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lunes, octubre 20, 2025

Los Ilusionistas



Acabo de terminar Los Ilusionistas, de Marcos Giralt Torrente, un escritor español que ha hecho de la familia —especialmente del mundo de los padres— el centro de algunas de sus novelas, explorándolo con una mirada lúcida, íntima y profundamente reflexiva.

El primer libro que leí de él fue Tiempo de vida, una obra conmovedora y a la vez dura, dedicada a su padre, el pintor español Juan Giralt. Era, en cierto modo, una especie de ajuste de cuentas, una disección emocional, un acto de amor hacia un ser tan contradictorio y abstracto como fue su padre.

Sin embargo, en Los Ilusionistas, el autor traslada su mirada hacia el otro lado de su árbol genealógico: su familia materna. En particular, a los Torrente Malvido, hijos del primer matrimonio del reconocido escritor Gonzalo Torrente Ballester, ganador del Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1982), del Premio Cervantes (1985), entre otros reconocimientos.

El libro nos lleva a conocer la historia de los cuatro hijos que el escritor tuvo con Josefina Malvido, su primera esposa, una mujer de origen gallego. Ellos vivían con su madre en la localidad de Ferrol (Galicia), en condiciones precarias, separados de su padre que intentaba hacer carrera en Madrid y los visitaba de vez en cuando. Pasaron momentos difíciles esperando que el padre los llevase a la capital para vivir con él, promesa que cumplió, pero que se disipó con la muerte de la madre.



A pesar de descender de un tronco literario imponente, estas historias están marcadas por la fragilidad y el desencanto. El hijo mayor, también escritor, vive entre el reconocimiento y el desequilibrio mental, con episodios que lo llevan a la cárcel. La hija mayor, entregada por completo a su marido —un pintor panameño—, se borra a sí misma en nombre del amor. El hermano menor, posiblemente el más golpeado, vive una existencia marcada por la precariedad, las deudas, y la carga de sentirse obligado a "hacer algo grande", tal vez a superar la sombra del padre, lo que lo lleva a repetidos fracasos.

El retrato más logrado es el de su madre. La única de esa generación que aún vive. Giralt Torrente le dedica un capítulo íntimo y sereno, donde el amor filial se mezcla con la necesidad de comprender, de hacer justicia, no solo a ella, sino al árbol entero que la sostiene.

El autor nos conduce por este árbol genealógico vivo, donde cada rama parece buscar desesperadamente su propia identidad, al mismo tiempo que carga con la herencia de un apellido, de una figura paterna ausente e idealizada. Tras la muerte de su madre, los hijos enfrentan no solo el duelo, sino también el desamparo legal: su padre los dejó fuera del testamento, privilegiando a los hijos del segundo matrimonio.

¿En qué consiste, entonces, ser familia? ¿Es esa sensación de pertenecer al otro, a un tronco común que nos da soporte y sentido?

Los Ilusionistas es un libro melancólico, nostálgico, pero también justo. No busca ensalzar ni condenar, sino más bien entender y dejar constancia de las raíces que nos hacen ser quienes somos. Porque a veces nos elevan… y otras, nos hunden.

 

jueves, mayo 07, 2020

Una huella en el incendio


Parque Nacional de Meinweg. Incendio despropocionado a fines de abril en el que un pueblo llamado Herkenbosch, de un puñado de habitantes, tuvo que ser evacuado debido a la alta emisión de gases del fuego. Ahora todo está calmado. La naturaleza se regenera. Y yo puedo volver a dar una vuelta en bici con mi marido y mi hija pequeña. 

lunes, abril 13, 2020

Un carbonero en el travesaño

Casi mediados de mes, y aquí sin saber qué hora es ni qué día de la semana. Seguimos confinados a nuestras cuatro paredes preguntándonos hasta cuándo durarán estas medidas. Hoy es el segundo día de pascua en Holanda, y a pesar de ser un día libre, es el día libre más extraño de mi vida. Me cuesta concentrarme, leer con detenimiento. Mi cerebro anda ahogado en el pensamiento de los inútil. Desasosiego. Falta de motivación. Mi dopamina (que me produce placer) se calcifica en mis entrañas. Veo por la ventana de mi estudio, y los únicos libres son las mariposas, los zancudos y las ardillas que convierten mi jardín en un festín primaveral. Placer para los ojos. ¿Cómo es posible que para curarnos tengamos que aislarnos de nuestro ser natural y social?

Hoy por la mañana un ave pequeña llamada parus major o el carbonero común, un pájaro de pecho amarillo que habita esta parte del viejo continente, estaba parado delante de la puerta de salida de mi casa. Parecía enfermo. Sus grisáceas alas yacían sin el brillo de sus otros compañeros. Su canto era casi inaudible. Abrí la puerta para acercarme a él, y evidentemente, tal como me lo esperaba, no se fue volando (algo que normalmente hacen), sino que se quedó allí tiritando de frío, inflando su plumaje, dando un paso al costado. ¿Estaría sufriendo? 


No sabía qué hacer. Mi hija de cuatro años me decía que debía llevarla a su casita en el árbol para que se mantenga calentita, mamá. Era mejor no hacerlo, no me atrevía a coger al ave entre mis manos. Le servimos agua y le dimos unos gramos de alimento para pájaros, pero el animalito no parecía interesarse en absoluto. Así que lo dejamos tranquilo y nos volvimos a la casa. 

Después de media hora escuché un golpe en la ventana de la cocina. Era el carbonero que de una alzada se había dado con el travesaño. Se sujetó con esfuerzo a la madera, algo que en los cinco años que llevo aquí jamás había visto. Se quedó allí mientras llovía un poco. Cuando volvimos a ver cómo le iba,  desapareció.

Su desaparición me dejó desmoralizada. He revisado todo mi jardín, desde mi huerto orgánico hasta las macetas con geranios colgadas de las paredes. No lo encuentro. ¿Se fue volando? Sólo espero que siga vivo y que se haya recuperado.  

Escribo esto tres horas después. El sol ha salido, alegría la mía. Me hace sentir mucho mejor. 

Roermond, abril 2020

Semana Santa

Viernes santo. Viernes de recogimiento. Viernes de procesión. Mi recuerdo viene de cuando era pequeña. Todos los jueves o viernes santo llegaba mi abuela paterna a eso de las seis de la tarde a tocarnos la puerta de la cuatro-cero-cuatro (la casa de mi infancia). Llegaba con una canasta llena de pétalos de rosas, de las rosas de su jardín, de un aroma casi perverso. 

Ella venía a ver con nosotros la procesión de semana santa que pasaba delante de mi casa. Nos daba una vela a mí y a mi hermano, y esperábamos impacientes ese momento del año. 

La procesión se acercaba desde lejos. Bajaba por la avenida Cayma tocando una melodía torva y triste bajo el compás sombrío de un llanto de tubas, trompetas y saxofones. Varios feligreses cargaban a los hombros pesadas imágenes de yeso de unos trescientos kilos o más, como penitencia. Jesucristo cargando la cruz, Jesucristo crucificado, Jesucristo en una urna de cristal y la Virgen María, triste, vestida de negro. 

Yo los bañaba en una lluvia de pétalos de flores. Mis tiempos devotos, de cuando quería ser monja.  
  
Era un tiempo en los que me pasaba todas las tardes de los dos feriados de semana santa viendo películas bíblicas. Había las veces que me amanecía delante de escenas de Ben Hur o Barrabás o La vida de Jesús.

Qué diferente lo es ahora.  

Ahora ya no celebro la Semana Santa. La imagen de mi infancia de conmemorar la muerte de Cristo que yo vivía con fervor ciego, ha cedido a la magia del recibimiento de la primavera (del norte de Europa) que, además, celebro con mi hija de cuatro años. 

El simpático conejo de Pascua llega a mi casa a regalar huevos de colores a los niños. Es motivo de alegría. De felicidad después de tres meses sumidos en la oscuridad del crudo invierno. De fertilidad y amor.

