domingo, agosto 21, 2005

inca kola

anoche tuve un sueño extraño. lo poco que recuerdo es viajando en el tren de Amsterdam rumbo a mi casa en Leiden. me senté al lado de la ventana derecha, en la misma posición que un día antes en el tranvía de Delft, leyendo un libro, concentrada en los personajes y la trama y olvidando, por supuesto, mi destino: me pasé de estación. bajé en otra ciudad, con otra gente, con otras calles. en Holanda, casi todas las ciudades se parecen, todas tienen un canal que rodea la ciudad y otros cientos de conductos de agua que la atraviesan, igual con las construcciones, todas de ladrillo medio rojizo medio naranja. pero la ciudad donde me bajé era distinta. tenía una sola calle que era avenida y miles de ambulantes ofreciendo objetos que ni recuerdo; la única certeza era tomar el tren de regreso a Leiden, pero no sé por qué razón entré a la ciudad en busca de una tienda, me moría de sed.
en Holanda, las tiendas como las conocemos nosotros en el Perú no existen. no hay tiendas de abarrotes en cada esquina. los supermercados seguro las desaparecieron veinte o treinta años antes. ellas, las tiendas, como las de la vieja renegona de Santa Isabel, Piura, o las tiendecita azul de la avenida cayma, Arequipa, no existen. pero en mi sueño llegué a una y sorpresa de sorpresas, en el escaparate, habían dos incakolas. ¿inca Kola? sí, la botellita de líquido amarillo estaba presente entre los miles de ‘abarrotes’ que ofrecía la señora ‘de la esquina’. “una incaKola”, pedí y en español y la señora me alcanzó la botella y me cobró en euros, cinco, qué barbaridad. ella también hablaba español; llevaba gafas de carey y una falda de no sé de qué color. le pregunté que dónde había conseguido la bebida y si le gustaba su sabor. ella respondió: “en Amsterdam hay una distribuidora que a veces trae y pues a mí no me gusta, muy dulce”. salí de la tienda con ganas de preguntarle de dónde era. hablaba el castellano como las auroras, las doris, las elenas que atienden en las casas peruanas. no lo hice. no pregunté y volví por la avenida repleta de ambulantes rumbo a la estación. “no voy a perder el tren”, pensé.
y de pronto alguien empezó a cantar, una ambulante de la calle y ¿qué escuché? La canción arequipeña, arequipeñísima llamada: Melgar (Vargas Llosa se equivocó, no es Blanca Ciudad, sino Melgar con sus seis letras), y es así: “blanca ciudad, eterno cielo azul puro sol, montañas de milar donde nací, en donde me crié para amar...”. y yo la seguí, canté con toda mi garganta para que el mundo me escuche y más gente empezó a cantar, todos los amigos de la infancia aparecieron de las bocacalles, que salían de sus casas, a cantar. todos cantando. todos. en ese momento me pregunté: ¿tantos arequipeños en Holanda?
qué sé yo. tomé la vía equivocada. nunca regresé a la estación, me quedé en esa avenida con una incaKola en la mano y desperté.
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