viernes, febrero 11, 2011
El culto a los muertos
lunes, enero 11, 2010
sábado, junio 21, 2008
Maraptis !!

martes, abril 22, 2008
Sen Yqui
Desde enero estoy ocupada con el análisis de El Padre Nuestro. Difícil. Porque hay palabras que salen de mi lógica. He llegado al punto de casi sabermelo de memoria. Como le dije recientemente a un amigo : "creo que voy a terminar rezando en pukina". Y como se trata de un tesoro, lo publico y lo envío.
“Padre nuestro” en Pukina
Señ Yqui
hanigo pacas cunana afcheno
po mana upallifuhanta:
po capaca aschano feñ guta huachunta
po hatano callacafo hanta,
quiguri hanigopa cafna ehe cahu cohuacafna hamp:
Kaa gamenque ehehefuma.
Señ guta camen señ tanta,
señ hochaghe pampache fumao,
quiguiri feñ feñ guta huchachasqueno gata
pampachanganch cagu.
Ama ehe acrosuma huchaguta feñ hotonouá enahata entonana quefpina fumao.
Amen
Lo más interesante de ver en este texto es cómo los espanyoles le ensenyaron a los nativos la palabra "cielo" y "santo". En pukina "cielo" es: "hanigo pakas", que traducido al espanyol significa "el mundo de arriba". Y la palabra "santificar" del "santificado sea tu nombre" es: "upallisuhanta". Sin afán de ofender a nadie, "upalli" es un préstamos del quechua al pukina", proviene de "opa" = tonto o bobo. Entonces, si traducimos esta palabra literalmente hallamos que la forma que tuvieron los espanyoles de expresar la palabra "santificar" era por medio de su traducción a "tonto o bobo", es decir, que buscaron la manera de decirlo a través de una performance de los nativos frente al nombre de Dios. Si escuchas el nombre de dios tienes que portarte como si estuvieras "atontado" o "embobado". Una forma estratégica de adoctrinar. Qué les parece?? A través de la traducción de ciertos textos antiguos uno puede ver también las formas de comportamiento y estrategia de la época. Interesante manera de acercarse al mundo andino.
jueves, febrero 21, 2008
Muy-laque


"Pueblo hermoso", me diría el gringo Matt. "Eso es lo que dicen los muylaqueños cuando se les pregunta acerca del origen toponímico de su pueblo". Me dice después: "Difícil empresa".
"Pueblo hermoso" es lo que muchos lugareños podrían decir acerca de sus pueblos: Sijuaya, Cacawara, Calacoa, como una forma de escape, una válvula, ante el desconocimiento de términos antiguos que se utilizan mucho en la vida cotidiana. Pero siempre hay alguien que te dice algo cuerdo: "No lo sé".
Muchas veces nuestros nombres (que equivalen a etiquetas) provienen de idiomas desconocidos. En este caso se trata de un pueblo metido entre las montañas en el departamento de Moquegua. Allí se habló alguna vez El Pukina, idioma hoy extinto, de la que se sabe poco. Las cartas geográficas, los archivos parroquiales y los lugareños siempre llamaron Muylaque al lugar, lo que lleva a pensar que evidentemente es un nombre antiguo.

¿Muylaque? ¿Qué puede significar ése nombre? ¿Acaso no es "un lugar bonito"? Los antiguos se guiaron de la geografía para nombrar los lugares con los dedos. "El lugar a la orilla del mar" o "el pueblo de la llanura" o "la pampa del cerro". Por ejemplo, aquí en mi ciudad hay un famoso volcán llamado "El misti". El Misti no tiene nada que ver con su nombre original. Más bien, cuentan los mitos que el Misti tenía otro nombre: el Machu Putina. Machu Putina significa "el viejo volcán", mientras que El Misti, "El blanco". Pero los nativos le quitaron el nombre original por castigo, por haber erupcionado. Cuando llegaron los españoles preguntaban a los nativos el nombre del cerro: ¿el misti? ¿el blanco? Como el volcán siempre tuvo nieve le llamaron así "El Misti".

No es fácil designar el nombre a un lugar o lugares y creer en su significado. Muylaque, ¿qué podría ser? Según los estudios hechos por W.F.H. Adelaar "-laque" significa "lugar", pero ¿muy? ¿qué significado tendría? Uno tiene que trasladarse, subirse a un bus con tubo de escape dentro del vehículo y soplarse el monóxido a cinco mil metros de altura para poder analizar lo que la geografía podría indicar con respecto al nombre del lugar. Lo primero que pensé: "muy" = "lugar escondido", pues, como bien se puede apreciar en la foto, Muylaque está metida entre montañas. Me recuerda a Pacaipampa. Pacay en quechua significa "escondido" y Pampa, "llanura". Hay quienes dicen que Pacaipampa es el lugar de la fruta pacae, pero no es así, porque en ninguna parte del distrito crece un solo pacae. El lugar está metido entre montañas, al igual que Muy-laque, protegida por una muralla de cerros que le otorgan un clima apto para cultivar la fruta: tunas, manzanas, peras, paltas. Y no es para menos.
La toponimia es siempre una incógnita cuando se trata de lenguas desconocidas, ya desaparecidas, porque "Muy" también podría ser el nombre de una fruta, por ejemplo, pero esa hipótesis es mucho más difícil de sustentar ya que nadie en ese poblado llama a la fruta "muy". Aunque en la costa tengamos un animalito llamado: "muy - muy".Nombres de lugares, nombres de ciudades. ¿Acaso no existió alguna vez un catálogo toponímico que explique los apelativos de cada lugar? Nosotros tendemos a señalar con el dedo y las palmas de las manos. Nos gusta etiquetar. Decir que sabemos. Hay numerosos sitios en el mapa cuyos nombres son indescifrables. Hay mucho por recorrer todavía, muchos lugares por caminar y estudiar. Yo me quedo con la hipótesis del Muylaque = "lugar escondido". Un pedazo de tierra hundido en el monte.
viernes, diciembre 07, 2007
Pukina

(En Pukina)
miércoles, agosto 29, 2007
El vuelo del águila
Hoy me encontré con Willem Adelaar, un profesor de la Universidad de Leiden, un verdadero maestro. Lo conocí hace un par de años cuando llegué a la Facultad de Estudios Latinoamericanos. Fue el día de la introducción, cuando yo curiosa por saber quién era el profesor dedicado a los Andes, me acerqué a Adelaar y le pregunté: "¿es usted el profesor de historia de los Andes?". Adelaar me miró con los ojos grandes. Me hizo un gesto con la cabeza como diciéndome "sí" y se puso a conversar con otra gente. Es un hombre de estatura mediana (para ser holandés) y con ojos azules. Yo pensé que iba a alegrarse al escuchar a alguien interesado en los Andes, pero su timidez no demostró mucho entusiasmo. Yo pensé: "otro día lo conoceré". Y me fui.
Adelaar dividió su clase en dos. Primero de la maestría: dos alumnas de países contrarios puedo decir: por un lado yo con mi bandera peruana, y por el otro Paloma mi compañera, con su bandera española. Dos puntos de vista distintos: el conquistador y el conquistado. Y segundo, los alumnos del bachillerato, a quienes no vi nunca más porque llevaban clases en otro horario.

Puedo decir que las mejores clases que tuve en mi maestría fueron las de Historia de los Andes (también las de Seminario de literatura y Teoría literaria, qué pasada), pero con el profesor Adelaar experimenté, primero, una sensación de extrañamiento (como cuando se llega a territorio desconocido) y, segundo, aquello que llamamos “la pasión por la tierra”. Sus clases fueron clases espontáneas, armadas en base a preguntas y respuestas. Preguntas precisas y respuestas largas. Pero voy a ser sincera. Cuando llevé clases con Adelaar yo no sabía quién era Adelaar.
2
Adelaar llegaba a las clases con una maleta llena de documentos, siempre. Parecía un viajero dispuesto a irse a cualquier parte, listo para partir. La primera vez que entré a su oficina quedé sorprendida. Olía a documentos, a libros, a páginas leídas. Una biblioteca ocupaba toda una pared del recinto. Un mapa de Perú, bastante detallado, otra pared. Su computadora y su escritorio miraban hacia una ventana desde donde se contempla toda la Universidad de Leiden.
Aquella primera cita estudiante-profesor, Adelaar empezó a hablar con pasión acerca de todos sus viajes por la sierra del Perú. Parecía que no hablaba mucho (no encontraba con quién, seguro) sobre su experiencia. Me señalaba con el dedo los pueblos andinos por los que pasó en su juventud en busca de lenguas extintas. Unos viajes por el departamento de Moquegua detrás del Puquina y otras por Cajamarca y La Libertad, del Culle y el Cholón.
Una de las historias que más conservo de Adelaar es la del Marañón. Adelaar fue en busca de hablantes del Culle, un idioma andino hablado hasta el siglo XIX en el Perú, por cierta región cerca al Marañón, al sur de Cajamarca. Para encontrar algún hablante el profesor tuvo que subir la cordillera, luego bajar al Marañón, cruzar el río, y después subir otra cordillera y seguir caminando. “Allá las distancias no son las mismas que acá”, me decía y reía: “Uno tarda horas en llegar de un pueblo a otro”. El cariño con que contaba sus relatos era de una riqueza singular: adelaar parecía revivir el pasado, caminar con la imaginación los viejos senderos, recordar las caras, vivencias, buses, paisajes, aquella intuición y amor que lo llevó a estudiar los idiomas de los Andes.

Las clases con el profesor Adelaar son clases de un feedback absoluto. Esa timidez de mis primeros encuentros con este profesor, se desvaneció para dar paso a la pasión por los Andes, que fluía por las venas de este profesor. Era como verlo salir del cascarón de la timidez: como un renacimiento, como encontrar a un ser apasionado escondido entre el montón, como hallar la piedra filosofal a tantos años de “geniecillos dominicales”. Con Adelaar (un holandés, recalco) volví a las raíces de la historia de mi país y conocí aquello que en el mismo Perú no conocemos: el patriotismo (y a la distancia).
3
Una mañana recibí un email de un amigo mío que estudiaba lingüística en la Católica del Perú. Me preguntaba si yo conocía a un profesor llamado Willem Adelaar. Pues, él había leído un artículo de este profesor. Yo le dije: “¡claro, es mi profesor!”. Mi amigo se emocionó tanto que me dijo: “ese tipo es reconocidísimo, el maestro en lenguas andinas junto a Cerrón-Palomino”. Yo nunca había oído hablar de Cerrón Palomino y yo no sabía que Adelaar (aunque lo intuía) era tan reconocido.
Para mi mentalidad peruana , la gente reconocida siempre tiene aire de grandeza (qué tristeza, así piensa la mayoría en el Perú). Adelaar era lo contrario: una persona que llegaba en bicicleta a dar clases, que se sentaba en el comedor universitario a almorzar, que se presentaba como una persona tímida, como si no quisiera ser puesto al descubierto. Yo no lo podía creer: no podía creer la suerte que tenía de tener un profesor como Adelaar, y encima que me diera clases a mí y a mi compañera española (buen dúo). Lo tenía para mí sola, practicamente (y aprendí a ver a los Andes desde el punto de vista español, qué riqueza). Era un lujo que me ofrecía Holanda-Leiden-un-país-extranjero, de tener a un maestro de maestros frente a mí (y yo sin saberlo).

Después del curso de Andes fui al Perú a hacer la investigación para mi tesis. Mi tesis abordaba un tema diferente a las clases de Adelaar, estaba dedicada a la literatura. Pero yo me ofrecí a hacer una investigación para Adelaar en la sierra de Piura. Independiente de la investigación que hice, conocí a la gente de lingüística de la Universidad Católica, a Cerrón – Palomino, el otro maestro en lenguas andinas, a quien una tarde fui a visitar. De frente me preguntó por Adelaar. Yo le dije que Adelaar estaba muy bien, dedicado al puquina y a los idiomas amerindios.
-¿Tú crees que Adelaar quiera venir al Perú al próximo año en agosto? –me preguntó.
No cabía duda que Adelaar se moría por venir al Perú, hacía quince años, creo, no había pisado suelo peruano, y recordando sus clases: Adelaar era un apasionado.
-Profesor Cerrón. Por supuesto, Adelaar tiene que venir.
-Entonces, voy a hacer los trámites para invitarlo a un congreso.
4
Agosto del 2007. Me acabo de graduar. Estoy montando bicicleta por Leiden, yendo a la Universidad. Me encuentro con Adelaar, también en su bicicleta. “Profesor Adelaar, ¿cómo le fue en el Perú?”. Adelaar sonríe muchísimo. Su rostro brilla de la emoción. Nunca lo he visto tan contento.
-Tuve un tiempo muy lindo en Perú –dice con muchas ganas, con la mente puesta en nuestra conversación y en el Perú.
-Qué bien profesor, y ¿cómo estuvo?
-He hecho muchas cosas, visto mucha gente.
-¿Sintió el terremoto? –pues, en Lima acababa de haber un terremoto de 8 grados en las escala de richter. Quizás una estúpida pregunta.
-Tuve suerte. Yo me fui de viaje a Chanchamayo y no lo sentí; pero días antes estuve en Pisco, en la iglesia de Lurín que se cayó con el terremoto.
-Uy, profesor, qué suerte tuvo.
-Sí, felizmente. Pobre gente.
Me quedo callada, lo miro. Le digo:
-Se le ve muy contento.
Se sonroja, sonríe y me dice:
-Me han dado un Honoris Causa -sonríe muchísimo y se sonroja más-: Una sorpresa. La San Marcos.
“¡Qué orgullo, carajo!”, pienso.
Sonrío doblemente.
-Qué bien, profesor. FELICITACIONES. ¡Qué alegría! -que reconozcan a Adelaar, por fin.
-Fue una sorpresa muy linda, no lo esperaba -me dice.
Después de conversar sobre otras cosas más, Adelaar y yo (con ganas de seguir hablando) nos despedimos. Él se va con su bicicleta a la Facultad, yo con mi bicicleta a la biblioteca. Me quedo pensando en él. Un Honoris Causa que anda en bicicleta y no le gusta ponerse al descubierto. ¿Puede alguno creer eso en el Perú? Nosotros tenemos necesidad de mostrar nuestros títulos universitarios para decir: mira, somos alguien. Pero hay otros que son diferentes y no necesitan decirlo, simplemente lo son.
***
Adelaar es un profesor de lujo que asume con distancia sus investigaciones, sus interpretaciones y además sus conclusiones. No mete su opinión en temas tan delicados como la extinción de ciertas lenguas antiguas. Adelaar es para mí uno de esos viajeros que en busca de sus lenguas antiguas encuentra la riqueza del conocimiento y la sabiduría. A este profesor lo encontré de casualidad, sin búsqueda ni pretensión. Adelaar significa “águila”, y en este caso no se trata de un ave rapaz sino de un ave que recorre las montañas como las águilas andinas , en busca de lo extinto, lo casi acabado para hacerlo renacer. Un apasionado.


Pero las historias llegan a nuestras manos. Y la que comparto hoy es una de esas historias que me encontré hace algunos años en Leiden. La historia de un muchacho peruano adoptado por holandeses, Marcos Lukaña Champi (su nombre peruano). Me lo encontré en el programa de Estudios Latinoamericanos, allí donde hice una maestría en literatura hispanoamericana, estudiando el español y el quechua. Marcos todavía no había ido al Perú, o creo que sí fue al Perú pero por corto tiempo, y estaba en busca de su familia de sangre, su 'verdadera' familia.
El tiempo pasó. Siempre me lo encontraba en la universidad, creo que él no me creía tan peruana por mi cara de holandesa, pero siempre que pudimos, que fueron pocas, tomamos un café y conversamos en el camino entre la facultad de letras y la biblioteca, hasta que un día me dijo que ya no estudiaba en Leiden, que no había aprobado el español pero sí el quechua, y tenía que irse de la universidad.