Mucha gente me pregunta cuál es la relación del conejo o liebre y los huevos, que en realidad los pone la gallina. Los huevos representan el renacimiento, y la liebre, la fertilidad. 

Es una tradición considerada pagana por los católicos pero es más antigua que ella. Y la verdad es que prefiero celebrar la alegría antes que la lúgubre historia de una crucifixión (sin desmerecerla, por supuesto).

En todos estos recuerdos imborrables, lo más hermoso era mi abuela que fiel a su fe y a su familia me motivaba a tirarle los pétalos de flores al 'Hijo de Dios' y a la 'Virgen María' como señal de gratitud y de honra. A ella, mi abuela, le estoy agradecida por haberme dado estos recuerdos tan nítidos de lo que fue mi infancia en la cuatro-cero-cuatro. 

Roermond, abril 2020

viernes, abril 10, 2020

Mi pedazo de territorio

Miro un mapa de América del Sur, un mapa de 1992 colgado en la pared de mi estudio, de National Geographic, que alguna vez recibiera mi padre de alguna suscripción, y pienso que el mundo geográficamente no ha cambiado mucho desde entonces. Los países latinoamericanos siguen allí con los mismos nombres y las mismas capitales. Chile sigue siento Chile; Argentina continúa siendo soberana (la asumo femenina) del mismo territorio; Perú con su costa, sierra y selva. Los topónimos se mantienen inamovibles. También los ríos, los volcanes, los nevados, el Pacífico y el Atlántico, pero sabemos, o sé, que este mapa que aún sigue vigente geográficamente no es el mismo en el microespacio en el 2020; las ciudades han crecido, las vías han dejado la trocha por el asfalto; el comercio entre países se ha hiperdesarrollado (¿existe esa palabra?); el ciudadano viaja hoy en día con un sólo clic a cualquier parte, algo impensable hace treinta años cuando salió publicado este mapa. Observo ahora la toponimia de lugares remotos: Tapi Aike, Macusani, Poopó, pero me desvío y mis ojos se clavan sobre el Pacífico y me pregunto el significado de unos números (4754) dibujados en el área azul del mapa, y unas flechas que suben desde la Antártica. Las flechas -indica el mapa- son el Peru Current (o más conocido como Corriente de Humboldt), y los números -supongo- reflejan la profundidad de la base del océano. Me cuesta abarcar en mi mente la dimensión de la profundidad de ese océano en el que solía nadar de pequeña con amigos en la playa. Me metía huachacas (clavados) entre los tumbos (olas). Veo la medición una y otra vez: 4754. No hay ninguna "m" de metros o alguna leyenda. Sin embargo, sin agua la cuenca del Pacífico sería un gran cañón, más profundo que todos aquellos que conocemos fuera del mar. Superaría al Colca, a Monte Perdido y al Gran Cañón. ¿Imaginan la Tierra sin agua? Sería un ser arrugado e irreconocible como un folio A4 convertido en una bola en la mano. Concluyo que si el virus Covid-19 por el que estamos tan preocupados, llegara a cambiar el microespacio,  y que está amenazando el sistema de salud y económico mundial, pues no lo haría con nuestra geografía, porque creo que mientras no caiga un meteorito, la Tierra seguirá orbitando alrededor del sol.

Roermond, 2020


martes, abril 07, 2020

Ellos hacen el amor y yo me asusto

Niño atrapa a sus padres haciendo el amor – su comentario al día ...

Muchas veces me pregunto por qué durante nuestra niñez nos choca ver a nuestros padres, incluso imaginarlos, teniendo relaciones sexuales, como si ellos no pudieran o no debieran de tener relaciones sexuales.

Recuerdo aquella mañana en que encontré a los míos haciendo el amor. Entré a su dormitorio y los dos saltaron de un lado a otro asustadísimos, calatos, con pudor.

Era como ver un acto de violencia. Como si mi padre le estuviera haciendo daño a mi madre. O al revés. Me quedé impresionada por varios días.

Yo sabía lo que era el sexo –en teoría–, mi madre me lo había explicado de una forma bonita cuando cumplí los diez años, pero nunca había visto en vivo el acto sexual, y el hecho de que mis padres fueran los protagonistas me chocó tremendamente.

Pero me pregunto, ¿por qué tuve esa reacción  tan brutal ante un acto que de por sí es central en nuestra existencia? ¿por qué además verlo como algo amenazante en mi relación de hija con mis padres?

Horas después me vino una indigestión terrible. No podía comentarlo con nadie, me sentía tristísima. Me senté en mi cama y me puse a llorar.

Este pensamiento acaba de surgir a raiz de una re-lectura de “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, finalista en la Bienal de Lima. Samanta –una de las protagonistas– rememora a partir de una imagen –de la casa de Mallarino, el caricaturista- una vivencia que creía olvidado.

El sexo como símbolo de violencia representado en la mente de un niño. ¿Por qué? ¿Cómo? En foros de internet mucha gente piensa que es disgustante ver o escuchar a sus padres haciendo el amor.

Ahora a mi edad adulta me hubiese encantado que mis padres hicieran más el amor o el sexo, en lugar de discutir y de irse cada uno por su lado. Hubiese sido más sano, más humano, menos tabú.

Roermond, mayo 2014

lunes, noviembre 07, 2016

Continuamos con el diario. La última semana he escrito poco, casi nada. Combinar mi vida de 'escribidora' con la de docente y madre de familia es una tarea que implica una buena organización. Dentro de todo, lo sé combinar y sacar tiempo para leer, sobre todo. Creo que no hay nada más importante que leer. Si uno quiere hacerse escritor tiene que leer, es como la gasolina que se le echa al auto.

La semana pasada terminé un libro de Delphine De Vigan, extraordianria escritora francesa de la actualidad. Me identifico mucho con ella. Me encantó su libro "Basada en hechos reales". Relata la relación de la autora con una amiga que conoce por casualidad en una fiesta en París. Su amistad es como muchas amistades que alguna vez seguro nosotros hemos vivido: tormentosa, fraternal, obsesiva, banal, literaria, (a)sexual, sin límites, que nos hace daño. En un momento dado, la amiga de la autora desaparece del mapa. ¿Dónde se metió L.? Había ya hecho mucho daño. Al final resulta ser un personaje que se acerca más a la ficción que a la realidad.

De Vigan aborda el tema de la delgada línea que existe entre la realidad y la ficción. A partir de una autobiografía le da una vuelta de tuerca a esa tentación que el escritor siente al escribir un relato basado en hechos reales. ¿Hasta qué punto es un escritor fiel a los hechos y no los transforma? ¿Hasta qué punto un lector se cree todo lo que un escritor ha escrito en primera persona, utilizando su nombre propio?

Ahora, desde que terminé de leerla he empezado un libro de Mircea Cartarescu "El ojo castaño de nuestro amor". Cartarescu, un autor rumano, autor de El Ruletista, un cuento tremendamente impresionante, es autobiográfico también. Es un poeta a la hora de describir el escenario que le rodeó en la infancia. La descripción de su Bucarest natal se confunde con un cuadro de la segunda guerra mundial: una ciudad en ruinas. Compara el Danubio con una catarata en horizontal. Su gran desdicha es ser heredero de la ruina, dice. Su mundo está en ruinas después de la posesión soviética. La Ideología que destruye la Historia de una nación. La ficción, la literatura, es lo único que puede salvarlo de ese desasosiego.

