domingo, octubre 09, 2016

Mi primer viaje a mochila : el pueblo de las iglesias olvidadas



Era un pueblo pequeño, de unos veinte mil habitantes, a orillas de un lago. Llegué allí en una autobús atestado de gente que seguro vivía allí o iba a comerciar sus verduras o a visitar a algún familiar. El terminal terrestre estaba en la parte alta del pueblo, y desde allí, como en un mirador, se veía un océano azul perderse en su intimidad.

No recuerdo muy bien cómo era el centro. Caminé hacia allí con una mochila y el queso que me había comprado dos días antes en el mercado. En esa época trataba de ahorrar, de estirar el dinero lo máximo posible. Mi misión era quedarme varios días en Puno. Conocer bien la región, sin imaginar que terminaría visitándola con regularidad.

Juli era un pueblo del que jamás había escuchado hablar en los relatos de mi familia. Nosotros no teníamos ningún lazo con Puno, ninguna historia de haciendas expropiadas -como la tenían otras familias- durante la dictadura de Velasco Alvarado. Tampoco conocíamos a alguien que tuviera ascendientes allí. Ni siquiera Mamá Benita, que en sus narraciones extraordinarias, nunca mencionó el nombre de Juli.

-¿Juli? -se preguntó cuando le mencioné mi descubrimiento.
-Sí, Juli, Benita.

No, jamás había escuchado hablar de ese lugar.

Lo primero que me llamó la atención al caminar fue una iglesia impresionante de la época colonial, construida enteramente en granito. Estaba parada al lado de un terraplén. La iglesia tenía diez metros de altura, un campanario y una nave que podría ser del tamaño del Arca de Noé. Caminé un poco más. Una cuadra o dos, se levantaba otra iglesia que parecía una catedral. No era la única. Habían muchas iglesias más en ese pueblo de cien almas. Cuatro iglesias en cinco cuadras, una de ellas en ruinas, sostenida con vigas, que había sido destruida por un rayo en 1914, rodeada de un muro de piedra, y un arco que miraba al Titicaca.

Estas iglesias habían sido construidas por los Dominicos a principios del siglo dieciséis, concluídas por los Jesuítas en el diecisiete. Catequizaron la región a través del lenguaje y el arte, hoy parte de la Escuela de Pintura Cuzqueña. Eran cuatro iglesias. Una escuela para los Indios Nobles, y un convento. Juli es recordada como "La Roma de América".

Caminé hacia el lago por un camino entre cultivos de coca. Sus aguas eran transparentes, y mansas. Habían dos o tres embarcaciones meciéndose a la luz del atardecer. Me pregunté cómo viviría la gente de allí, qué comerían, qué pensarían de la vida. Seguí una trocha a lo largo de la orilla por varios metros, quizás dos kilómetros o más, tomé fotografías y saludé a los lugareños que trabajaban sus chacras, casi todas con cultivos de hoja de coca, papas y habas.

Me quería quedar allí a vivir. Me imaginaba alquilando una habitación para escribir las mejores historias jamás imaginadas. Las ranas gigantes que nunca vi. Las embarcaciones que navegaban sin horizonte. Los campesinos trabajando la tierra. Las mujeres aymaras con sus sombreros a lo Charles Chaplin. La lengua puquina que habitó esa región, y que después, sin dejar huella, desaparecería de la faz de la historia.


Juli era un pueblo ahora medio abandonado. ¿Las iglesias oficiaban misa? No vi ningún cura caminar por allí, ni monjas, ni sacristanes, ni siquiera un museo que describiera los años en la colonia. Entré a una tienda a comprarme unas galletas. La señora que atendía parecía estar aburrida mirando una telenovela pasada de moda. Me vendió unas galletas de naranja marca chomp que las degusté en el camino. En el centro del pueblo no había ningún alma que recordase aquella época histórica de Juli, "La Roma de América". Sí, ese es el apelativo de Juli. La Roma de América. Durante la colonia inspiró el arte de la Escuela de Pintura Cuzqueña.

Recuerdo que subí la cuesta hacia el terminal de autobuses. Allí tomé la combi que me llevaría de regreso a Puno. Quería volver, sí, y pronto.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)


domingo, octubre 02, 2016

Mi primer viaje a mochila: el germen, El Titicaca




El Titicaca, el Lago navegable más alto del mundo, quería ser partícipe de su grandeza, por eso tomé el bus hacia Puno, para poder tocarlo.

Al principio no tuve mucha suerte, imaginaba que podría verlo desde el autobús. No había tomado en cuenta los postes de alta tensión a lo largo de la carretera, el tráfico vehicular, los camiones con remolque y las lomas que interrumpían la vista hacia aquello que debiera ser el lago navegable más alto del mundo. Llegué a ver una lengüeta de agua entrar apaciblemente a una bahía atestada de plástico, lo que parecía un espejo de agua, pero del Titicaca propiamente dicho, nada.

A mi llegada a Puno solo un musgo verde que flotaba en su orilla. Tuve que caminar varias cuadras cerro arriba para lograr capturar una imagen con mi teleobjetivo. Subí al Mirador de Manco Cápac (sin Mama Ocllo) y me senté allí en una banca para contemplarlo. El lago era una media luna azul que colindaba con otras montañas. No era tan grande como solían describirlo, tenía un final en un horizonte cercano. Aquella era sólo una parte del Titicaca, un diez por ciento, nada más. El lago era mucho más extenso.

Aquella era sólo una parte 
del Titicaca, un diez por ciento, nada más. 
El lago era mucho más extenso.


Aquella primera noche regresé melancólica al hotel. Intenté cocinar avena en una hornilla eléctrica que había llevado en mi mochila. Para mi mala suerte, la avena se me quemó; terminé comprando un pedazo de queso en el mercado, y deambulando por las calles de Puno. Comparsas tocaban música en la Plaza Pino. Betuneros embadurnaban los zapatos de los transeúntes en la Plaza de Armas. La calle Lima era como túnel mal iluminado.


*


Al día siguiente desperté con la firme idea de ver el lago de más cerca. Caminé en dirección a una construcción en forma de barco clavada en la Isla Estévez, a un kilómetro de la ciudad. Era un hotel cinco estrellas al que me avergonzaba entrar, pues mi bolsillo no me daba ni para tomarme un café. Ese hotel era una atalaya desde el que se lograba divisar el horizonte perdido del Titicaca. Sí, era evidente, el lago era un océano azul que se extendía hacia el infinito. Me quedé allí contemplándolo absorta. El charco de agua dividía en una frontera a dos países.

No sé exactamente por qué, el Lago Titicaca nunca había sido parte de las historias en mi familia. Jamás había escuchado relatos de la boca de mi padre. Mama Benita, nuestra cocinera, que trabajaba con nosotros desde que tuve uso de razón, me contaba historias de sapos gigantes. Lo solía hacer cada vez que habían apagones, consecuencia de algún atentado terrorista. Encendíamos velas para alumbrarnos durante la noche. Mama Benita no podía evitar narrarnos la historia de su viaje al Titicaca.

Habían ido a la Isla de Amantaní, recordaba, en una lanchita que roncaba sobre el lago. Tardaron algo de un día y una noche (¿tanto?), pero al llegar a la isla, ellas estaban allí: "Era gigantes, mamita, del tamaño de un plato de sopa"; de color negro, otras verdes cachaco. "¡Mira las ranas!", le había dicho su papá. Ellos se quedaron idiotas al verlas allí. Por las noches se las escuchaba croar; eran como perros roncando. ¡Gigantes! "No nos podíamos bañar en la orilla", la gente decía no se los vayan a comer los sapos, por eso Benita nunca aprendió a nadar.

Aquella historia la mantuve guardada en mi memoria durante mi viaje al Titicaca. No sé si era verdad. La leyenda decía que sí, que en los abisales del lago habían sapos gigantes, una ciudad Inca y algas 'marinas'. El agua era tan fría que nadie, absolutamente nadie, nadaba en ella. Alguna vez vi en un documental de Nathional Geographic a unos buzos aventurarse a bucear. Buscaban los restos de una ciudad Inca. Nunca mencionaron los sapos o ranas gigantes.

Después de dos días deambulando por Puno; volví a subir al Mirador de Manco Cápac, el lago se veía espectacular desde allí, pero no es su real dimensión. Caminé algunas cuadras en dirección al terminal terrestre, y desde allí tomé el bus en dirección a Ilave, un pueblo a una hora en dirección noreste. Según mi mapa, Ilave estaba cerca de la orilla, así que con el afán de tocar sus aguas, me fui hacia allá.

Las mujeres parecían ser sacadas 
de alguna película de Charles Chaplin 
por los sombreros que llevaban


La combi era pequeña, habían varias mujeres en polleras, algunas desgranando choclos con sus uñas largas; no sé cuántas faldas llevaban pero abarcaban más espacio que sus propios cuerpos en los asientos del minibús, y un sombrero en copa que tocaba el techo del vehículo. Las mujeres parecían ser sacadas de alguna película de Charles Chaplin por los sombreros que llevaban; habían sido traídos por los ingleses en la época de la construcción del ferrocarril, y allí se quedaron adornando las cabezas de las mujeres aymaras, ¿por qué no los hombres? Ellos preferían sus gorras de béisbol.

Uno está hecho por la historia de sus padres, y de la gente que le rodeó. Mi padre siempre me decía que los aymaras eran gente tan terca como las mulas. "Tienen su carácter hijita, son salvajes". No sé por qué me lo decía, quizás era la historia repetida heredada de un grupo étnico que habitó el lago. Los Uros vivían como apátridas sobre sus islas flotantes, habrían de ser los rechazados por los Tiahuanacos y los Incas. Quién diría que uno crece escuchando esas ideas y que luego se dedique a viajar y a intentar entender el mundo andino desde un punto de vista andino, con ideas contrarias a los prejuicios de mi papá. Yo amaba a mi padre (y lo sigo amando), y quería encontrarlo a través de su patria, la mía también, y la única forma era viajando y leyendo su historia.

Allí me tenían viajando con ellas, las mujeres aymara, hacia el pueblo de Ilave, a orillas del lago.

Ilave es un pueblo en donde se dice está la frontera de los quechua y los aymara. Hace no muchos años hubieron allí revueltas entre sus pobladores, creo que el alcalde de la ciudad no era del gusto de la mayoría, y por eso -al no cumplir sus promesas- lo amenazaron con azotarlo o matarlo a pedradas.
No hace mucho, en mayo de este año, sucedió algo parecido en el pueblo de Juli, en donde azotaron al alcalde públicamente por incumplido.

No recuerdo mucho Ilave; me decepcionó no poder ver la orilla del lago. Recuerdo que me compré unos caramelos en una tienda de abarrotes, y que tomé el siguiente bus en dirección a Juli. No sabía qué esperar de Juli. Jamás había leído algo acerca de ese pueblo, ni de su gente, ni de sus tradiciones, ni de su historia, pero cuando llegué allí quise quedarme a vivir para siempre. Había cumplido mi objetivo: toqué el agua del Titicaca, y les prometo: no me saltó ninguna rana.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)






domingo, septiembre 25, 2016

Mi primer viaje a mochila : Puno




Puno, una ciudad a la que le tengo cariño, me acogió en mis inicios como viajera.

Viajé allí sola. Tomé el autobús más barato desde la ciudad de Arequipa, con la idea de explorar el Lago Titicaca y de escribir una crónica sobre el carnaval. Yo sabía que quería viajar, asumir la metáfora del poeta portugués Fernando Pessoa, de "perder países" y de borrar de alguna forma mis fronteras. Llegué allí con una mochila cargada con suficiente ropa para un mes o más: una cocinita eléctrica de una hornilla, comida que había sacado de la despensa de la casa de mi mamá, un botiquín y varios libros de lectura.

Cuando bajé del bus un gélido aire me congeló el rostro. Estaba en el Altiplano a unos tres mil ochocientos metros de altura. El aire era frío a la sombra, mientras al sol era capaz de quemar mis entrañas. Caminé algunas cuadras con mi mochila al hombro, por la avenida El Sol en dirección al Estadio Municipal en busca de un hotel. Me sentía como si fuera una extranjera de esas que exploran su país sin saber adónde van. Me alojé en el primer lugar que encontré; era un edificio de unos cinco pisos de color amarillo. Se llamaba El Dorado, como casi todos los hostales del Perú. Estaba situado en medio de un pequeño laberinto de tenderetes que invadían las calles aledañas: fruteros, verduleros, ropavejeros, yerbateros, abarroteros, gritando a diestra y siniestra los precios de sus productos.

Yo era tímida entonces, todavía lo sigo siendo, era un poco extraño para mí llegar sola a una ciudad que desconocía. Recuerdo que me tumbé en la cama de mi habitación a descansar, pero así como le sucede a todos los viajeros que llegan por primera vez a una ciudad, me sentía incómoda; afuera gritaban. "Sandía, sandía" por un magnetófono, así que sin poder pegar el ojo, salí sin rumbo conocido.

"Nunca me había atraído conocerla. 
La única vez que tuve la oportunidad de visitarla 
fue en una excursión con el colegio."


Sí, Puno, esa ciudad de la que siempre se hablaba en mi natal Arequipa, era vista por mis paisanos como una ciudad serrana y poco desarrollada. Nunca me había atraído conocerla. La única vez que tuve la oportunidad de visitarla fue en una excursión con el colegio. Ninguno de mis compañeros se puso de acuerdo a la hora de la votación. ¿Puno? Todos preferíamos ir a la playa más cercana a emborracharnos que conocer el mágico Lago Titicaca.

Salí del hotel con un mapa de la ciudad en mis manos. Subí por una calle en la que habían cómicos ambulantes rodeados de corros de gente que reía de cualquier disparate. También habían vendedores de huevitos de codorniz y ancas de rana, y uno que otro chocolatero ofreciendo chicles y caramelos. Llegué al Parque Pino en un suspiro, habían varios escolares lamiendo helados, correteándose en sus uniformes, bajo la supervisión de sus mamás. Atravesé la peatonal Lima, la más turística; zampoñas estallaban de unos parlantes, y al final, la Plaza de Armas que se abría en un terraplén, con una iglesia imponente, de estilo cusqueño, mirando al Lago Titicaca. Me senté en las gradas de la catedral a fumarme un cigarrillo. Canillitas venían a preguntarme si quería limpiar mis zapatillas. "No tengo dinero", les repetía.

No sé por qué durante ese viaje sentía melancolía. Estaba sola. Era mi primera vez sola en una ciudad de mi país, en una ciudad que desconocía. Sin sentirme satisfecha con mi caminata decidí andar más allá, subir la cuesta del Jirón Déustua hacia el Mirador de Manco Cápac. Quería ver el Lago Titicaca.

*

Siempre me ha gustado explorar ciudades. Digo "ha gustado" porque todavía me sigue gustando caminar por las calles más escondidas de las ciudades del mundo. Antes de llegar a Puno había vivido un tiempo en Pamplona (España); simplemente disfrutaba caminar por el casco viejo, explorar esas callecitas de piedra con portones desvencijados, con las cerraduras oxidadas. Siempre me preguntaba: ¿Quiénes vivirían allí? Lo mismo hice en Puno. Me dediqué a explorar la ciudad y a tomarle fotografías a todas las fachadas de las casas que llamaran mi atención. Casas viejas, derruidas, de adobes; algunas colgaban macetas al lado del portón; otras, debido a su abandono, dejaban crecer los cactus y el pasto caóticamente en las ventanas o los alféizar. Me dediqué a pintarlas. Escribía en un pequeño cuaderno relatos de una casa sobre cómo serían sus inquilinos. Una tarde me di por sorpresa con una señora que coleccionaba muñecas. Las vestía con trajes típicos del carnaval de Puno, que es famoso, y las tenía detrás de vitrinas.

"Me quedé varias semanas 
anclada a las orillas del Titicaca, 
y a pesar de esa nostalgia 
que guardaba en aquella época, le tengo cariño."

También viví el carnaval de esa ciudad. Me fui con mi cámara al estadio central a mirar las comparsas y los bailes. Mujeres con faldas hasta los muslos bailando la saya; hombres llevaban máscaras de diablos o trajes de osos. Me sorprende ahora cómo me atrevía a hacer todas esas cosas en aquella época. No le temía a nada, simplemente me lanzaba a ello.

Ahora miro con melancolía a Puno. Le comentaba a mi compañero que yo alguna vez había vivido allí. "¿En esa ciudad?", me preguntó pasmado. Sí, en esa ciudad que para muchos es poca cosa comparada con Cusco o Arequipa. A mí me gusta Puno, le guardo un cariño certero. Me quedé varias semanas anclada a las orillas del Titicaca, y a pesar de esa nostalgia que guardaba en aquella época, le tengo cariño. A una ciudad no sólo se le quiere por su fachada, sino que se hace con vivencias. Me pasa con otras ciudades que para muchos no significa gran cosa, pero a las que les guardo un espacio honesto en mi corazón de aventurera. Piura, Chiclayo, Puno, Cerro de Pasco, La Paz. Lugares sin rostro, pero con alma.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)
* Si desea información sobre Puno, alojamientos, actividades, restaurantes no dude en contactarme.






lunes, septiembre 19, 2016

Chomp, Chomp, Chomp




Hoy mientras paseaba con mi hija por las calles de esta ciudad, recordé unas galletas que formaban parte de mi niñez, y que eran el snack perfecto para llevar en la lonchera. Sí, las galletas Chomp, eran y siguen siendo una marca en mi vida, una compañera que viajaba conmigo de niña al colegio o de adulta a alguna excursión. Sí, ¿qué peruano no ha crecido con estas galletas?, Venían y siguen viniendo empaquetadas en papel aluminio, cuatro en una envoltura, redondas con rayas en zigzag, y un aroma a chocolate o naranja.

El hambre me lleva a los recuerdos de mi infancia, enciende el motor de la memoria. Eso nos sucede a menudo a quienes hemos migrado a un país en donde los snacks son las papas fritas y las croquetas (que no están nada mal), pero en donde no hay nada como mis galletas Chomp (o Casino o Morochitas).

En los supermercados y las tiendas venden paquetes de veinte galletas tipo María bañadas en chocolate, que también están buenas, o las Oreo que del mismo modo vienen en tamaño kingsize, pero la dificultad y el peligro de estos es que no son fáciles de llevar en el bolsillo ni en la cartera, y que, además, son propensas al engorde. Si como cuatro, puedo comer veinticuatro, ¿verdad?

La gracia de las chomp, es que vienen cuatro unidades por envoltura y son fáciles de llevar en el bolsillo. Recuerdo que en la secundaria las compraba en la tienda de la esquina y , luego, sin que se dieran cuenta mis papás me las llevaba al colegio. Qué rico me las comía en los recreos. Rara vez las compartía, lo hacía a escondidas, o durante las clases de historia que eran aburridas, me las comía camufladamente para que nadie, absolutamente nadie, se diera cuenta.

Mi chomp. Cuántas veces no me han salvado del hambre en mis caminatas por Piura, Cajamarca, Cusco, Arequipa. Al subir el Misti me dio el hambre ¿y quiénes estaban allí?, las chomp, ¿y al pedalear por Cerro de Pasco batallando contra la altura? Mis chomp.

Esto ya parece una oda a las Chomp. Lo único que sé es que las extraño cada vez que quiero un snack dulce aquí en Holanda. Eran el recurso fácil que llevaba en el bolsillo junto a un Sublime -el chocolate peruano por excelencia- de quien podría escribir otro relato.

Susana Montesinos (2016)

domingo, septiembre 18, 2016

GFP y la Iglesia de San Sebastián: ¿En dónde estamos?


Me sorprende esta última semana cómo algunos periodistas peruanos -que yo suelo seguir por varios medios y que siempre han merecido mi respeto- se hayan 'encantado' por una noticia de "acoso sexual". Admiro que todos ellos se hayan unido para defender a su compañero Gustavo Faverón Patriau, a quien solía seguir en facebook. Sin embargo, no tolero que estos periodistas se dediquen solamente a hablar de ello por los medios, y a hacer un análisis de varios párrafos de por qué GFP fue denunciado por "acoso sexual", además, de su repentina salida de facebook, medio en el que publicaba regularmente sus agrias opiniones. A mí me importa poco la vida íntima y sexual del señor Faverón. ¿Acaso no hay hechos en el Perú que sean más importantes que hablar sobre él?

No tengo nada en contra de GFP. Siempre lo sigo por facebook, leo sus columnas. Me parece una de las personas más lúcidas de mi generación, sus opiniones y críticas respecto a la política de mi país son acertadas el 80% de las veces. Sin embargo, aquel hecho: "el acoso sexual", que claro, se usa como comidilla en los medios de información, vende, pues, vende, o hace a los amigos periodistas más cómplices; se ha convertido en la aburrida 'crónica' del facebook, de la prensa escrita, y no sé si la TV. Lo que me molesta de esto es que se olvide lo verdaderamente importante. Y que aquellos periodistas que consideraba de alguna manera mis 'informantes' sobre lo que pasa en el Perú, parecen ahora (sin ofenderlos a ellos) un grupo de chismosos de la prensa amarilla.

No quiero caer como moralista, sólo que ayer llegó a los medios -incluídos los holandeses, país en el que vivo- la noticia del incendio de la Iglesia de San Sebastián en el Cusco. El 80% del patrimonio de esa iglesia, incluidos retratos de la Escuela Cusqueña, están hechos cenizas. Era una de las iglesias más emblemáticas del barroco. Era además Patrimonio Cultural de la Nación desde 1972. Una de esas iglesias que nadie debía perderse en visitarla a su paso por la capital de los Incas.

Es lamentable. Es triste. Es chocante.
Y casi nadie lo comenta, pero sí el acoso sexual del señor Faverón.

Aquí vemos cómo se tergiversa la realidad: lo más importante es borrado del mapa por lo que vende, atrae la curiosidad y hasta el espíritu sadomasoquista de la gente. Aquello que vende opaca el arte, la historia, la arqueología, la literatura, la cultura de las ideas y los valores. Estamos en crisis, sí. En una crisis fatal, queremos mantenernos distraídos por los medios, ser entretenidos por cualquier cosa con tal de que se nos pase el tiempo, y al parecer todos caen en el juego de este espectáculo.

Susana Montesinos (2016)

martes, agosto 23, 2016

La invasión de las moscas



I

y de pronto el cielo se cubrió de nimboestratos esponjosos y grises, de aquellos que podrías tocar con los dedos, y salieron las moscas de los campos de cultivo, los jardines, el estiércol de vaca a invadir cocinas, patios, baños, lechos matrimoniales, cortinas, lámparas, cubrecamas, y heme aquí con un matamoscas lista para la lucha !

II

y ese mismo día, la batalla terminó: cuarenta y cinco moscas con las patas arriba sobre el piso naranja de la sala. La lucha había sido cruel, ellas intentaban escaparse del golpe, habían varias que tomaban la merienda, otras que volaban en círculos, algunas hacían el amor sobre los sofás, unas se dedicaban a rescatar a las otras, mientras que las más ávidas se hacían las muertas. Al final de la noche la casa era un matadero. y el matamoscas un baño de sangre.

jueves, agosto 18, 2016

Mi lugar geográfico: Salta

¿Soñar alguna vez con un lugar geográfico? ¿Imaginárselo a través de los textos y los mapas, la música y los relatos de viajeros? ¿Viajar es acaso una especie de enamoramiento o simplemente un traslado de un lugar a otro?

La música me llevó a Salta.

Creo que estaba enamorada de un lugar que no conocía. Venía desde mi niñez, enamorarme de lo imposible, cuando en las veladas en la casa de mi padre se escuchaba Los Chalchaleros a alto volumen. Yo era pequeña, una niña de cuatro o cinco años, mi padre organizaba fiestas, la música estallaba de los parlantes en la sala, la voz de Atahualpa Yupanqui, el charango de Jaime Torres, los coros de la Misa Criolla, se mezclaban con el jazz y el chachachá.

Yo crecí con esa música bailando en mi habitación.

Crecer. Con los años viajé al norte de la Argentina en bicicleta. Pedaleaba aferrada a los manubrios por la Quebrada de Humahuaca a mi territorio imaginado. De pequeña alucinaba con las letras de las chacareras, las zambas, el carnavalito, aquellos paisajes de Catamarca desde la cuesta de un Portezuelo mirando abajo parece un sueño. Me detenía a mirar los mapas en busca de las ciudades que los cantantes nombraban como si fueran alegorías. Estas melodías me llevaban a recrear esas regiones en mi mente, y a anticipar mi viaje; a vivir dentro de un mundo imaginado mientras descendía la quebrada de los siete colores de Humahuaca hacia Yala con un viento en contra de los diablos.

Ahora estoy aquí escribiendo esta historia en mi casa, en una ciudad holandesa, una noche de verano. Escucho la música de mi padre, que ahora es mía, heredada. Recuerdo así cómo llegué aquella primera vez al mapa del norte argentino: en bicicleta, muerta del calor, cantando alguna chacarera, con los audífonos puestos.

¿Estaba enamorada?

Seguro que lo estaba. Descenlace: Me terminé quedando varios días en Salta, vagando por sus calles del centro, leyendo a Vila-Matas, escribiendo la historia de mi padre que escucha música en el estudio de su casa a Los Chalchaleros, pero esta vez con los audífonos puestos, como si fuera un aviador , A los bosques yo me interno.

lunes, diciembre 22, 2014

Amor y literatura - Lila Azam Zanganeh

Uno de mis descubrimientos este año es Lila Azam Zanganeh. Una mujer joven iraní que vivió en Francia, en Londres, y ahora en Nueva York. Es la nueva voz de las letras estadounidenses, quizás la nueva voz de las letras mundiales. Habla más de cinco idiomas, entre ellos el español, y escribe tanto en inglés como en francés. 

Tuve la oportunidad de compartir con ella un encuentro de jóvenes en el Nexus Instituut en Holanda, antes de su conferencia "Amor y literatura". El Nexus Instituut es una de las pocas instituciones en este país de tulipanes que se dedica a promocionar la cultura con letras grandes desde todas sus disciplinas. Tiene invitados de la talla del escritor y crítico literario George Steiner; del violinista Joshua Bell, heredero del Stradivarius de 1703, que le perteneció al violinista Huberman y, entre ellos, la iraní, Lila Azam Zanganeh.

Lila Azam Zanganeh (LAZ) es una apasionada por Vladimir Nabokov, el escritor de origen ruso, famoso por su novela Lolita. Ha escrito un libro llamado The Enchanter: Nabokov and Hapiness. Nunca he visto a nadie con una pasión tan ardiente por la literatura ni por Nabokov. La conferencia a la que tuve oportunidad de ir se titulaba "Amor y Literatura". El título de su conferencia era tan general que podía caer en la atracción pero también en la banalidad. Me inscribí por el simple hecho de asistir, pues no conocía a LAZ. El año anterior había visitado el Nexus Instituut para ver a Mario Vargas Llosa, el Premio Nóbel de Literatura 2010. Dio una conferencia titulada “The Future of Humanism”, la traducción al inglés de su libro ensayístico "La civilización del espectáculo". Lamentablemente, la conferencia de MVLL no gustó a la mayoría de la gente. Muchos de los jóvenes asistentes dijeron que su visión pesimista del futuro de las artes no tenía lógica. “He is too old”, indicaron.

La conferencia de LAZ, fue todo lo contrario. La iraní tiene un carisma que llevó al auditorio a sentir sus palpitaciones, amores, íntimidades, como si fuese una vieja amiga que le viene a hablar a uno como le gusta a uno. Elevó al público al nivel de la pasión. No utilizó ni papeles ni frases hechas. Citó a autores de la talla de Leon Tolstoi, Marguerite Yourcenar, con un conocimiento impresionante, como si los hubiese leído la noche anterior. Además, su estilo informal de llevar la conferencia, a la que se le llamaría de postmodernista, contraria a la solemnidad de la conferencia de Vargas Llosa en la que el público estaba prohibido de hacer preguntas, le dio una simpatía y acercamiento como ninguno.

Creo que hoy en día hace falta aquello que llamaría “el acercamiento del artista con su público”. Creo que la informalidad de LAZ permitió al auditorio sentirse partícipe del proceso de creación, a aquello que llamamos cultura como arte, término de por sí difícil de delimitar. Hace falta ese tipo de iniciativas en el mundo de hoy, en el que se acostumbra a ver al creador como un ‘dios’ intelectual, intocable, impalpable, inasequible, difícil de acceder. Hace falta acercar el receptor al creador, no sólo al mensaje. Creo que esa sería una de las principales tareas de quienes se dedican al arte de escribir, pintar, moldear, fotografiar. Hacer que el público se involucre con sus ideas, que se sienta un creador dentro de la misma obra de arte

Su  conferencia versó sobre cómo la literatura es el primer amor del ser humano. Nosotros somos narradores de historias por naturaleza, a pesar de vivir en la era audiovisual en la que se especula la desaparición de los libros y los periódicos en papel. Nunca jamás, por más de que ciertos conocidos míos digan que “la gente no lee”, desaparecerá nuestra capacidad narrativa, aún menos la creatividad. Siempre querremos contar historias del día a día, nuestro vademecum, nuestros viajes, las anécdotas del día a día, las historias de familias, los desgraciados, los chismes de la ciudad, aquellos relatos que le dan vida a la vida misma, y que la hace más interesante y rica, además. Sin aquellos relatos, la vida no tendría sentido, entraría en el absoluto aburrimiento. No tendríamos ni sal ni pimienta. Ningún sentido.

Ver a Azam, además de lo asequible que es, ha sido lo mejor de este 2014. Leyó párrafos de First Love de Turgeniev. E hizo hincapié: La belleza del lenguaje es capaz de hechizarnos. Un extraordinario encuentro que me dio luces, y sobre todo esperanza. La esperanza de que el mundo tiene posibilidades gracias a la literatura. La literatura como objetivo, fin, cariño, amor, pasión, para olvidar las guerras y llevar a un mundo más llevadero en estos tiempos del internet, facebook, envidias, peleas, agendas recargadas, sin tiempo. 

La filósofa alemana Ariadne von Schirach, otra invitada del Nexus Intituut, dijo: "Books are agents of empathy. Books are perpetuators of human nature". Es cierto, suena idealista. LAZ supo cómo ganarme y convencerme de que hay esperanza en el mundo que me rodea, y que el cambio (o la continuidad) está en cada uno de nosotros. Nosotros somos los agentes para que la cultura o la literatura no desaparezca. Para que ni Dostoievsky, ni Camus, ni Flaubert queden en el olvido. Sólo nos queda creer y transmitirla de generación en generación. 

Aquí les dejo una entrevista realizada a la autora por la Revista de Letras. 
http://revistadeletras.net/lila-azam-zanganeh-escribir-el-encantador-ha-sido-como-bailar-un-tango-con-nabokov/

lunes, octubre 13, 2014

Rumiar pensamientos



Aquí volvemos con el diario después de algunos días en la nada. La nada, nada. Viajé al norte a visitar a mi madre, luego llegó mi hermano. Me costó muchísimo concentrarme en los entretantos, encontrar la paz para escribir sin parar, revisar la novela y además pensar en cómo mantener mi motivación sostenida por un instante. Hago lo mejor y lo posible. Doy todo de mí, aunque –con esa naturaleza crítica que tengo- sé que puedo dar más.

Hoy me levanté directo al ático de mi casa a corregir. Se me ocurrió seguir una dieta de verduras y sopas. No para bajar de peso, pero por pura limpieza del organismo. En fin. No hace nada mal. Dentro de esa a-litariedad me metí en lo literario y trabajé sin descanso en la corrección de mis textos.

No puedo evitar pensar y pensar, recordar y recordar. El silencio, la soledad que me da vivir en este lugar a veces me corrompe y me hace verme demasiado adentro. Mala justiciera, fanática y banal.

Escribir. Me cuenta mucho creer en lo que hago. Regresé del Perú con todas la creencia puesta y después de unos días entro en una rutina que me hace rumiar pensamientos, como diría Camus, olvidarme de mi foco. Mi meta.


Aún lo que es peor, no es olvidarla, la meta, sino más bien dejar de creer en ella. Es mi naturaleza. Hay que mantener el estado de ánimo y darle al teclado. Y tocar puertas cuando el texto esté listo. Los pendientes no me dejan avanzar.


lunes, octubre 06, 2014

Aquí y allá




Estar en un lugar y no querer estar allí es un sentimiento descentrado; cuando una persona pisa una tierra y quiere estar en otra ¿qué siente? ¿añoranza o aburrimiento?
Les pasa a los inmigrantes que aunque voluntariamente están aquí, emocionalmente están al otro lado, a los refugiados que tuvieron que escapar de su patria y hacerse en otro país porque tiene futuro; a los mendigos que preferirían verse en la limousine que suelen ver todos los días pasar por la avenida, a los tiranos que prefierían estar jugando a la ruleta rusa.
Hay muchos personajes en este mundo que no quieren estar aquí sino allá. Las mujeres que miran las telenovelas en sus casas; los encorbatados que van todos los días al trabajo a sentarse detrás de una computadora; los hombres viejos que echan de menos tiempos pasados; a los que se mueren de aburrimiento por la vida que tienen. "Ay qué aburrimiento"
La vida es aburrimiento para muchos. Lo veo a diario. Una rutina que el común de los mortales o está acostumbrado a vivirla siempre igual, en 'sana' monotonía, o que le desespera hasta la médula espinal: no está en su sangre vivir sentado como un maestro zen en un sólo lugar, le gustaría en sueños vivir aventuras a lo Marco Polo o a lo Alexander von Humboldt, andar caminos por remotos desiertos, vivir experiencias como los corsarios.
Es contradictoria esta idea del no-querer-estar.
Hablo del espacio, del lugar, de lo geográfico; no del tiempo, de los cronómetros o los relojes. Del espacio como físico, de aquello que en los Andes llamamos la Pachamama o que en África, ardhi o en Europa, mi país; sí, todo depende de cómo lo mires y de cómo lo tomes.
Estar aquí y no allá tiene sus conjeturas. A veces me siento en mi computadora a escribir unas líneas y a pesar de que me encanta mi trabajo, no quiero estar aquí, pues preferiría estar allá a cinco mil metros de altura sufriendo en la bicicleta, o tomándome un helado en El Sahara. Sin embargo, amo escribir. 
Pero dejémonos de ideas y frases repetitivas. A qué voy con esto, a esa idea de insatisfacción total que suele tener el ser humano, sobre todo en días como estos en los que tenemos todo al alcance de la mano, si uno tiene dinero, claro está, puede hacer lo que se le da la gana, y si no lo tiene, también; con la tarjetita de crédito alcanzamos el sueño de la casa propia, el coche del año, el televisor de "x" pulgadas, la nueva refrigeradora, la nueva lavadora, ni qué decir del ipod y los androids, esclavizantes. Estar aquí hoy en día implca estar en todos lados, excepto aquí, buscando satisfacer deseos temporales que después de seis semanas de uso del nuevo telefonito, ya me aburrí, a comprarme algo nuevo. Prikkelen le llaman en la lengua de mi madre, aquella holandesa que llegó a tierras peruanas en los setenta. Prikkelen que significa pinchar la atención. ¡Lo que hace internet! A no estar satisfechos con nuestras vidas. Decirnos allá en lugar de aquí. Estamos aquí pero soñamos con cruceros transatlánticos, seguimos vidas privadas en facebook, envidiamos las fotos de las vacaciones de nuestro vecino, hasta miramos pornos, juegos, triple xxx, o, lo que es mejor, un chat con el amigo de afuera a veinte mil kilómetros.
Aquí y allá, ese concepto.
Seguimos dándole a la vida, andando como transeúntes, deseando más cosas de las que deseábamos antes. ¿Por qué entonces gente con deficit de atención temporal, por qué entonces niños que miran la televisión y a la vez juegan su nintendo, por qué entonces tanto psiquiatra y psicólogo suelto, casi a domicilio? Nunca tuvimos tanta libertad y sin embargo tendemos a parecernos cada vez más y más entre nosotros. Nos gusta parecernos al vecino.  
Hemos llegado a la civilización del espectáculo, a la barbarie, a la masacre de los sentidos. Qué fácil es hoy en día estar aquí, allá y más allá. Qué difícil es escoger un lugar, incluso un plato en un menú de un restaurante. 
Aquí y allá, no lo sé. Me gustaría estar aquí y allá a la vez, un pie en mi patria otro aquí, difícil elección. Allá está la aventura, un país por descubrirse y hacerse; aquí está lo hecho ¿cómo ponernos de acuerdo? Un amigo me dice que la familia es lo que enraiza. Sí, pero si la familia son los amigos dispersos por todas partes, entonces, ¿qué? Otra persona me dice que es el síndrome de la inmigración. Le respondo que es cierto; sí, me gusta ser una voyeur del resto. Y los más serios me mandan al psicólogo para arreglar mis problemas.
No sé qué es más cabal, aquí o allá, sólo que cuando estoy allá pienso menos en el aquí (y prefiero el ají), aunque sé que allá tenga menos acceso al aquí. La insatisfaccón total, el aburrimiento, la dificultad de estar en un lugar es el síndrome del no-lugar, de los apátridas sin dueños.  


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viernes, octubre 03, 2014

La pasión de San Mateo según René Jacobs



Uno de mis últimos descubrimientos, digo del último año, es la Pasión de San Mateo de Johan Sebastian Bach. ¿Qué quiero decir con eso? Es la Pasión de Cristo en su camino al Calvario relatada por San Mateo en la Biblia. No soy del todo creyente. Hace mucho que dejé aquellas inclinaciones eclesiásticas, sin embargo, tengo un familiar que tocó en la sinfónica del Perú y que es descreído, que admira por sobre todas las cosas esta obra de arte. La interpretación por Rene Jacobs es excepcional, de las mejores. Es sobre la muerte de Jesús, pero también sobre nuestra propia muerte y el cómo llegamos a ella. Ahora, en este preciso momento, estoy escuchándola mientras escribo-describo varias escenas de una vida. 

jueves, octubre 02, 2014

El ordenador, la cafetera y Edgar Allan Poe


"...las víctimas de su tiranía no tenían alternativa 
que la muerte con sus más crueles agonías físicas, 
o la muerte con sus más abominables torturas morales" 


Hoy es un día en el que todo funciona bien. El ordenador, la cafetera, la música de fondo. Me senté por la mañana a escribir y continúo aquí en mi pequeño ático escuchando el murmullo de la noche en la ciudad. 

El texto que estoy escribiendo me ha llevado a navegar por la memoria de internet y sin querer me llevó a buscar a Edgar Allan Poe. El pozo y el péndulo. Lo leí de una sentada. Me lo habían enviado a leer en el colegio y en aquel tiempo ese autor no me interesaba nada, era una adolescente que se quedaba horas leyendo a los del boom y no le paraba bola ni a Poe ni a Maupassant ni a Chejov. 

Hoy volví  a redescubrirlo. Un prisionero de la Inquisición que es condenado a muerte vive la angustia de su muerte, un vaivén de sensaciones que es perfectamente descrita con el movimiento constante del péndulo y la profundidad del pozo. Extraordinaria metáfora que me ha dejado pegada a la pantalla, buscando definiciones, sinónimos, alternativas, la magia del internet. 

También he logrado hoy volver a meterme en mi novela, aquellos personajes de doble moral, la ancianita que se debate frente al cucú y el tipo que le enseña un revólver a un chiquillo de trece años que no es su hijo. Escenas de una vida no tan cotidiana.

Y en las noticias encontré una nada alentadora para el Perú. Diego García Sayán, representante de Perú ante la OEA, renunció a ser candidato para presidente de la Organización de Estados Americanos. Según los medios, no obtuvo el apoyo de la Cancillería peruana, que de haberlo aprobado, hubiera causado estragos en el Ejecutivo. ¿Intereses políticos? 

Aquí les dejo un apunte de Poe de "El pozo y el péndulo": 


lunes, febrero 24, 2014

Caparrós, trotamundos



Revisando por allí me topé con el gran Caparrós, el cronista de este siglo en Latinoamérica, comparado con Kapucisnki (incluida en la amistad) y con Tomás Eloy Martínez. Aquí una reciente entrevista en Jot Down sobre los libros, la fama y el oficio de ser un escritor confundido como reportero.


"Por eso, supongo, tanto viaje: porque no me resigno a olvidar la cantidad de lugares que hay además de este. Por eso, supongo, tantos encuentros y separaciones. Es un poco enloquecedor, pero no sabría vivir de otra manera; envidio la capacidad del maestro zen que va a la misma oficina cada mañana durante treinta años y vuelve a la misma casa cada tarde; la envidio y me aterra."


Aquí el link para seguir leyendo:

http://www.jotdown.es/2014/02/martin-caparros-nadie-puede-estar-cerca-de-borges-sarmiento-en-cambio-si-era-humano/

miércoles, noviembre 13, 2013

I just feel like writing

Navegando por internet encontré una excelente entrevista al escritor estadounidense S. Elliott en The Believer. Nada más alentador que escuchar estas palabras: "siempre que te sientas bien escribiendo no te preocupes qué tan importante son las palabras, si va a gustar o no, lo importante es que fluyas y que te dejes llevar, eso es escribir" (mi traducción). Y aquí algunos extractos interesantes de la entrevista (en inglés):

"You just gotta write what you feel like writing. When the words are really flowing, that's a gift. It doesn’t matter what the words are. Whatever your paint is, just use it and paint. Whatever you feel like writing, you don’t ever want to worry about whether or not it’s important, or whether or not people will like this kind of writing. The fact that the words are flowing, you just have to go with that. I don’t teach very often, but when I do, I always talk about the importance of easy writing. If it’s coming easily, that’s not a bad thing. Don’t let that inhibit you. Go there."
...

"And you know, whatever you feel about Bukowski, I don’t really care. At the time, it gave me permission to write a certain way. I said, ok, it is interesting to just write your experiences. And valid to write your experiences. As long as you don’t bore people, as long as you don’t make the mistake of thinking the reader actually gives a shit about you, then it’s ok. It changed my life. I read everything he wrote multiple times. I still read his novels. I read Women a few weeks ago. I’m actually talking to a class at Brooklyn College about it tomorrow".
...

"I worry about that. I’m always in a race against my own enthusiasm.It’s like I have to finish something before I lose my enthusiasm for it. Which is kind of the same thing as what you’re saying. As long as I’m enthusiastic I’ll have things to say. Twice I’ve worked on a novel for an entire year, where that was the main thing I did for that year. And twice, at one point I just looked at it and said, “Ah, fuck it.”

Stephen Elliott

La entrevista completa se puede descargar aquí : 
http://logger.believermag.com/post/66877506202/the-reader-does-not-give-a-shit-about-you#notes

domingo, noviembre 10, 2013

Maleantes o artistas, Limonov

Y así se pasa el tiempo y uno no publica nada en su página de blogger, pero aquí tengo algo para ustedes un día domingo como hoy que llueve a cántaros en mi ciudad y que me tiene enclaustrada bajo la luz de una lámpara leyendo un libro llamado Limonov. Mi anotación de la semana. 

"Maleantes o artistas, Eduard piensa que ninguno de los que han transformado al fundidor Savienko en el poeta Limónov tiene ya nada que enseñarle. Los considera a todos unos fracasados y no se priva de decírselo. En uno de los libros sobre su juventud que más tarde escribió en París, cuenta con su honestidad habitual una conversación con una amiga que, con delicadeza y un poco de tristeza, le dice que esta forma de dividir el mundo en fracasados y no fracasados es algo inmaduro y sobre todo un modo de ser siempre infeliz. '¿No eres capaz, Eddy, de concebir que una vida puede ser dichosa sin el éxito y la fama? ¿Que el criterio del éxito sea por ejemplo el amor, una vida familiar tranquila y armoniosa?'. No, Eddy no es capaz de concebirlo, y alardea de ello. La única vida digna de él es la de un héroe, quiere que el mundo entero le admire y piensa que cualquier otro criterio, ya sea la vida de familia tranquila y armoniosa, ya sean las alegrías sencillas, el jardín que cultivas al amparo de las miradas, son justificaciones de fracasados, la sopa que Lydia le sirve al pobre Kadik para tenerle sujeto. 'Pobre Eddy', suspira su amiga. Pobres vosotros, piensa él. Y sí, pobre de mí si llego a ser como vosotros."

Emmanuel Carrére, Limonov. Anagrama, 2013. 

jueves, octubre 17, 2013

Esta historia no se acaba nunca

Llevo varias semanas leyendo París no se acaba nunca de Enrique Vila-Matas. Me lo compré en París en una librería de libros en español de la Place Saint-Michel, en la que un señor entrado en años me pidió que lo ayudase a buscar a Pablo Neruda. Era un señor muy buena gente que me preguntó si hablaba español y en medio de esa labor detectivesca, nunca encontré a Neruda, pero sí al catalán.

El libro se titulaba París no se acaba nunca y minutos antes de encontrármelo en las estanterías, mientras paseaba por las calles de barrio latino pensando que sin duda París era una ciudad inacabable, encontré el título de un libro que alguna vez había pensado escribir (a mi estilo,claro).

Y claro, a pesar de no llevar mucho dinero en el bolsillo, me lo compré con todos mis centavos.

Y tardé cuatro semanas en leer el libro.

El lector seguro se preguntará ahora por qué habré tardado tanto en leerlo. Quizás porque es de esos libros que uno no quiere dejar nunca -y no se acaban nunca- y que contienen un delicioso sentido del humor y varias anécdotas de la vida de Hemingway, Marguerite Duras, entre otros autores, y además las experiencias del aspirante a escritor -Vila Matas- que cuenta cómo se fue a París a escribir su primera novela en los años setenta en una buhardilla de Marguerite Duras. Y fue pobre y no fue feliz, contrario a Hemingway.

¿Y por qué hablo ahora de ello? Porque nunca supe definir a ciencia cierta qué era la ironía, y sin saber aún cómo describirla, un día sentada en el andén de una estación de ferrocarriles holandesa, escribí este texto en la última página del libro. No me gusta que los textos se me escapen, por eso lo publico ahora, y por eso también lo escribí en la última página del libro. 

"La ironía nace sobre todo cuando uno está en un estado de hastío, en el que no le importa nada de nada, ni siquiera un helado o un paseo por el bosque o un viaje a París en tren, y la vida le parece tan gris como esta tarde de lluvia en Holanda, gris gris gris, como el cielo panza de burro de Lima. Y entonces uno se da cuenta de que necesita de una medicina que relativice las cosas, de aquello que le dé buena cara para enfrentar el resto de los días. A veces hay que llamar a la ironía, es la única manera de hacer sonreír a la tristeza. Caricaturizar las cosas, caricaturizar la vida, nada más delicioso que eso".

No es que ande triste, no señores. Sólo transcribo ese pensamiento que apunté en medio de una tormenta en la última página de un libro de Vila-Matas. 

Y no quiero que París se acabe nunca, porque para mí París no es sólo una ciudad, sino también un mito, y eso me mueve a seguir escribiendo página a página todos los días aunque me salga a medias y tarde más de cuatro semanas.

sábado, octubre 05, 2013

Mi buhardilla roermondina



A RAÍZ DE mi último post muchas personas me han preguntado qué es una buhardilla. Yo les respondo directo, les digo que es un ático en una casa antigua europea, traída a la fama por varios escritores franceses, norteamericanos y latinoamericanos del siglo XX. Claro, todo aspirante a escritor, incluido Vargas Llosa en sus tiempos juveniles, quería llegar a París a vivir en una buhardilla, en esos espacios pequeños con el techo inclinado en un último piso. Pero debo admitir que así como varios escritores soñaron con vivir en una buhardilla, entre ellos Vila Matas, el escritor catalán, como Hemingway en París, yo nunca imaginé 'tener' una buhardilla. Y sin embargo, la vida es así, te la da de pronto, y sin querer terminé 'escribiendo' aquí.  

Todo empezó cuando me mudé después de varios años a una ciudad al sur del país. Vivía en una habitación tamaño caja de zapatos de la ciudad de Leiden, al norte de Holanda, estudiando un curso de literatura, y una tarde de primavera decidí empacar mis cosas y cambiarme a otra ciudad más pequeña y a lo mejor menos enigmática. Llegué aquí con el propósito de ver cómo me iba. Sin querer aterricé en un pequeño departamento antiguo del centro de la ciudad, en un edificio, que de por sí, podría estar infestado de ratones, pero no es así. 

Cuando llegué aquí disfruté de la luz que tenía el apartamento y la persona con la que vine a compartir el piso me dijo que había una puerta secreta. ¿Una puerta secreta?, le pregunté. No lo podía creer.

La casa tenía una cocina, un pasadizo pequeño, dos dormitorios y una sala amplia que daba a la calle y que tenía algo que es muy valorado aquí, ventanas grandes. Y en medio de todo eso, esa puerta misteriosa por la que muchos de mis invitados se terminarían perdiendo en busca del baño, la puerta al ático de la casa. 

Debo decir que el ático de esta casa es tan grande como el departamento, pero es tan vieja que cruje por todos lados. Cada persona que me viene a visitar me pregunta ¿y los ratones? Otra amiga que se quedó a dormir una noche dijo ¡aquí hay fantasmas! Tiene tres ambientes, uno es nuestro taller de bicicletas (unas diez, incluida una tandem), otro es el tendedero y la despensa, y el tercero es mi buhardilla. Sí, así como le llamo, mi buhardilla / estudio / ático con una alfombra de paja, una cama y dos estantes pequeños de libros, míos claro, los otros están en la sala. 

La primera vez que la vi dije este es el lugar ideal para escribir, pero estaba tan, pero tan desordenado. Era un muladar de cosas, entre ellas objetos como raquetas de tenis, zapatillas, patines de hielo, ropa y muchas cajas con papeles y guías de bicicletas, y muebles viejos empolvados en una esquina. Así que me decidí a ordenarlo y darle mi propia tinta. 

Pero así como en la vida todo puede ser idealizado, la buhardilla tiene un problema, por lo menos la mía, no sé cómo habrían de ser las otras, las de Hemingway, Vila-Matas, Vargas Llosa. En la mía hace un frío polar en los inviernos, que te congela hasta la médula y la punta de los dedos. No tiene calefacción, así que el mejor momento para escribir es en primavera y en verano, cuando entra el sol por las mañanas por una pequeña ventana que me calienta delicioso. 

De día es un lugar ideal para escribir, y de noche el silencio es tan lapidario que uno puede terminar metido en sus ficciones fantasmales y alucinar personajes del ciberespacio. 

Esta es la misteriosa buhardilla, de la que hablé en mi último post. Espero que tengan ahora una mejor idea de ella, esa señorita mía en la que escribo cuando hace buen clima y que está un poco carcomida por el tiempo, mi buhardilla roermondina.


miércoles, octubre 02, 2013

Un día como algunos otros

Qué difícil es encontrar la inspiración.

Hoy es uno de esos días con nubes grises en la ciudad, poco fértiles, insanos y fríos. Pero uno tiene que trabajar, ser perseverante en lo que se ha propuesto, y esa constancia que intento meterle cada día a mis textos desde mi buhardilla roermondina, así se llama, se diluye con los cambios de clima.

Miro desde aquí la calle de afuera y no sé exactamente qué actividad hacer. ¿No les suele suceder? Llueve un poco, sopla el viento. Tantas cosas me distraen que pierdo el enfoque y termino metiéndome al internet para ver si fulanito o menganito me ha puesto un like en mi último status.

Y me doy cuenta después de una hora de que estoy perdiendo el tiempo.

Entonces, intento otra cosa para encontrar la inspiración. Preparo la máquina del café con un senseo bien cargado. Desde hace días que quiero dejar de tomarlo (el café) pero con el clima así es imposible, quiero un café. Y cambio de estrategia. Me siento en la banca a leer un libro bajo la luz del sol y termino quedándome dormida.

Esta mañana no tengo ganas de leer ninguna letra, y me tomo el café de un tirón y me siento mal por no haber leído ninguna letra del clásico que estoy leyendo  y me levanto del sofá a apuntar otra idea acerca de la inspiración. Trato de escribir algunas líneas, pero claro, en esta mañana tan extraña no llego a encontrar mis palabras.

Así me desconcentro de mi viejo oficio (que he practicado poco los últimos años, he de confesar). Escribir es trabajar sentado varias horas cada día hasta que salga el texto, pero hay días como hoy en los que no sale nada. Y agarro un libro, luego otro y otro, hasta aburrirme de leer comienzos que después apenas recordaré.

Y miro la ventana que da a la calle otra vez. Afuera las tiendas están cerradas pero hay vida. Un carro arranca su motor, gente se saluda en la calle, ¿y a dónde quiero llegar hoy? Me lo pregunto asintiendo con la cabeza. Tengo todo un programa abierto. ¿pero la inspiración? qué difícil encontrarte, amiga. En algunas horas tendré que dar clases, y me tomaré un café, luego otro, hasta que venga la tarde, y quizás después de muchas horas encuentre a esa musa en el momento menos apropiado, como por ejemplo, leyendo el periódico en el baño.

Y después diré que me olvidé de este episodio.


jueves, septiembre 05, 2013

El escritor prolífico de nuestro tiempo: Karl Ove Knausgard

DESDE hace algunos meses he vuelto con fuerza -si podría llamarlo así- a sentarme a mi escritorio día a día, con ganas y sin ellas, a escribir una historia pendiente en mi vida. A lo largo de esta aventura interrumpida muchas veces por mis trabajos diarios y por los quehaceres sociales -que muchas veces me atolondran y me hacen vivir entre la frontera del deber y la devoción- me encontré por casualidad en las estanterías de una librería española un libro que en inglés se titula "My struggle" del noruego Karl Ove Knausgard. 

No voy a decir el título en español porque no viene al caso. El título en holandés me parece mucho más sugerente "VADER", y es un libro que me ha dejado prendada y que además considero buena literatura, quizás la obra europea de estos años, al lado de Emmanuel Carrére (a quien tuve la oportunidad de ver la semana pasada en Amsterdam). 

Este libro antes de empezar a leerlo me llevó a preguntarme: "¿Qué tiene que contarme este autor noruego?", pensando ingenuamente que quizás su obra sería paisajista y pintoresca sobre la vida de este país y con el temor de que no me fuera a gustar; pero ¡¡ha sido sin duda un agradable descubrimiento!!  Un libro que narra, sí y no, la vida de Knausgard, y es. además, una 'biografía' de la cultura europea de nuestro tiempo, (sumida en el total aburrimiento, sin altibajos con rutinas de todos los días, pero a la vez sumergida en la soledad). 

Debo añadir un dato importante, que Knausgard no publicó un libro, sino seis!!! Es decir, una novela en seis tomos!!! Demasiado prolífico, al estilo Marcel Proust. Lamentablemente, Anagrama sólo ha publicado el primer tomo, lo cual me priva de continuar leyéndolo en mi idioma. Es lamentable que aún no aparezcan los siguientes; espero que lleguen a publicarlos en algún momento porque sino sería una lectura perdida en el mundo español. 

Aquí un extracto de una entrevista a Knausgard de Boeken in Reis, programa literario holandés. El entrevistador le pregunta: ¿Cuánto tiempo trabajó usted diariamente en esta obra de más de tres mil páginas?


Aquí la (pequeña) entrevista:


Si quiere ver la entrevista completa aquí tienen el link: http://www.uitzendinggemist.nl/afleveringen/1363087

domingo, agosto 25, 2013

Día domingo (diarios)

Este domingo está un poco lluvioso en mi ciudad. Desde la ventana de mi dormitorio escucho el tintineo de las gotas de agua caer sobre los techos de las casas. Decido tomarme el día con calma y no sentirme obligada a montar bicicleta (mi hobby más sano) o a escribir la historia que estoy escribiendo (disciplinada), sino simplemente a limpiar la casa, prepararme un desayuno rico en proteínas y tomar el tren más tarde a Amsterdam. 

Hoy es domingo y me lo tomo con calma porque además está lloviendo y entro como siempre a la web del diario El País y leo las noticias -que esta vez siguen con los dramas de Siria y Egipto-. Me encuentro con un texto del Piedra de Toque de Vargas Llosa sobre el narcotráfico en latinoamérica, y otro del Praga de Kafka, un especial de Babelia y otro sobre el club de los libros interminables. 

Y pienso en toda la gente que como yo tiene un día domingo y hace las cosas que más les gusta o aprovecha para visitar a los amigos o a los parientes. O en hacerse un masaje. 

Pero este domingo tengo un pendiente, un libro de Haruki Murakami de setecientas páginas de ancho y que empecé a leer hace tres semanas y se llama "Kafka en la orilla". El libro en sí no es malo, pero estos últimos días me ha llevado a experimentar el aburrimiento y a preguntarme a mí misma "¿por qué leo este libro?". De tan pesado y largo y con una prosa limpia que me hunde en el marasmo he tenido que leer otras cosas al lado de "Kafka en la orilla" para sentirme con vida, como por ejemplo, El Adversario de Emmanuele Carrere o El novelista ingenuo y sentimental de Orhan Pamuk, extraordinarios textos. 

Yo siempre he tenido la creencia de que abandonar un libro a la mitad es 'casi' de mala suerte. ¿Y por qué? Porque a lo largo de mis años de estudio siempre escuché decir esto a la gente, a los críticos literarios, los periodistas, los literatos siempre me preguntaban con cara de inteligentes, entre sarcásticos y sabelotodos: ¿Que? ¿no has terminado el Ulises? ¿La Ilíada? ¿La Odisea? Recuerdo que alguna vez empecé a leerlos hace miles de años y que nunca pasé de las primeras páginas. Y este deber de me opaca.   

Pero volviendo al tema de los domingos. Este domingo he decidido terminar de leer a Murakami, sin embargo, -ese maldito sin embargo que siempre aparece en mi vocabulario- ahora que viajo en el tren a Amsterdam veo que lo he olvidado y que por eso escribo este pequeño texto para Pierdo Países, mi blog medio abandonado, y me pregunto mientras miro los campos de cultivo holandés por la ventanilla del tren: explanadas verdes y planas rodeadas de canales de agua y adornadas con vacas que se rascan la panza, si hay otras personas que como yo los días domingo se lo pasan leyendo un buen texto o intentando hacerlo sin ganas o visitando parientes o relajándose con un masaje. Yo me doy cuenta que peco de olvidadiza y que tengo otro pendiente para esta semana por culpa de este lluvioso día domingo. 

PiErDo PAísEs

Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía