. No sé qué fue pero me salvó, el tronco mágico de un árbol, como si hubiese crecido en ese punto de la montaña para salvarme a mí, me salvó de una sentada. Aterricé con mis dos piernas a cada lado del tronco y mi espalda a la montaña y mi mirada, hacia el río revoltoso debajo de mis pies, entre piedras enormes que parecíann huevos de gigantes.



Recién en ese momento, al detenerme de mi caída libre, me di cuenta de las heridas de mi mano y de los golpes en mis dos piernas y brazo. José, el guía, llegó a socorrerme. Le entregué mi chuspa, luego la mochila, y sin fuerzas logré subir los cinco metros hacia el camino. No caí muy abajo, pero los minutos  parecían eternos. 

El susto me llevó al pánico. Tuve suerte, mucha suerte, no me rompí nada, ningún hueso, menos aún la cabeza, tan solo la idea de que estuve a punto de tener un gran accidente o de morir, en el peor de los casos, me llevó a continuar la caminata con una crisis nerviosa que me duró más de una hora. Pensé en mi padre, en el sueño de aquella noche y rompí a llorar. 

*Fragmento de un diario de viajes titulado "Del Salkantay a Machu Picchu". 5 días a pie en el corazón de los Andes. 


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