Estoy en una de mis cafeterías favoritas de Roermond, ciudad en la que vivo. Se llama Bagels and Beans, sirven un café de los dioses, el mejor capuccino XL. Todas las tardes en las que mi hija está en el nido vengo al Bagels a escribir. Hay veces que no me sale una sola línea, otras, muchas veces, como hoy logro concentrarme y escribir algo. Creo que me viene bien escribir un diario, también mis relatos de viajes, sólo que a veces hay días en los que me pongo gris como el invierno, necesito un poco de motivación para seguir escribiendo, y de cafeína.

jueves, noviembre 03, 2016

Despertar en Cusco


La madrugada de un sábado de enero llegamos a una calle en el centro del Cusco llamada Ataúd. En la parte más alta hay una casa vieja con un zaguán y puertas de madera. Es una casona antigua con varias habitaciones, tres perros y una familia generosa, que alquila habitaciones a los turistas y los viajeros empedernidos como yo a ocho soles. Bastante barato para un mochilero. El hospedaje se llama Ataúd.
Aquella mañana habíamos llegado de Arequipa muy temprano. "¿Dónde nos vamos a alojar?", preguntó mi hermano. "En el Ataúd", le dije, Me había quedado dormida en el bus desde la noche anterior. Cuando desperté alivio de madrugada, ya estábamos en el Cusco. Moría por caminar por sus calles, beberme un mate de coca, sentarme en su plaza, tomarme jugo en el mercado y subir a Sacsayhuamán; La ilusión era tan grande que no tuve reparo en coger la mochila y subir las enormes cuestas de la ciudad. Sólo quería divertirme y disfrutar del aire en esos cinco días en el ombligo del mundo.
Eran las seis de la mañana, dejamos nuestras cosas en El Ataúd y nos encaminamos hacia la Plaza de Armas. Era un espectáculo verla vacía, sólo con gente que iba al trabajo. Estar de nuevo allí frente a la Catedral y a la Iglesia de la Compañía era un despertar de los sentidos. Caminamos por sus portales, detuvimos la mirada en cada tienda, admiramos cada vitrina, piedras perfectamente pulidas que encajan una con otra. Algunas mujeres caminaban en polleras por sus calles. Los restaurante estaban cerrados, sólo algún quiosquito o tienda abierta con olor a periódico. Horneaban pan fresco. Olía a albahaca.
El mercado del Cusco queda cinco cuadras más arriba de la Plaza. Hay que cruzar otras dos plazas, un colegio y un portal con motivos coloniales, para llegar allí. Algún lustrabotas ya nos ofrecía sus servicios. Un viejito tocaba su flauta andina en una calle empedrada, con paredes de piedras incas. Metros más allá, el mercado abre sus puertas a los primeros compradores. Es un recinto rectangular de techo de calamina y ventanas de fierros verdes, habitado por vendedores de cuyes frescos, mujeres preparando jugos y viejos leyendo la hoja de coca.
Mi hermano y yo buscábamos a las jugueras; ellas estaban en fila, con mandiles celestes y guindas, licuando mangos, papayas y granadillas, con zumo de naranja y limón. El bullicio de la madrugada entre los vendedores nos llevó por un pasillo de abarrotes y maíz, terminamos sentándonos en un puestito de venta de café y mates con ricos sánguches de queso y huevo frito. La mujer que atendía hablaba quechua, rimanallan mamay, nos reímos un rato con ella y después fuimos a la feria de Túpac Amaru a averiguar precios de trenes y tickets para Machupicchu. Días después saldríamos para el valle.

***

La vida en el Cusco es cara, no cabe negarlo. Si uno tiene cara de gringo es más caro aún. Pero si uno es peruano y gringo a la vez, miras las diferencias. Yo soy así, una gringa peruana, mi hermano también. En lugares turísticos confundimos a la gente. Al final, todo sale bien.

Al mediodía comimos nuestros chichirimicos en el balcón de un restaurante en la calle Procuradores. Una recatafila de vendedoras de menús nos empujaban como sea a sus restaurantes. Habían vegetarianos a veinte soles, pitucos a treinta o más, la única que nos convenció era un menú de a diez en un restaurante con balcones que miraba a la calle. Era el menú más barato de toda la cuadra: un chupe de maíz, tallarines rojos y refresco, sentados bajo el sol serrano con límpido cielo azul. Desde allí se ve la Iglesia de la Compañía interrumpido por unos cables de electricidad que cruzan la calle desde los techos. Desde allí vimos cómo un lustrabotas atrapó a un gringo y le cobró veinte soles por pasarle el trapo a sus zapatillas recién bajadas de Machupicchu. Felizmente puso orden una mujer policía que le preguntó al gringo cuánto le habían cobrado. Le habían estafado, le dijo; la policía le pidió al canillita que le devuelva la plata.


***

Subir a Sacsayhuamán es trepar la calle más empinada del Cusco. Dos años atrás la coronamos en el carro de un amigo que llegó con las justas hasta la punta. Nosotros caminamos con una mochila y el paraplú de nuestra madre. En Arequipa estaba lloviendo en las tardes, alguien nos previno que en el Cusco estaba lloviendo más aún. “Lleven el paraplú”, insistió mi madre. Paraplú, sí, es una palabra francesa, significa paraguas. El bendito objeto terminó siendo un personaje durante nuestro viaje. 

Seguro en Machupicchu llovería, pero en el Cusco hacía más calor que en Arequipa. En la subida a Sacsayhuamán nos agarró la sofocación y la agitación por el sol y la altura. Llegamos agotados al bosque de eucaliptos, sin antes pasar por una caseta de control que quería cobrarnos la entrada al complejo arqueológico, costaba setenta soles.
Los bosques de eucaliptos son imponentes. En filas casi perfectas, los troncos de los árboles cubren del sol y protegen del viento. Desde allí se ve la ciudad del Cusco extenderse en todo un valle de cerros rojizos. Caminamos a los restos arqueológicos de Qenqo, una enorme roca con un altar dentro de una cueva. No tuvimos éxito, otro guardia nos detuvo. Nos pidió los tickets de ingreso. Los cusqueños suelen ir a ese complejo arqueológicos a jugar el fútbol, montar caballo y hacer picnic los domingos. Ellos tienen la entrada gratis con salida asegurada.
Pero qué le suceden a los peruanos como mi hermano y yo, de escasos recursos económicos, que también quieren ir a visitar el corazón de la cultura incaica. Nosotros caminamos a Sacsayhuamán con la ilusión de tocar las imponentes piedras de aquella fortaleza inca, de sentirnos pequeños al lado de aquella civilización que se perdió del mapa sin dejar rastro. La sensación es extraña porque eres testigo de una cultura que se perdió y hoy constituye nada más que un recuerdo melancólico y una forma de manipulación, también, por la clase política y las instituciones culturales de nuestro país.

-Su entrada, por favor –se acercó a nosotros un muchacho joven con tickets en la mano, antes de que ingresemos al complejo.
Nosotros estábamos dispuestos a pagar la entrada. La última vez costaba veintiocho soles. Pero siempre existe un sentimiento de querer ingresar libres, por ser peruanos, por formar parte de la cultura de nuestros ancestros.
-Cuesta setenta soles, señorita.
Ya habíamos estado varias veces en Sacsayhuamán.
-Somos peruanos, señor.
-Cuesta igual, señorita.
-¿El mismo precio para todos?
-Sí
-¿Y los cusqueños?
-Ellos entran gratis, es domingo.
-¿Y no hay entrada sólo para Sacsayhuamán?
-No señorita. Tiene que comprar o el parcial o el general.
Qué mala suerte. No teníamos suficiente plata en la billetera. ¿Si sacsayhuamán costaba tanto dinero, cuánto estaría Machu Picchu?
Descendimos la cuesta tristes por no tener acceso libre. Los gringos enseñaban sus tickets, los cusqueños jugaban al fútbol y nosotros sin poder entrar. Volvimos a la calle Ataúd con la ilusión de partir al día siguiente al Valle Sagrado y Machu Picchu. Estábamos con pena el bolsillo.




Susana Montesinos 
Leiden, enero de 2006

domingo, octubre 09, 2016

Mi primer viaje a mochila : el pueblo de las iglesias olvidadas



Era un pueblo pequeño, de unos veinte mil habitantes, a orillas de un lago. Llegué allí en una autobús atestado de gente que seguro vivía allí o iba a comerciar sus verduras o a visitar a algún familiar. El terminal terrestre estaba en la parte alta del pueblo, y desde allí, como en un mirador, se veía un océano azul perderse en su intimidad.

No recuerdo muy bien cómo era el centro. Caminé hacia allí con una mochila y el queso que me había comprado dos días antes en el mercado. En esa época trataba de ahorrar, de estirar el dinero lo máximo posible. Mi misión era quedarme varios días en Puno. Conocer bien la región, sin imaginar que terminaría visitándola con regularidad.

Juli era un pueblo del que jamás había escuchado hablar en los relatos de mi familia. Nosotros no teníamos ningún lazo con Puno, ninguna historia de haciendas expropiadas -como la tenían otras familias- durante la dictadura de Velasco Alvarado. Tampoco conocíamos a alguien que tuviera ascendientes allí. Ni siquiera Mamá Benita, que en sus narraciones extraordinarias, nunca mencionó el nombre de Juli.

-¿Juli? -se preguntó cuando le mencioné mi descubrimiento.
-Sí, Juli, Benita.

No, jamás había escuchado hablar de ese lugar.

Lo primero que me llamó la atención al caminar fue una iglesia impresionante de la época colonial, construida enteramente en granito. Estaba parada al lado de un terraplén. La iglesia tenía diez metros de altura, un campanario y una nave que podría ser del tamaño del Arca de Noé. Caminé un poco más. Una cuadra o dos, se levantaba otra iglesia que parecía una catedral. No era la única. Habían muchas iglesias más en ese pueblo de cien almas. Cuatro iglesias en cinco cuadras, una de ellas en ruinas, sostenida con vigas, que había sido destruida por un rayo en 1914, rodeada de un muro de piedra, y un arco que miraba al Titicaca.

Estas iglesias habían sido construidas por los Dominicos a principios del siglo dieciséis, concluídas por los Jesuítas en el diecisiete. Catequizaron la región a través del lenguaje y el arte, hoy parte de la Escuela de Pintura Cuzqueña. Eran cuatro iglesias. Una escuela para los Indios Nobles, y un convento. Juli es recordada como "La Roma de América".

Caminé hacia el lago por un camino entre cultivos de coca. Sus aguas eran transparentes, y mansas. Habían dos o tres embarcaciones meciéndose a la luz del atardecer. Me pregunté cómo viviría la gente de allí, qué comerían, qué pensarían de la vida. Seguí una trocha a lo largo de la orilla por varios metros, quizás dos kilómetros o más, tomé fotografías y saludé a los lugareños que trabajaban sus chacras, casi todas con cultivos de hoja de coca, papas y habas.

Me quería quedar allí a vivir. Me imaginaba alquilando una habitación para escribir las mejores historias jamás imaginadas. Las ranas gigantes que nunca vi. Las embarcaciones que navegaban sin horizonte. Los campesinos trabajando la tierra. Las mujeres aymaras con sus sombreros a lo Charles Chaplin. La lengua puquina que habitó esa región, y que después, sin dejar huella, desaparecería de la faz de la historia.


Juli era un pueblo ahora medio abandonado. ¿Las iglesias oficiaban misa? No vi ningún cura caminar por allí, ni monjas, ni sacristanes, ni siquiera un museo que describiera los años en la colonia. Entré a una tienda a comprarme unas galletas. La señora que atendía parecía estar aburrida mirando una telenovela pasada de moda. Me vendió unas galletas de naranja marca chomp que las degusté en el camino. En el centro del pueblo no había ningún alma que recordase aquella época histórica de Juli, "La Roma de América". Sí, ese es el apelativo de Juli. La Roma de América. Durante la colonia inspiró el arte de la Escuela de Pintura Cuzqueña.

Recuerdo que subí la cuesta hacia el terminal de autobuses. Allí tomé la combi que me llevaría de regreso a Puno. Quería volver, sí, y pronto.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)


domingo, octubre 02, 2016

Mi primer viaje a mochila: el germen, El Titicaca




El Titicaca, el Lago navegable más alto del mundo, quería ser partícipe de su grandeza, por eso tomé el bus hacia Puno, para poder tocarlo.

Al principio no tuve mucha suerte, imaginaba que podría verlo desde el autobús. No había tomado en cuenta los postes de alta tensión a lo largo de la carretera, el tráfico vehicular, los camiones con remolque y las lomas que interrumpían la vista hacia aquello que debiera ser el lago navegable más alto del mundo. Llegué a ver una lengüeta de agua entrar apaciblemente a una bahía atestada de plástico, lo que parecía un espejo de agua, pero del Titicaca propiamente dicho, nada.

A mi llegada a Puno solo un musgo verde que flotaba en su orilla. Tuve que caminar varias cuadras cerro arriba para lograr capturar una imagen con mi teleobjetivo. Subí al Mirador de Manco Cápac (sin Mama Ocllo) y me senté allí en una banca para contemplarlo. El lago era una media luna azul que colindaba con otras montañas. No era tan grande como solían describirlo, tenía un final en un horizonte cercano. Aquella era sólo una parte del Titicaca, un diez por ciento, nada más. El lago era mucho más extenso.

Aquella era sólo una parte 
del Titicaca, un diez por ciento, nada más. 
El lago era mucho más extenso.


Aquella primera noche regresé melancólica al hotel. Intenté cocinar avena en una hornilla eléctrica que había llevado en mi mochila. Para mi mala suerte, la avena se me quemó; terminé comprando un pedazo de queso en el mercado, y deambulando por las calles de Puno. Comparsas tocaban música en la Plaza Pino. Betuneros embadurnaban los zapatos de los transeúntes en la Plaza de Armas. La calle Lima era como túnel mal iluminado.


*


Al día siguiente desperté con la firme idea de ver el lago de más cerca. Caminé en dirección a una construcción en forma de barco clavada en la Isla Estévez, a un kilómetro de la ciudad. Era un hotel cinco estrellas al que me avergonzaba entrar, pues mi bolsillo no me daba ni para tomarme un café. Ese hotel era una atalaya desde el que se lograba divisar el horizonte perdido del Titicaca. Sí, era evidente, el lago era un océano azul que se extendía hacia el infinito. Me quedé allí contemplándolo absorta. El charco de agua dividía en una frontera a dos países.

No sé exactamente por qué, el Lago Titicaca nunca había sido parte de las historias en mi familia. Jamás había escuchado relatos de la boca de mi padre. Mama Benita, nuestra cocinera, que trabajaba con nosotros desde que tuve uso de razón, me contaba historias de sapos gigantes. Lo solía hacer cada vez que habían apagones, consecuencia de algún atentado terrorista. Encendíamos velas para alumbrarnos durante la noche. Mama Benita no podía evitar narrarnos la historia de su viaje al Titicaca.

Habían ido a la Isla de Amantaní, recordaba, en una lanchita que roncaba sobre el lago. Tardaron algo de un día y una noche (¿tanto?), pero al llegar a la isla, ellas estaban allí: "Era gigantes, mamita, del tamaño de un plato de sopa"; de color negro, otras verdes cachaco. "¡Mira las ranas!", le había dicho su papá. Ellos se quedaron idiotas al verlas allí. Por las noches se las escuchaba croar; eran como perros roncando. ¡Gigantes! "No nos podíamos bañar en la orilla", la gente decía no se los vayan a comer los sapos, por eso Benita nunca aprendió a nadar.

Aquella historia la mantuve guardada en mi memoria durante mi viaje al Titicaca. No sé si era verdad. La leyenda decía que sí, que en los abisales del lago habían sapos gigantes, una ciudad Inca y algas 'marinas'. El agua era tan fría que nadie, absolutamente nadie, nadaba en ella. Alguna vez vi en un documental de Nathional Geographic a unos buzos aventurarse a bucear. Buscaban los restos de una ciudad Inca. Nunca mencionaron los sapos o ranas gigantes.

Después de dos días deambulando por Puno; volví a subir al Mirador de Manco Cápac, el lago se veía espectacular desde allí, pero no es su real dimensión. Caminé algunas cuadras en dirección al terminal terrestre, y desde allí tomé el bus en dirección a Ilave, un pueblo a una hora en dirección noreste. Según mi mapa, Ilave estaba cerca de la orilla, así que con el afán de tocar sus aguas, me fui hacia allá.

Las mujeres parecían ser sacadas 
de alguna película de Charles Chaplin 
por los sombreros que llevaban


La combi era pequeña, habían varias mujeres en polleras, algunas desgranando choclos con sus uñas largas; no sé cuántas faldas llevaban pero abarcaban más espacio que sus propios cuerpos en los asientos del minibús, y un sombrero en copa que tocaba el techo del vehículo. Las mujeres parecían ser sacadas de alguna película de Charles Chaplin por los sombreros que llevaban; habían sido traídos por los ingleses en la época de la construcción del ferrocarril, y allí se quedaron adornando las cabezas de las mujeres aymaras, ¿por qué no los hombres? Ellos preferían sus gorras de béisbol.

Uno está hecho por la historia de sus padres, y de la gente que le rodeó. Mi padre siempre me decía que los aymaras eran gente tan terca como las mulas. "Tienen su carácter hijita, son salvajes". No sé por qué me lo decía, quizás era la historia repetida heredada de un grupo étnico que habitó el lago. Los Uros vivían como apátridas sobre sus islas flotantes, habrían de ser los rechazados por los Tiahuanacos y los Incas. Quién diría que uno crece escuchando esas ideas y que luego se dedique a viajar y a intentar entender el mundo andino desde un punto de vista andino, con ideas contrarias a los prejuicios de mi papá. Yo amaba a mi padre (y lo sigo amando), y quería encontrarlo a través de su patria, la mía también, y la única forma era viajando y leyendo su historia.

Allí me tenían viajando con ellas, las mujeres aymara, hacia el pueblo de Ilave, a orillas del lago.

Ilave es un pueblo en donde se dice está la frontera de los quechua y los aymara. Hace no muchos años hubieron allí revueltas entre sus pobladores, creo que el alcalde de la ciudad no era del gusto de la mayoría, y por eso -al no cumplir sus promesas- lo amenazaron con azotarlo o matarlo a pedradas.
No hace mucho, en mayo de este año, sucedió algo parecido en el pueblo de Juli, en donde azotaron al alcalde públicamente por incumplido.

No recuerdo mucho Ilave; me decepcionó no poder ver la orilla del lago. Recuerdo que me compré unos caramelos en una tienda de abarrotes, y que tomé el siguiente bus en dirección a Juli. No sabía qué esperar de Juli. Jamás había leído algo acerca de ese pueblo, ni de su gente, ni de sus tradiciones, ni de su historia, pero cuando llegué allí quise quedarme a vivir para siempre. Había cumplido mi objetivo: toqué el agua del Titicaca, y les prometo: no me saltó ninguna rana.

(continuará)

Susana Montesinos (2016)






martes, agosto 23, 2016

La invasión de las moscas



I

y de pronto el cielo se cubrió de nimboestratos esponjosos y grises, de aquellos que podrías tocar con los dedos, y salieron las moscas de los campos de cultivo, los jardines, el estiércol de vaca a invadir cocinas, patios, baños, lechos matrimoniales, cortinas, lámparas, cubrecamas, y heme aquí con un matamoscas lista para la lucha !

II

y ese mismo día, la batalla terminó: cuarenta y cinco moscas con las patas arriba sobre el piso naranja de la sala. La lucha había sido cruel, ellas intentaban escaparse del golpe, habían varias que tomaban la merienda, otras que volaban en círculos, algunas hacían el amor sobre los sofás, unas se dedicaban a rescatar a las otras, mientras que las más ávidas se hacían las muertas. Al final de la noche la casa era un matadero. y el matamoscas un baño de sangre.

lunes, diciembre 22, 2014

Amor y literatura - Lila Azam Zanganeh

Uno de mis descubrimientos este año es Lila Azam Zanganeh. Una mujer joven iraní que vivió en Francia, en Londres, y ahora en Nueva York. Es la nueva voz de las letras estadounidenses, quizás la nueva voz de las letras mundiales. Habla más de cinco idiomas, entre ellos el español, y escribe tanto en inglés como en francés. 

Tuve la oportunidad de compartir con ella un encuentro de jóvenes en el Nexus Instituut en Holanda, antes de su conferencia "Amor y literatura". El Nexus Instituut es una de las pocas instituciones en este país de tulipanes que se dedica a promocionar la cultura con letras grandes desde todas sus disciplinas. Tiene invitados de la talla del escritor y crítico literario George Steiner; del violinista Joshua Bell, heredero del Stradivarius de 1703, que le perteneció al violinista Huberman y, entre ellos, la iraní, Lila Azam Zanganeh.

Lila Azam Zanganeh (LAZ) es una apasionada por Vladimir Nabokov, el escritor de origen ruso, famoso por su novela Lolita. Ha escrito un libro llamado The Enchanter: Nabokov and Hapiness. Nunca he visto a nadie con una pasión tan ardiente por la literatura ni por Nabokov. La conferencia a la que tuve oportunidad de ir se titulaba "Amor y Literatura". El título de su conferencia era tan general que podía caer en la atracción pero también en la banalidad. Me inscribí por el simple hecho de asistir, pues no conocía a LAZ. El año anterior había visitado el Nexus Instituut para ver a Mario Vargas Llosa, el Premio Nóbel de Literatura 2010. Dio una conferencia titulada “The Future of Humanism”, la traducción al inglés de su libro ensayístico "La civilización del espectáculo". Lamentablemente, la conferencia de MVLL no gustó a la mayoría de la gente. Muchos de los jóvenes asistentes dijeron que su visión pesimista del futuro de las artes no tenía lógica. “He is too old”, indicaron.

La conferencia de LAZ, fue todo lo contrario. La iraní tiene un carisma que llevó al auditorio a sentir sus palpitaciones, amores, íntimidades, como si fuese una vieja amiga que le viene a hablar a uno como le gusta a uno. Elevó al público al nivel de la pasión. No utilizó ni papeles ni frases hechas. Citó a autores de la talla de Leon Tolstoi, Marguerite Yourcenar, con un conocimiento impresionante, como si los hubiese leído la noche anterior. Además, su estilo informal de llevar la conferencia, a la que se le llamaría de postmodernista, contraria a la solemnidad de la conferencia de Vargas Llosa en la que el público estaba prohibido de hacer preguntas, le dio una simpatía y acercamiento como ninguno.

Creo que hoy en día hace falta aquello que llamaría “el acercamiento del artista con su público”. Creo que la informalidad de LAZ permitió al auditorio sentirse partícipe del proceso de creación, a aquello que llamamos cultura como arte, término de por sí difícil de delimitar. Hace falta ese tipo de iniciativas en el mundo de hoy, en el que se acostumbra a ver al creador como un ‘dios’ intelectual, intocable, impalpable, inasequible, difícil de acceder. Hace falta acercar el receptor al creador, no sólo al mensaje. Creo que esa sería una de las principales tareas de quienes se dedican al arte de escribir, pintar, moldear, fotografiar. Hacer que el público se involucre con sus ideas, que se sienta un creador dentro de la misma obra de arte

Su  conferencia versó sobre cómo la literatura es el primer amor del ser humano. Nosotros somos narradores de historias por naturaleza, a pesar de vivir en la era audiovisual en la que se especula la desaparición de los libros y los periódicos en papel. Nunca jamás, por más de que ciertos conocidos míos digan que “la gente no lee”, desaparecerá nuestra capacidad narrativa, aún menos la creatividad. Siempre querremos contar historias del día a día, nuestro vademecum, nuestros viajes, las anécdotas del día a día, las historias de familias, los desgraciados, los chismes de la ciudad, aquellos relatos que le dan vida a la vida misma, y que la hace más interesante y rica, además. Sin aquellos relatos, la vida no tendría sentido, entraría en el absoluto aburrimiento. No tendríamos ni sal ni pimienta. Ningún sentido.

Ver a Azam, además de lo asequible que es, ha sido lo mejor de este 2014. Leyó párrafos de First Love de Turgeniev. E hizo hincapié: La belleza del lenguaje es capaz de hechizarnos. Un extraordinario encuentro que me dio luces, y sobre todo esperanza. La esperanza de que el mundo tiene posibilidades gracias a la literatura. La literatura como objetivo, fin, cariño, amor, pasión, para olvidar las guerras y llevar a un mundo más llevadero en estos tiempos del internet, facebook, envidias, peleas, agendas recargadas, sin tiempo. 

La filósofa alemana Ariadne von Schirach, otra invitada del Nexus Intituut, dijo: "Books are agents of empathy. Books are perpetuators of human nature". Es cierto, suena idealista. LAZ supo cómo ganarme y convencerme de que hay esperanza en el mundo que me rodea, y que el cambio (o la continuidad) está en cada uno de nosotros. Nosotros somos los agentes para que la cultura o la literatura no desaparezca. Para que ni Dostoievsky, ni Camus, ni Flaubert queden en el olvido. Sólo nos queda creer y transmitirla de generación en generación. 

Aquí les dejo una entrevista realizada a la autora por la Revista de Letras. 
http://revistadeletras.net/lila-azam-zanganeh-escribir-el-encantador-ha-sido-como-bailar-un-tango-con-nabokov/

lunes, octubre 13, 2014

Rumiar pensamientos



Aquí volvemos con el diario después de algunos días en la nada. La nada, nada. Viajé al norte a visitar a mi madre, luego llegó mi hermano. Me costó muchísimo concentrarme en los entretantos, encontrar la paz para escribir sin parar, revisar la novela y además pensar en cómo mantener mi motivación sostenida por un instante. Hago lo mejor y lo posible. Doy todo de mí, aunque –con esa naturaleza crítica que tengo- sé que puedo dar más.

Hoy me levanté directo al ático de mi casa a corregir. Se me ocurrió seguir una dieta de verduras y sopas. No para bajar de peso, pero por pura limpieza del organismo. En fin. No hace nada mal. Dentro de esa a-litariedad me metí en lo literario y trabajé sin descanso en la corrección de mis textos.

No puedo evitar pensar y pensar, recordar y recordar. El silencio, la soledad que me da vivir en este lugar a veces me corrompe y me hace verme demasiado adentro. Mala justiciera, fanática y banal.

Escribir. Me cuenta mucho creer en lo que hago. Regresé del Perú con todas la creencia puesta y después de unos días entro en una rutina que me hace rumiar pensamientos, como diría Camus, olvidarme de mi foco. Mi meta.


Aún lo que es peor, no es olvidarla, la meta, sino más bien dejar de creer en ella. Es mi naturaleza. Hay que mantener el estado de ánimo y darle al teclado. Y tocar puertas cuando el texto esté listo. Los pendientes no me dejan avanzar.


lunes, octubre 06, 2014

Aquí y allá




Estar en un lugar y no querer estar allí es un sentimiento descentrado; cuando una persona pisa una tierra y quiere estar en otra ¿qué siente? ¿añoranza o aburrimiento?
Les pasa a los inmigrantes que aunque voluntariamente están aquí, emocionalmente están al otro lado, a los refugiados que tuvieron que escapar de su patria y hacerse en otro país porque tiene futuro; a los mendigos que preferirían verse en la limousine que suelen ver todos los días pasar por la avenida, a los tiranos que prefierían estar jugando a la ruleta rusa.
Hay muchos personajes en este mundo que no quieren estar aquí sino allá. Las mujeres que miran las telenovelas en sus casas; los encorbatados que van todos los días al trabajo a sentarse detrás de una computadora; los hombres viejos que echan de menos tiempos pasados; a los que se mueren de aburrimiento por la vida que tienen. "Ay qué aburrimiento"
La vida es aburrimiento para muchos. Lo veo a diario. Una rutina que el común de los mortales o está acostumbrado a vivirla siempre igual, en 'sana' monotonía, o que le desespera hasta la médula espinal: no está en su sangre vivir sentado como un maestro zen en un sólo lugar, le gustaría en sueños vivir aventuras a lo Marco Polo o a lo Alexander von Humboldt, andar caminos por remotos desiertos, vivir experiencias como los corsarios.
Es contradictoria esta idea del no-querer-estar.
Hablo del espacio, del lugar, de lo geográfico; no del tiempo, de los cronómetros o los relojes. Del espacio como físico, de aquello que en los Andes llamamos la Pachamama o que en África, ardhi o en Europa, mi país; sí, todo depende de cómo lo mires y de cómo lo tomes.
Estar aquí y no allá tiene sus conjeturas. A veces me siento en mi computadora a escribir unas líneas y a pesar de que me encanta mi trabajo, no quiero estar aquí, pues preferiría estar allá a cinco mil metros de altura sufriendo en la bicicleta, o tomándome un helado en El Sahara. Sin embargo, amo escribir. 
Pero dejémonos de ideas y frases repetitivas. A qué voy con esto, a esa idea de insatisfacción total que suele tener el ser humano, sobre todo en días como estos en los que tenemos todo al alcance de la mano, si uno tiene dinero, claro está, puede hacer lo que se le da la gana, y si no lo tiene, también; con la tarjetita de crédito alcanzamos el sueño de la casa propia, el coche del año, el televisor de "x" pulgadas, la nueva refrigeradora, la nueva lavadora, ni qué decir del ipod y los androids, esclavizantes. Estar aquí hoy en día implca estar en todos lados, excepto aquí, buscando satisfacer deseos temporales que después de seis semanas de uso del nuevo telefonito, ya me aburrí, a comprarme algo nuevo. Prikkelen le llaman en la lengua de mi madre, aquella holandesa que llegó a tierras peruanas en los setenta. Prikkelen que significa pinchar la atención. ¡Lo que hace internet! A no estar satisfechos con nuestras vidas. Decirnos allá en lugar de aquí. Estamos aquí pero soñamos con cruceros transatlánticos, seguimos vidas privadas en facebook, envidiamos las fotos de las vacaciones de nuestro vecino, hasta miramos pornos, juegos, triple xxx, o, lo que es mejor, un chat con el amigo de afuera a veinte mil kilómetros.
Aquí y allá, ese concepto.
Seguimos dándole a la vida, andando como transeúntes, deseando más cosas de las que deseábamos antes. ¿Por qué entonces gente con deficit de atención temporal, por qué entonces niños que miran la televisión y a la vez juegan su nintendo, por qué entonces tanto psiquiatra y psicólogo suelto, casi a domicilio? Nunca tuvimos tanta libertad y sin embargo tendemos a parecernos cada vez más y más entre nosotros. Nos gusta parecernos al vecino.  
Hemos llegado a la civilización del espectáculo, a la barbarie, a la masacre de los sentidos. Qué fácil es hoy en día estar aquí, allá y más allá. Qué difícil es escoger un lugar, incluso un plato en un menú de un restaurante. 
Aquí y allá, no lo sé. Me gustaría estar aquí y allá a la vez, un pie en mi patria otro aquí, difícil elección. Allá está la aventura, un país por descubrirse y hacerse; aquí está lo hecho ¿cómo ponernos de acuerdo? Un amigo me dice que la familia es lo que enraiza. Sí, pero si la familia son los amigos dispersos por todas partes, entonces, ¿qué? Otra persona me dice que es el síndrome de la inmigración. Le respondo que es cierto; sí, me gusta ser una voyeur del resto. Y los más serios me mandan al psicólogo para arreglar mis problemas.
No sé qué es más cabal, aquí o allá, sólo que cuando estoy allá pienso menos en el aquí (y prefiero el ají), aunque sé que allá tenga menos acceso al aquí. La insatisfaccón total, el aburrimiento, la dificultad de estar en un lugar es el síndrome del no-lugar, de los apátridas sin dueños.  


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viernes, octubre 03, 2014

La pasión de San Mateo según René Jacobs



Uno de mis últimos descubrimientos, digo del último año, es la Pasión de San Mateo de Johan Sebastian Bach. ¿Qué quiero decir con eso? Es la Pasión de Cristo en su camino al Calvario relatada por San Mateo en la Biblia. No soy del todo creyente. Hace mucho que dejé aquellas inclinaciones eclesiásticas, sin embargo, tengo un familiar que tocó en la sinfónica del Perú y que es descreído, que admira por sobre todas las cosas esta obra de arte. La interpretación por Rene Jacobs es excepcional, de las mejores. Es sobre la muerte de Jesús, pero también sobre nuestra propia muerte y el cómo llegamos a ella. Ahora, en este preciso momento, estoy escuchándola mientras escribo-describo varias escenas de una vida. 

jueves, octubre 02, 2014

El ordenador, la cafetera y Edgar Allan Poe


"...las víctimas de su tiranía no tenían alternativa 
que la muerte con sus más crueles agonías físicas, 
o la muerte con sus más abominables torturas morales" 


Hoy es un día en el que todo funciona bien. El ordenador, la cafetera, la música de fondo. Me senté por la mañana a escribir y continúo aquí en mi pequeño ático escuchando el murmullo de la noche en la ciudad. 

El texto que estoy escribiendo me ha llevado a navegar por la memoria de internet y sin querer me llevó a buscar a Edgar Allan Poe. El pozo y el péndulo. Lo leí de una sentada. Me lo habían enviado a leer en el colegio y en aquel tiempo ese autor no me interesaba nada, era una adolescente que se quedaba horas leyendo a los del boom y no le paraba bola ni a Poe ni a Maupassant ni a Chejov. 

Hoy volví  a redescubrirlo. Un prisionero de la Inquisición que es condenado a muerte vive la angustia de su muerte, un vaivén de sensaciones que es perfectamente descrita con el movimiento constante del péndulo y la profundidad del pozo. Extraordinaria metáfora que me ha dejado pegada a la pantalla, buscando definiciones, sinónimos, alternativas, la magia del internet. 

También he logrado hoy volver a meterme en mi novela, aquellos personajes de doble moral, la ancianita que se debate frente al cucú y el tipo que le enseña un revólver a un chiquillo de trece años que no es su hijo. Escenas de una vida no tan cotidiana.

Y en las noticias encontré una nada alentadora para el Perú. Diego García Sayán, representante de Perú ante la OEA, renunció a ser candidato para presidente de la Organización de Estados Americanos. Según los medios, no obtuvo el apoyo de la Cancillería peruana, que de haberlo aprobado, hubiera causado estragos en el Ejecutivo. ¿Intereses políticos? 

Aquí les dejo un apunte de Poe de "El pozo y el péndulo": 


jueves, octubre 17, 2013

Esta historia no se acaba nunca

Llevo varias semanas leyendo París no se acaba nunca de Enrique Vila-Matas. Me lo compré en París en una librería de libros en español de la Place Saint-Michel, en la que un señor entrado en años me pidió que lo ayudase a buscar a Pablo Neruda. Era un señor muy buena gente que me preguntó si hablaba español y en medio de esa labor detectivesca, nunca encontré a Neruda, pero sí al catalán.

El libro se titulaba París no se acaba nunca y minutos antes de encontrármelo en las estanterías, mientras paseaba por las calles de barrio latino pensando que sin duda París era una ciudad inacabable, encontré el título de un libro que alguna vez había pensado escribir (a mi estilo,claro).

Y claro, a pesar de no llevar mucho dinero en el bolsillo, me lo compré con todos mis centavos.

Y tardé cuatro semanas en leer el libro.

El lector seguro se preguntará ahora por qué habré tardado tanto en leerlo. Quizás porque es de esos libros que uno no quiere dejar nunca -y no se acaban nunca- y que contienen un delicioso sentido del humor y varias anécdotas de la vida de Hemingway, Marguerite Duras, entre otros autores, y además las experiencias del aspirante a escritor -Vila Matas- que cuenta cómo se fue a París a escribir su primera novela en los años setenta en una buhardilla de Marguerite Duras. Y fue pobre y no fue feliz, contrario a Hemingway.

¿Y por qué hablo ahora de ello? Porque nunca supe definir a ciencia cierta qué era la ironía, y sin saber aún cómo describirla, un día sentada en el andén de una estación de ferrocarriles holandesa, escribí este texto en la última página del libro. No me gusta que los textos se me escapen, por eso lo publico ahora, y por eso también lo escribí en la última página del libro. 

"La ironía nace sobre todo cuando uno está en un estado de hastío, en el que no le importa nada de nada, ni siquiera un helado o un paseo por el bosque o un viaje a París en tren, y la vida le parece tan gris como esta tarde de lluvia en Holanda, gris gris gris, como el cielo panza de burro de Lima. Y entonces uno se da cuenta de que necesita de una medicina que relativice las cosas, de aquello que le dé buena cara para enfrentar el resto de los días. A veces hay que llamar a la ironía, es la única manera de hacer sonreír a la tristeza. Caricaturizar las cosas, caricaturizar la vida, nada más delicioso que eso".

No es que ande triste, no señores. Sólo transcribo ese pensamiento que apunté en medio de una tormenta en la última página de un libro de Vila-Matas. 

Y no quiero que París se acabe nunca, porque para mí París no es sólo una ciudad, sino también un mito, y eso me mueve a seguir escribiendo página a página todos los días aunque me salga a medias y tarde más de cuatro semanas.

sábado, octubre 05, 2013

Mi buhardilla roermondina



A RAÍZ DE mi último post muchas personas me han preguntado qué es una buhardilla. Yo les respondo directo, les digo que es un ático en una casa antigua europea, traída a la fama por varios escritores franceses, norteamericanos y latinoamericanos del siglo XX. Claro, todo aspirante a escritor, incluido Vargas Llosa en sus tiempos juveniles, quería llegar a París a vivir en una buhardilla, en esos espacios pequeños con el techo inclinado en un último piso. Pero debo admitir que así como varios escritores soñaron con vivir en una buhardilla, entre ellos Vila Matas, el escritor catalán, como Hemingway en París, yo nunca imaginé 'tener' una buhardilla. Y sin embargo, la vida es así, te la da de pronto, y sin querer terminé 'escribiendo' aquí.  

Todo empezó cuando me mudé después de varios años a una ciudad al sur del país. Vivía en una habitación tamaño caja de zapatos de la ciudad de Leiden, al norte de Holanda, estudiando un curso de literatura, y una tarde de primavera decidí empacar mis cosas y cambiarme a otra ciudad más pequeña y a lo mejor menos enigmática. Llegué aquí con el propósito de ver cómo me iba. Sin querer aterricé en un pequeño departamento antiguo del centro de la ciudad, en un edificio, que de por sí, podría estar infestado de ratones, pero no es así. 

Cuando llegué aquí disfruté de la luz que tenía el apartamento y la persona con la que vine a compartir el piso me dijo que había una puerta secreta. ¿Una puerta secreta?, le pregunté. No lo podía creer.

La casa tenía una cocina, un pasadizo pequeño, dos dormitorios y una sala amplia que daba a la calle y que tenía algo que es muy valorado aquí, ventanas grandes. Y en medio de todo eso, esa puerta misteriosa por la que muchos de mis invitados se terminarían perdiendo en busca del baño, la puerta al ático de la casa. 

Debo decir que el ático de esta casa es tan grande como el departamento, pero es tan vieja que cruje por todos lados. Cada persona que me viene a visitar me pregunta ¿y los ratones? Otra amiga que se quedó a dormir una noche dijo ¡aquí hay fantasmas! Tiene tres ambientes, uno es nuestro taller de bicicletas (unas diez, incluida una tandem), otro es el tendedero y la despensa, y el tercero es mi buhardilla. Sí, así como le llamo, mi buhardilla / estudio / ático con una alfombra de paja, una cama y dos estantes pequeños de libros, míos claro, los otros están en la sala. 

La primera vez que la vi dije este es el lugar ideal para escribir, pero estaba tan, pero tan desordenado. Era un muladar de cosas, entre ellas objetos como raquetas de tenis, zapatillas, patines de hielo, ropa y muchas cajas con papeles y guías de bicicletas, y muebles viejos empolvados en una esquina. Así que me decidí a ordenarlo y darle mi propia tinta. 

Pero así como en la vida todo puede ser idealizado, la buhardilla tiene un problema, por lo menos la mía, no sé cómo habrían de ser las otras, las de Hemingway, Vila-Matas, Vargas Llosa. En la mía hace un frío polar en los inviernos, que te congela hasta la médula y la punta de los dedos. No tiene calefacción, así que el mejor momento para escribir es en primavera y en verano, cuando entra el sol por las mañanas por una pequeña ventana que me calienta delicioso. 

De día es un lugar ideal para escribir, y de noche el silencio es tan lapidario que uno puede terminar metido en sus ficciones fantasmales y alucinar personajes del ciberespacio. 

Esta es la misteriosa buhardilla, de la que hablé en mi último post. Espero que tengan ahora una mejor idea de ella, esa señorita mía en la que escribo cuando hace buen clima y que está un poco carcomida por el tiempo, mi buhardilla roermondina.


domingo, agosto 25, 2013

Día domingo (diarios)

Este domingo está un poco lluvioso en mi ciudad. Desde la ventana de mi dormitorio escucho el tintineo de las gotas de agua caer sobre los techos de las casas. Decido tomarme el día con calma y no sentirme obligada a montar bicicleta (mi hobby más sano) o a escribir la historia que estoy escribiendo (disciplinada), sino simplemente a limpiar la casa, prepararme un desayuno rico en proteínas y tomar el tren más tarde a Amsterdam. 

Hoy es domingo y me lo tomo con calma porque además está lloviendo y entro como siempre a la web del diario El País y leo las noticias -que esta vez siguen con los dramas de Siria y Egipto-. Me encuentro con un texto del Piedra de Toque de Vargas Llosa sobre el narcotráfico en latinoamérica, y otro del Praga de Kafka, un especial de Babelia y otro sobre el club de los libros interminables. 

Y pienso en toda la gente que como yo tiene un día domingo y hace las cosas que más les gusta o aprovecha para visitar a los amigos o a los parientes. O en hacerse un masaje. 

Pero este domingo tengo un pendiente, un libro de Haruki Murakami de setecientas páginas de ancho y que empecé a leer hace tres semanas y se llama "Kafka en la orilla". El libro en sí no es malo, pero estos últimos días me ha llevado a experimentar el aburrimiento y a preguntarme a mí misma "¿por qué leo este libro?". De tan pesado y largo y con una prosa limpia que me hunde en el marasmo he tenido que leer otras cosas al lado de "Kafka en la orilla" para sentirme con vida, como por ejemplo, El Adversario de Emmanuele Carrere o El novelista ingenuo y sentimental de Orhan Pamuk, extraordinarios textos. 

Yo siempre he tenido la creencia de que abandonar un libro a la mitad es 'casi' de mala suerte. ¿Y por qué? Porque a lo largo de mis años de estudio siempre escuché decir esto a la gente, a los críticos literarios, los periodistas, los literatos siempre me preguntaban con cara de inteligentes, entre sarcásticos y sabelotodos: ¿Que? ¿no has terminado el Ulises? ¿La Ilíada? ¿La Odisea? Recuerdo que alguna vez empecé a leerlos hace miles de años y que nunca pasé de las primeras páginas. Y este deber de me opaca.   

Pero volviendo al tema de los domingos. Este domingo he decidido terminar de leer a Murakami, sin embargo, -ese maldito sin embargo que siempre aparece en mi vocabulario- ahora que viajo en el tren a Amsterdam veo que lo he olvidado y que por eso escribo este pequeño texto para Pierdo Países, mi blog medio abandonado, y me pregunto mientras miro los campos de cultivo holandés por la ventanilla del tren: explanadas verdes y planas rodeadas de canales de agua y adornadas con vacas que se rascan la panza, si hay otras personas que como yo los días domingo se lo pasan leyendo un buen texto o intentando hacerlo sin ganas o visitando parientes o relajándose con un masaje. Yo me doy cuenta que peco de olvidadiza y que tengo otro pendiente para esta semana por culpa de este lluvioso día domingo. 

martes, agosto 13, 2013

Un viaje a la selva (mal-imaginado)

Nunca supimos a ciencia cierta qué fue lo que nos llevó allí esa mañana, a treparnos a ese destartalado camión con tolva blanca llamada El viajero. Nunca entendimos qué nos empujó a hacer esa ruta que nos tomó una infinidad de horas, días y semanas. Estábamos en un pueblo llamado Huancabamba, en la sierra norte del Perú, a unos dos mil metros de altura, y terminamos al otro lado.

Aquí la historia.


UNA NOCHE ANTES de la partida cenábamos en un restaurante llamado Jaimitos a un lado de la plaza rectangular del pueblo de Huancabamba. Era de noche, afuera las estrellas brillaban en el firmamento y en la calle algunos borrachitos jugaban con su pelota un fútbol premeditado. Adentro, en Jaimitos, una canción de Agua Marina tocaba una cumbia eterna que daba vueltas en un disco. Nosotros estábamos concentrados en nuestro mapa incompleto del Perú.

-¿Qué vamos a hacer mañana?-, me preguntó mi hermano mientras comíamos un pollo saltado. El menú del día, por supuesto. Era de los pocos restaurantes del lugar.

-No quiero regresar a Piura otra vez, -le dije-.¿Por qué no a la selva? -Días antes habíamos explorado las famosas lagunas Huaringas con un gringo despistado que se quedó dormido encima de su mula, y ahora habíamos vuelto al punto de partida.

El mapa indicaba que desde Huancabamba se podía ir a oriente por una carretera poco clara. Daniel, mi hermano, alzó la mano, silbó para llamar a la chica que atendía.
  
-¿Sabe usted si hay carretera a la selva desde aquí?-,  La señorita se acercó tímida a nuestra mesa, era una gordita en jeans con un polo rosado apretado. Tenía los cabellos castaños, los ojos verdes.
-La única que conozco es para Jaén, -dijo tragándose las palabras un poco secona-. ¿Quieren comer algo más?.

¿Jaén? Sonaba atractiva la idea de ir hasta allá. ¿Dónde quedaba? ¿Al otro lado de la cordillera? ¿Al lado derecho de Huancabamba, de acuerdo al mapa? Mi hermano dejó un poco de arroz en el plato, yo tampoco terminé de comer.

-Sí, sí, -dijo la señorita-, ¿quieren algo más?
-No, gracias señorita -la chica retiró los platos de la mesa. Mi hermano y yo: “La cuenta, por favor”.


En el mapa, del lado de Huancabamba, los trazos eran grises, del color de las montañas, mientras que alrededor de Jaén a unos cien kilómetros, calculando con el dedo, era un mar verde selvático. Sin embargo, había un pequeño problema, de Huancabamba a Jaén, la ruta amarilla se interrumpía en un pueblo llamado Tabaconas. Después no había indicios de camino.

Después de pagar, salimos del restaurante. Mi hermano se encendió un cigarrillo en la puerta de Jaimitos. Los borrachines desdentados se sentaron en la acera, dejaron de patear la pelota hacía rato, reían de la nada. Nos saludaron medio deformes, con palabras medio muertas, uno de ellos con la botella en la mano. Aguardiente. ¡Hey!

-¿Jefecito, es posible ir a Jaén desde aquí?-, le preguntamos a un policía.
-Pregúntele a mi colega –dijo serio sin querernos ayudar. Al parecer no sabía nada sobre la ruta.

Esperamos al colega más de quince minutos. Afuera del puesto policial dormitaba un perro negro, inconsciente.

-¿Hay camino a Jaén desde aquí, señor? –el colega apareció dos minutos después sonriente.

Su oficina era un cubículo diminuto pintado de un verde claro con la insignia de la policía nacional y dos escritorios con máquinas de escribir remington.

-Sí, claro -nos dijo alegre-. En el mercado hay camiones que salen tempranito.

PiErDo PAísEs

Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía