jueves, mayo 07, 2020
lunes, abril 13, 2020
Un carbonero en el travesaño
Casi mediados de mes, y aquí sin saber qué hora es ni qué día de la semana. Seguimos confinados a nuestras cuatro paredes preguntándonos hasta cuándo durarán estas medidas. Hoy es el segundo día de pascua en Holanda, y a pesar de ser un día libre, es el día libre más extraño de mi vida. Me cuesta concentrarme, leer con detenimiento. Mi cerebro anda ahogado en el pensamiento de los inútil. Desasosiego. Falta de motivación. Mi dopamina (que me produce placer) se calcifica en mis entrañas. Veo por la ventana de mi estudio, y los únicos libres son las mariposas, los zancudos y las ardillas que convierten mi jardín en un festín primaveral. Placer para los ojos. ¿Cómo es posible que para curarnos tengamos que aislarnos de nuestro ser natural y social?
Hoy por la mañana un ave pequeña llamada parus major o el carbonero común, un pájaro de pecho amarillo que habita esta parte del viejo continente, estaba parado delante de la puerta de salida de mi casa. Parecía enfermo. Sus grisáceas alas yacían sin el brillo de sus otros compañeros. Su canto era casi inaudible. Abrí la puerta para acercarme a él, y evidentemente, tal como me lo esperaba, no se fue volando (algo que normalmente hacen), sino que se quedó allí tiritando de frío, inflando su plumaje, dando un paso al costado. ¿Estaría sufriendo?
No sabía qué hacer. Mi hija de cuatro años me decía que debía llevarla a su casita en el árbol para que se mantenga calentita, mamá. Era mejor no hacerlo, no me atrevía a coger al ave entre mis manos. Le servimos agua y le dimos unos gramos de alimento para pájaros, pero el animalito no parecía interesarse en absoluto. Así que lo dejamos tranquilo y nos volvimos a la casa.
Después de media hora escuché un golpe en la ventana de la cocina. Era el carbonero que de una alzada se había dado con el travesaño. Se sujetó con esfuerzo a la madera, algo que en los cinco años que llevo aquí jamás había visto. Se quedó allí mientras llovía un poco. Cuando volvimos a ver cómo le iba, desapareció.
Su desaparición me dejó desmoralizada. He revisado todo mi jardín, desde mi huerto orgánico hasta las macetas con geranios colgadas de las paredes. No lo encuentro. ¿Se fue volando? Sólo espero que siga vivo y que se haya recuperado.
Su desaparición me dejó desmoralizada. He revisado todo mi jardín, desde mi huerto orgánico hasta las macetas con geranios colgadas de las paredes. No lo encuentro. ¿Se fue volando? Sólo espero que siga vivo y que se haya recuperado.
Escribo esto tres horas después. El sol ha salido, alegría la mía. Me hace sentir mucho mejor.
Roermond, abril 2020
Semana Santa
Viernes santo. Viernes de recogimiento. Viernes de procesión. Mi recuerdo viene de cuando era pequeña. Todos los jueves o viernes santo llegaba mi abuela paterna a eso de las seis de la tarde a tocarnos la puerta de la cuatro-cero-cuatro (la casa de mi infancia). Llegaba con una canasta llena de pétalos de rosas, de las rosas de su jardín, de un aroma casi perverso.
Ella venía a ver con nosotros la procesión de semana santa que pasaba delante de mi casa. Nos daba una vela a mí y a mi hermano, y esperábamos impacientes ese momento del año.
La procesión se acercaba desde lejos. Bajaba por la avenida Cayma tocando una melodía torva y triste bajo el compás sombrío de un llanto de tubas, trompetas y saxofones. Varios feligreses cargaban a los hombros pesadas imágenes de yeso de unos trescientos kilos o más, como penitencia. Jesucristo cargando la cruz, Jesucristo crucificado, Jesucristo en una urna de cristal y la Virgen María, triste, vestida de negro.
Yo los bañaba en una lluvia de pétalos de flores. Mis tiempos devotos, de cuando quería ser monja.
Era un tiempo en los que me pasaba todas las tardes de los dos feriados de semana santa viendo películas bíblicas. Había las veces que me amanecía delante de escenas de Ben Hur o Barrabás o La vida de Jesús.
Qué diferente lo es ahora.
Ahora ya no celebro la Semana Santa. La imagen de mi infancia de conmemorar la muerte de Cristo que yo vivía con fervor ciego, ha cedido a la magia del recibimiento de la primavera (del norte de Europa) que, además, celebro con mi hija de cuatro años.
El simpático conejo de Pascua llega a mi casa a regalar huevos de colores a los niños. Es motivo de alegría. De felicidad después de tres meses sumidos en la oscuridad del crudo invierno. De fertilidad y amor.
Mucha gente me pregunta cuál es la relación del conejo o liebre y los huevos, que en realidad los pone la gallina. Los huevos representan el renacimiento, y la liebre, la fertilidad.
Es una tradición considerada pagana por los católicos pero es más antigua que ella. Y la verdad es que prefiero celebrar la alegría antes que la lúgubre historia de una crucifixión (sin desmerecerla, por supuesto).
En todos estos recuerdos imborrables, lo más hermoso era mi abuela que fiel a su fe y a su familia me motivaba a tirarle los pétalos de flores al 'Hijo de Dios' y a la 'Virgen María' como señal de gratitud y de honra. A ella, mi abuela, le estoy agradecida por haberme dado estos recuerdos tan nítidos de lo que fue mi infancia en la cuatro-cero-cuatro.
Roermond, abril 2020
viernes, abril 10, 2020
Mi pedazo de territorio
Miro un mapa de América del Sur, un mapa de 1992 colgado en la pared de mi estudio, de National Geographic, que alguna vez recibiera mi padre de alguna suscripción, y pienso que el mundo geográficamente no ha cambiado mucho desde entonces. Los países latinoamericanos siguen allí con los mismos nombres y las mismas capitales. Chile sigue siento Chile; Argentina continúa siendo soberana (la asumo femenina) del mismo territorio; Perú con su costa, sierra y selva. Los topónimos se mantienen inamovibles. También los ríos, los volcanes, los nevados, el Pacífico y el Atlántico, pero sabemos, o sé, que este mapa que aún sigue vigente geográficamente no es el mismo en el microespacio en el 2020; las ciudades han crecido, las vías han dejado la trocha por el asfalto; el comercio entre países se ha hiperdesarrollado (¿existe esa palabra?); el ciudadano viaja hoy en día con un sólo clic a cualquier parte, algo impensable hace treinta años cuando salió publicado este mapa. Observo ahora la toponimia de lugares remotos: Tapi Aike, Macusani, Poopó, pero me desvío y mis ojos se clavan sobre el Pacífico y me pregunto el significado de unos números (4754) dibujados en el área azul del mapa, y unas flechas que suben desde la Antártica. Las flechas -indica el mapa- son el Peru Current (o más conocido como Corriente de Humboldt), y los números -supongo- reflejan la profundidad de la base del océano. Me cuesta abarcar en mi mente la dimensión de la profundidad de ese océano en el que solía nadar de pequeña con amigos en la playa. Me metía huachacas (clavados) entre los tumbos (olas). Veo la medición una y otra vez: 4754. No hay ninguna "m" de metros o alguna leyenda. Sin embargo, sin agua la cuenca del Pacífico sería un gran cañón, más profundo que todos aquellos que conocemos fuera del mar. Superaría al Colca, a Monte Perdido y al Gran Cañón. ¿Imaginan la Tierra sin agua? Sería un ser arrugado e irreconocible como un folio A4 convertido en una bola en la mano. Concluyo que si el virus Covid-19 por el que estamos tan preocupados, llegara a cambiar el microespacio, y que está amenazando el sistema de salud y económico mundial, pues no lo haría con nuestra geografía, porque creo que mientras no caiga un meteorito, la Tierra seguirá orbitando alrededor del sol.
Roermond, 2020
miércoles, abril 08, 2020
El lugar de mi confinamiento
¿Qué decir ahora en tiempo de confinamiento? ¿que esta computadora que ven aquí trabajará más de la cuenta (es lo que deseo) o descansará? ¿Que invierto mi tiempo entre los papeles regados en el escritorio y en revisar los colgados de la pared? Miren la fotografía de aquella passiflora peduncularis de pétalos blancos y estambres jugosos que me cuida y me hace recordar lo hermosa que es la naturaleza, y la lámpara que parece un zancudo mirando desde arriba a un reloj rojo que me da cuerda en el tiempo. Este es mi lugar de trabajo, y así como todos los lugares idealizados en las agujas de mi cronómetro, tiene un background con libros y una vista espectacular de la calle de los zancudos. Sí, mi calle se llama así La calle de los zancudos porque transita al lado de un río Roer en el que los veranos es nido de insectos y, además, de hurones que visitan por las noches mi jardín. Mi confinamiento no me hace daño, estoy en una situación privilegiada, pero necesito salir a dar un paseo cada día para no hundirme en el inoportuno amodorramiento.
martes, abril 07, 2020
Ellos hacen el amor y yo me asusto

Muchas veces me pregunto por qué durante nuestra niñez nos choca ver a nuestros padres, incluso imaginarlos, teniendo relaciones sexuales, como si ellos no pudieran o no debieran de tener relaciones sexuales.
Recuerdo aquella mañana en que encontré a los míos haciendo el amor. Entré a su dormitorio y los dos saltaron de un lado a otro asustadísimos, calatos, con pudor.
Era como ver un acto de violencia. Como si mi padre le estuviera haciendo daño a mi madre. O al revés. Me quedé impresionada por varios días.
Yo sabía lo que era el sexo –en teoría–, mi madre me lo había explicado de una forma bonita cuando cumplí los diez años, pero nunca había visto en vivo el acto sexual, y el hecho de que mis padres fueran los protagonistas me chocó tremendamente.
Pero me pregunto, ¿por qué tuve esa reacción tan brutal ante un acto que de por sí es central en nuestra existencia? ¿por qué además verlo como algo amenazante en mi relación de hija con mis padres?
Horas después me vino una indigestión terrible. No podía comentarlo con nadie, me sentía tristísima. Me senté en mi cama y me puse a llorar.
Este pensamiento acaba de surgir a raiz de una re-lectura de “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, finalista en la Bienal de Lima. Samanta –una de las protagonistas– rememora a partir de una imagen –de la casa de Mallarino, el caricaturista- una vivencia que creía olvidado.
El sexo como símbolo de violencia representado en la mente de un niño. ¿Por qué? ¿Cómo? En foros de internet mucha gente piensa que es disgustante ver o escuchar a sus padres haciendo el amor.
Ahora a mi edad adulta me hubiese encantado que mis padres hicieran más el amor o el sexo, en lugar de discutir y de irse cada uno por su lado. Hubiese sido más sano, más humano, menos tabú.
Roermond, mayo 2014
jueves, marzo 26, 2020
ODA AL CAFÉ
El ático
holandés es un horno en verano. Hay momentos en los que necesito salir a una
cafetería aquí a la vuelta de la casa. Los camareros son amables. Me
conocen y además ya ni necesitan preguntarme qué deseo. Me traen un capuccino
con crema espolvoreado con canela. A veces necesito dos, tres o cuatro
capuccinos. No siempre despierto con la vena puesta, y para entrar en sintonía
bebo café.
Es curioso pero desde que llegué aquí, he aprendido a tomar esTe líquido
negro. No sé si es el clima o los años que van en aumento, pero el café es un
compañero de vida por estas latitudes.
Cada día nos vamos especializando más. Antes ni se me ocurría servirme
una taza. Ahora sé que el capuccino es un shot de expreso con leche previamente
pasada por una batidora. Que un Macchiato es un cortado. Que un Flat White es
dobles expreso y un poco de leche.
Escribo que escribo en esta cafetería que también es una chocolatería.
La señora que atiende pone siempre música … La vez pasada puso Susana Baca y me
emocionó.
Mi madre siempre le tuvo un culto al café. Mi padre, no. Cada año se
llevaba dos kilos de café holandés en la maleta. No es que en Perú no hubiese
buen café, el Valenzuela era el rito en casa, pero el aroma del holandés era
para ella como retornar a su hogar.
Recuerdo una época en que el médico le prohibió tomarlo. Que cuántas
tazas se tomaba por día, pues unas diez, decía. La gastritis que se montó fue
de las peores que le vi. Paraba tirada en cama panza–abajo tratando de mitigar
el dolor con aero–om, unas gotas eficaces para la flatulencia. Bajó su dosis
diaria a tres o cuatro tazas.
El hogar. Para mí siempre fue la cuatro–cero–cuatro. Es un lugar que
llevo ahora en mi imaginario. Mi hogar es la ciudad en la que crecí, no aquí a
miles de kilómetros de distancia.
En mi primer trabajo –el cual sólo recuerdo por el café– era lo único
que se servía. Trabajaba en limpieza en una oficina de seis o siete despachos
del aeropuerto de Ámsterdam. Como escritora, no era el trabajo ideal, sólo para
acumular experiencia y ganar un poco de dinero antes de empezar a estudiar. El
primer día, el jefe me pidió que le haga café a todos los empleados. ¿Café?, me
pregunté yo. Me señaló una cafetera industrial capaz de hacerle café a
cincuenta personas.
Lo único que me quedó hacer era seguir el recuerdo de mi madre quien
todas las mañanas me decía: pon la cantidad de cucharaditas como de tazas vayas
a tomar. Y así lo hice. No puse cincuenta, pero unas diez para veinte tazas, lo
cual, creo salió bien, porque nunca nadie se quejó, y yo empecé a volverme
adicta al líquido negro.
Regreso a la buhardilla.
Una paloma se ha posado en la única ventana que mantengo abierta. Glub glub glub, dice. “Ni se te ocurra entrar”, le advierto
señalándola con mi bolígrafo. Ella se va, pero vuelve. Interrumpe mi proceso de
escritura. No me queda otra que cerrar la ventana e ir a por un poco de café. Y
continuar a media noche con mi relato.
lunes, noviembre 18, 2019
De viaje al fin de Europa
Presentación del libro de crónicas viajeras "De viaje al fin de Europa"
Cuando era pequeña recuerdo que me gustaba mucho
jugar con rompecabezas. Armaba varios que mis padres me regalaban en las
navidades o por mi cumpleaños, de doce, veinticuatro, treinta y seis piezas, hasta que llegó un día en el que me trajeron uno de cien. Era un mapa de
Europa, de norte a sur, y de este a oeste, con sus cuarenta países, o menos, en
ese entonces, y allí estaba Noruega.
La segunda vez que oí hablar sobre ese país
escandinavo fue gracias a un caballo. Era
un poni de color café, uno de los tres que había comprado el Club Hípico aquí
en Arequipa para que los niños de ese entonces aprendiéramos a montar caballo. El
nombre del poni era OSLO, nada más ni nada menos que la capital del país del
que he escrito este libro.
Y entonces le pregunté a mi madre: “¿de
dónde viene ese nombre?”. Y ella me lo explicó muy bien, que era la capital de
noruega.
Esas fueron las primeras veces que escuché hablar de este
país al que he dedicado este libro titulado: “De viaje al fin de Europa”, gracias
a un rompecabezas y a un caballo.
***
Jamás había imaginado, mientras yo aprendía a galopar
y a armar rompecabezas, que algún día habría de sumarme a una caravana de
cuarenta ciclistas que deseaban atravesar este país nórdico de SUR a NORTE.
-¿Hacemos el viaje? -me preguntó Wil mi marido una
tarde mientras mirábamos una película sobre Thor Heyerdal, el explorador
noruego que cruzó el Océano Pacífico, en una balsa fabricada en totora, desde
el puerto del Callao, en Perú, hasta la Polinesia.
De esto en el año 2017.
Confieso que la propuesta de Wil me fascinó pero que a
la vez me hizo dudar; teníamos a una pequeñita de un año que apenas había
aprendido a caminar. E ir de Oslo, la capital, hasta el punto más nórdico de
ese país (Cabo Norte) no era una proeza cualquiera, sobre todo por la pequeña.
Yo me moría de las ganas por hacer el viaje de tres mil kilómetros, durmiendo
en carpas, atravesando parajes poco conocidos por el hombre, admirando lugares
como las Islas Lofoten. Antes ya había hecho rutas del tipo París-Dakar y
Quito-Ushuaia en bicicleta. Miles de kilómetros sobre los pedales. Y como no quería dejar atrás mi estilo de vida aventurero, pues
me decidí, nos decidimos, hacer el gran viaje al fin del mundo, con nuestra
pequeña de un año y diez meses.
***
Y es allí adonde me llevó la vida, a Noruega, un país
en forma de botija, ubicado al norte del continente europeo, que tiene una
bandera roja con una cruz azul atravesada. El viaje empezó en OSLO, la capital,
y terminaría en CABO NORTE, el punto más nórdico del continente europeo. CABO
NORTE, que como se ve en el mapa está a la altura de la Siberia rusa. La Laponia.
País de esquimales. En donde en verano nunca oscurece.
Además es un país de trols, de bosques prístinos,
alces, venados, de las auroras boreales, y de los vikingos. … Y un dato , el más
sobresaliente, el país en el que se entrega el PREMIO NÓBEL DE LA PAZ.
***
De eso trata este libro que acabo de publicar, mi
ópera prima, mi primer producto acabado. En todos estos años que llevo
escribiendo sobre viajes y aventuras,
siempre he deseado oler las páginas del producto impreso, y por fin lo tengo
ahora aquí, y puedo compartir este momento emocionante con ustedes. Pues son
más de veinte años que llevo tecleando, relatos, pequeños poemas, artículos
periodísticos, que me han llevado a transitar rutas inimaginables en mi mapa de
vida, desde mis doce, época en la que descubrí la literatura y me enamoré de
ella.
Cuando me embarqué en esta aventura, es decir, en
Oslo, en el año 2017, decidí sentarme todos los días a escribir. Estaba leyendo
a un autor noruego en ese entonces, Karl Ove Knausgard, autor de seis volúmenes
titulados nada menos que Mi Lucha. Me fascinaba su escritura y me sigue
fascinando su manera de describir la cotidianeidad, y eso quise hacer con esta
historia. Escribir una historia de viaje que contemplara mi periplo con mi
pequeña de un año y diez meses, soportando lluvias a cinco grados de
temperatura en una carpa de lona (felizmente impermeable), tratando de hacerla
dormir sin oscuridad (pues, nunca se ponía el sol), y visitando con ella
bibliotecas, museos, piscinas, playas, entre otros.
Entonces una vez que me embarqué en ello, escribí y
escribí y he aquí el resultado.
Así que con el recuerdo de un rompecabezas; de Oslo,
el poni, mis lecturas de Karl Ove Knausgard (y añado a Hamsun), de la película de la expedición
del Heyerdhal y mi cruce con los alces por la carretera, doy por
presentado mi libro, un dieciséis de noviembre , fecha muy especial para mí,
porque hoy mi padre -que ya no está-
hubiese cumplido ochenta y dos años, y fue él uno de los seres que más
me han inspirado a escribir.
Por eso, le agradezco a él que ya no está. A mi
familia. A mis amigos. A mis conocidos. A José Córdoba , editor de Surnumérica.
Y al centro cultural de la Universidad Nacional de San Agustín por haber hecho
posible este día en mi vida.
Gracias a todos.
Y con ustedes: “De viaje al fin de Europa”.
Susana Montesinos
Arequipa, 16 de noviembre 2019
Arequipa, 16 de noviembre 2019
viernes, julio 26, 2019
Deja vu en una noche de verano
La almohada de mi cama parece haber sido sacada de alguna chimenea. Quema mi colchón, mi mesita de noche, el suelo de madera de mi casa. Y no sé cómo dormir a la medianoche, a cuarenta grados de calor.
Un deja vu.
Quince años astrás, el calor piurano. Recuerdo los veranos quietos a la sombra de los algarrobos del desierto sechurano; las vainas caían desde sus ramas y pinchaban los neumáticos de mi bicicleta. En la esquina de la casa en la que vivía, un perro famélico de color crema dormitaba el día entero a la sombra del quiosco de un zapatero (su dueño). Y a mí se me cerraban los ojos mientras el run-run de los mototaxis en la avenida Country eran tránsfugas de un sueño. La señora de ojos caramelo me tocaba la puerta del dormitorio para mantenerme despierta, siempre vestía una tela azul, estampada de flores naranjas. Era imposible. Caía presa de pereza.
Este calor holandés es menos o más el mismo que esos verano en Piura. La bruma aplasta su aire cargado sobre nuestros cuerpos; ingresa como una marejada sigilosa por las ranuras de las puertas (y de las ventanas), y nos mantiene quietos dentro de los salones más fríos de las casas. Es como la molicie. Pesada. Amarilla. Lenta. El calor derrite las calles de ladrillos rosados. Y pone al país de cabeza.
De pronto escucho por las noticias que más de ciento treinta vuelos se han cancelado en Schiphol, uno de los aeropuertos más transitados del mundo. Cien mil pasajeros terminan varados en los pasillos esperando un vuelo de conexión que no despega. En el centro de Ámsterdam, las tiendas cierran sus puertas hacia las doce del mediodía. Y mis vecinos salen a las diez de la noche a regar sus plantas, sentados sobre un banquito de plástico. Y las moscas se reproducen en los dinteles de las ventanas, y aterrizan sobre el teclado de mi ordenador.
Nunca antes había vivido un calor tan agobiante. Ni en Piura. Ni en el Sahara. En aquellos lugares el aire circulaba hacia las cinco de la tarde, y refrescaba nuestras sienes pobladas de sudor. Aquí en Holanda, no. Las casas no se ventilan; las paredes son como brasas que tardan horas en enfriarse. Y si afuera hacen veinticinco grados, adentro treinta y cinco.
A adaptarse a los nuevos tiempos.
Y mojarse, chapotearse, ponerle a la vida un ritmo más apaciguado, más lento y alegre. Y sentarme a ver el Tour de Francia. Como quisiera vivir en la montaña, sentir el aire frío del aire acondicionado.
lunes, mayo 13, 2019
Un pequeño espacio de tiempo para un café
Sentada en una esquina de la ciudad de Maastricht tecleo mis primeras palabras después de muchas semanas de atasco.
Sí, anduve atascada en el asfalto, en la carretera A2 de Roermond a Amsterdam, detrás del volante, en el túnel debajo del aeropuerto de Schiphol, y me puse a pensar en el poco tiempo libre que tengo y todas mis 'obligaciones'.
Ahora me siento en una cafetería con una sensación de libertad que me cuesta distinguir entre todo el caos que he vivido las últimas semanas. Aclaro, el buen caos, el positivo, el optimista, el que te da vida, la vida cotidiana. En mi caso, son mis clases de español en la universidad y en un colegio, la organización de mis viajes botánicos y en bicicleta, mi hija de tres años y el mantenimiento de mi casa de madera color chocolate, mis paseos en bicicleta y la escuela de Isabel.
Demasiados deberes, sin contar las reuniones sociales, los matrimonios, los almuerzos, los encuentros de mi hija con sus amigos, mis viajes a Amsterdam, mi marido, y el maní que cuelgo de un árbol para las ardillas de mi jardín.
Bebo mi café a sorbos con la extraña sensación que me da el tiempo libre. Hoy me propuse escribir otra vez. Teclear mis letras en este espacio. Me senté con un café y dije ¡basta! : ahora dejaré de lado mis clases, la preparación de los exámenes, los libros de Abanico, Bitácora, Gente Hoy, y me dedicaré aunque sea a escribir unas líneas en este blog que tantas alegrías me ha dado siempre.
Pero soy inconstante, lo sé. Es decir, me hace falta tiempo. Quizás, hacerme tiempo para evacuar mis palabras empozadas en mi herida garganta. Y hacer desvanecer la angustia que me da el no escribir. Un pequeño relato cada día, aunque sea diez minutos. El flow de contar historias.
Susana, 2019
viernes, mayo 10, 2019
Tribulaciones
Una foto de mi desierto favorito, La Joya (Arequipa, Perú)
Buscar una buena historia cotidiana, qué difícil. (Soy demasiado exigente, ¿sabes?)
La inseguridad de haber pasado seis meses sin escribir diariamente.
Explicar el subjuntivo, bellísimo modo del español.
No sé si la historia es lo que vale, más bien la forma cómo se cuenta, sí.
Pero cada persona es tan distinta.
¿A qué público dirigirme?
martes, agosto 14, 2018
El ansia de esperar
Desde hace algunos años llevo escribiendo una novela que me está costando tiempo en terminarla. Algunas personas saben acerca de este texto, y ellas, a las que les he contado que escribo, siempre me preguntan: "¿Y tu libro?".
Siempre he creído que cuando uno escribe algo que considera importante para uno mismo, hay que darle tiempo para cuajar, descansar, madurar, porque si uno se lanza al ruedo o al agua demasiado temprano, claro, quizás no nade bien esos primeros e importantes cien metros de recorrido.
Escribir una novela es como prepararse para correr una maratón. Hay que estar entrenado 'físicamente' para disfrutar cada etapa y elemento de esa carrera. Lo digo porque, por ejemplo, qué pasaría si mi vecino se lanzara a correr una maratón sin estar entrenado, lo haría con tropiezos, hasta incluso caminando, y no sabría contar con orgullo -ni siquiera recordaría- cada detalle del sufrimiento.
Escribir es para mí muchas veces sufrir. La gente imagina que uno escribe y ya, ya está listo el texto. Sin embargo, llegar a ese nivel tan ansiado al que uno quiere llegar, describir nítidamente cada escena, personaje, situación, entre otros, no sólo necesita de una voz, sino de muchas horas de trabajo detrás de las hojas en blanco o del teclado.
Hoy encontré un artículo en El País. Me atrajo por el simple hecho de que nos estamos convirtiendo en máquinas productivas en esta era de la información.
"No hay que tener miedo a no hacer nada productivo", dice Andrea Köhler. Y lo digo porque vivo en Holanda, un país en el que es importante siempre estar ocupado en algo productivo, incluidos los jubilados.
Aquellos lapsos que el tiempo nos regala para estar con nosotros mismos, es "una (in)acción que hoy es anatema o supuesto estado de imbecilidad improductiva", continúa Andrea Köhler.
Y me siento identificada.
Muchas veces aquellos lapsos de improductividad o como le llamen, son buenos para volver a la esencia. En el caso de la escritura, la mente sigue trabajando aún dormida. Y además sirve para cuajar el trabajo creativo.
"Todo creador, sostiene Köhler, debe soportar la espera: a que lleguen los pensamientos y se ordenen. Es lo que Kafka llamaba “el titubeo antes del nacimiento” porque, como dice ya ella, “a la musa no se la obliga, pero hay que prepararle el terreno, esperar”. Se trata, pues, de entender toda espera “como tiempo regalado y no perdido”.
Así que todo tiene una razón de ser, un tiempo determinado. Esperar no nos hace mal. Encontrarnos con nosotros mismos, tampoco. Escribir es un largo proceso de maduración. Y a unos nos cuesta mucho más que a otros.
Lea el artículo completo sobre Andrea Köhler y el ansia de esperar, aquí.
lunes, agosto 13, 2018
Mi cuerpo tiene memoria
Día de lluvia después de un eterno sobrecalentamiento global, de haber vivido en bikini, de haber dormido en jardín, nadado en piscina, bebido jugo con hielo. Ahora llueve detrás de mi ventana y el cielo está de gris.
Somos animales que nos adaptamos a nuevas experiencias. Mi cuerpo tiene memoria y vivimos así el trueno, el relámpago, nada mejor que escribir con tinta en los dedos de las manos, un día gris.
Somos animales que nos adaptamos a nuevas experiencias. Mi cuerpo tiene memoria y vivimos así el trueno, el relámpago, nada mejor que escribir con tinta en los dedos de las manos, un día gris.
jueves, mayo 24, 2018
Tengo sed
Quince estudiantes dan un examen de español alrededor de una mesa en forma de U. Yo analizo el movimiento de sus bolígrafos sobre unas páginas en blanco. Nerviosos, idos. Creen escribir la palabra apropiada, dudan de sus conocimientos. ¿Subjuntivo? Cada uno de ellos lleva una botella de agua sobre la mesa para apagar la tensión de fin de año; no la típica botella de Pellegrini o Spa o Reine, sino sus propias botellas recicladas. Es curioso pero las hay, de los más diversos formatos. Dos de ellas son de Pepsi; curiosamente de los estudiantes de habla inglesa, a quienes confundo por su tipo de peinado, es que son tan parecidos !! Otras dos son 'bidones' que suelen llevar los ciclistas ancladas a la bicicleta. Facebook, dice una de ellas. Hay desde botellas de smoothie del Hema, otras de limonada compradas en alguna tienda, una de madera y a la moda ecológica. Pero la que se gana el premio, la que tiene la medalla de oro, es una de Villa Antinori, de Toscana, Italia. El hecho de que un vino haga de botella de agua en una clase de la universidad, dice mucho de su dueño. Mi alumno, su dueño, le da un sorbo al agua y saca un veinte.
lunes, mayo 14, 2018
5 minutos
5 minutos de tregua.
5 minutos de alegrías.
5 minutos no planificados en tu agenda.
5 minutos sin compromisos.
5 minutos para llevar a la niña al colegio.
5 minutos para dejarla con la profesora.
5 minutos para que llore y me abrace.
Y yo salga corriendo...
Miro el reloj.
5 minutos para llegar a la cita con el médico.
Miro el reloj.
5 minutos para llegar a la cita con el médico.
Llamas para decirles que tardarás 5 minutos,
y una voz socarrona al otro lado de la línea me quita
la esperanza
la esperanza
de los 5 minutos.
Me dice: "Ni 5".
Y me cancela la cita.
domingo, febrero 25, 2018
El sendero de hielo
Muchas veces cuando me preguntan por qué hago estos viajes de larga distancia la gente seguramente se imaginará que soy de extremos. Debo decir que siempre me ha gustado retar a mi cuerpo por más frágil que sea y andar como los antiguos, en busca de nuevos descubrimientos.
Creo que vivimos en una época en la que está 'casi' todo descubierto. Los europeos ya conquistaron los 'nuevos' continentes, y nosotros vivimos ahora en un mundo emancipado. Nos es fácil viajar a la China que descubriera Marco Polo, a las Galápagos de Darwin, incluso al polo norte de Amundsen. Sin embargo, nosotros los seres humanos aún tenemos esa sed , ansias, pasión por el descubrimiento. Queremos ser nuestros propios héroes. Conseguir conquistar un fin. Sólo necesitamos de un acicate que nos guíe y motive para hacerlo.
¿Viajes extremos? Pienso que siempre hay gente mucho más extrema que uno / -a. Si yo crucé el Desierto del Sahara en bicicleta, pues hay quienes lo han hecho a trote: corriendo.
Hace poco vi este esta video-crónica de un ciclista extremo. Partió desde Ushuaia, la ciudad más austral de Argentina, para conquistar el punto más nórdico del continente americano, un pequeño pueblito al norte de canadá. Y no lo hizo en verano, sino en invierno. Quiero compartir con ustedes este documental para que vean lo que es pasar frío, oscuridad y miedo. Esto es para los de piel gruesa, acostumbrada al frío. Prefiero mil veces el calor de cincuenta grados del Sahara.
Espero les guste.
The Frozen Road (Full Film) from Ben Page Films on Vimeo.
Creo que vivimos en una época en la que está 'casi' todo descubierto. Los europeos ya conquistaron los 'nuevos' continentes, y nosotros vivimos ahora en un mundo emancipado. Nos es fácil viajar a la China que descubriera Marco Polo, a las Galápagos de Darwin, incluso al polo norte de Amundsen. Sin embargo, nosotros los seres humanos aún tenemos esa sed , ansias, pasión por el descubrimiento. Queremos ser nuestros propios héroes. Conseguir conquistar un fin. Sólo necesitamos de un acicate que nos guíe y motive para hacerlo.
¿Viajes extremos? Pienso que siempre hay gente mucho más extrema que uno / -a. Si yo crucé el Desierto del Sahara en bicicleta, pues hay quienes lo han hecho a trote: corriendo.
Hace poco vi este esta video-crónica de un ciclista extremo. Partió desde Ushuaia, la ciudad más austral de Argentina, para conquistar el punto más nórdico del continente americano, un pequeño pueblito al norte de canadá. Y no lo hizo en verano, sino en invierno. Quiero compartir con ustedes este documental para que vean lo que es pasar frío, oscuridad y miedo. Esto es para los de piel gruesa, acostumbrada al frío. Prefiero mil veces el calor de cincuenta grados del Sahara.
Espero les guste.
The Frozen Road (Full Film) from Ben Page Films on Vimeo.
sábado, febrero 10, 2018
"No soy un dios, simplemente escribo"
"Die we niet zijn,
die we zelf zijn"
Cees Nooteboom
Así empieza el gran Cees Nooteboom (La Haya, 1933) una serie de poemas titulados Una huella sobre la arena blanca, que hoy mientras paseaba por las calles de Utrecht, encontré en una pequeña librería del centro; librería acogedora, de aquellas pequeñas, con dependientas realmente dedicadas a la lectura.
Si tradujera los dos versos que cito, serían así:
"Aquel quien no somos,
aquel quien somos nosotros"
(De mi propia traducción)
Poema que pasó desapercibido cuando leí la versión traducida al español por Fernando García de la Banda. Debe ser difícil traducir el neerlandés, sobre todo la poesía, al castellano. Pero me llama la atención. Porque cuando leí el poema en holandés logré percibir la voz del poeta y, además, aquello que sugiere en el corto texto: Aquel que está al lado de la página en blanco no es el mismo que aquel que deja una huella en la arena blanca de una página. El narrador y lo narrado. Y aquel que lo explica, que lo disecciona, y termina por darle la vuelta a las palabras.
Cuando a Nooteboom le preguntaron en el Hay Festival en Arequipa 2017 qué sugieren sus poemas, simplemente respondió que aquella pregunta la deberían de contestar los lectores, y ellos mismos interpretar sus palabras. Como bien dijo: "No soy un dios, simplemente escribo".
El poema se encuentra en la antología Luz por todas partes (Colección Visor de Poesía, 2018).
miércoles, enero 10, 2018
Por lo menos, uno malo
Pequeño comentario nocturno antes de irme a dormir. Escribir no siempre, hay días que me atoro, que me arden los ojos, que parece que careciera de vitaminas. Hoy toda la tarde sentada delante del ordenador, para qué? Para escribir un párrafo malo. Pero por lo menos escribi un párrafo malo. Algo escribí. Libro de viajes en camino, novela estacionada en la estantería. A seguir trabajando en mi buhardilla roermondina. Y pedirle a la paloma que me viene a visitar todas las tardes que bata las alas.
viernes, enero 05, 2018
Cuando la frontera cruza la calle
Viajamos para perder fronteras, pero ¿qué pasa si en uno de aquellos lugares a los que llegaste, en los que alguna vez decidiste quedarte, en los que por una fantasía de la infancia idealizaste, te hace sentir como si vivieras en un embudo, en el cuello de una botella? : Hay lugares que te hacen sentir así, encerrados, por no decir, agobiados, y no es que uno esté rodeado de fealdad, sino de absoluta belleza. Pero es que en este lugar, diría uno de mis personajes, no hay un horizonte al qué mirar. Por lo menos, explicaría, cuando uno vive en los valles, se ves las montañas, o en las costas, el océano batiéndose y lamiendo la arena, o si estás en una ciudad grande, el bullicio de la gente que pasa, los edificios que huelen a café y chocolates, o a la amarga cerveza, pero en aquel lugar al que decidió llegar mi personaje, una tarde de abril del 2004, el espectáculo es tan plano que lo único que ve a través de su ventana en invierno es al vecino de enfrente, ¿y qué hace el vecino de enfrente? nunca sale. siempre para metido dentro de su casa. y si sale lo hace cuando no hay nadie en la calle, como si se tratara del ratón que ingresa a mi casa en los otoños a cobijarse porque afuera hace frío, y lo descubro después husmeando mi sala a altas horas de la noche. ¿Y el vecino de al lado? Tampoco sale. Y lo peor de todo es que uno está tan metido en sus deberes, tan inmerso en sus obligaciones que poco respiramos, tenemos una ansiedad y un deber de contestar inmediatamente los mails porque sino tu amigo al otro lado del mundo se enoja, de mantener tu casa limpia, a tu hijo bien vestido y comido, a tu suegra contenta, a tu tía feliz de la vida porque la llamaste por teléfono, a las visitas recontentas porque les serviste un plato de cinco estrellas cuya receta encontraste en la revista de algún supermercado europeo, o a tu jefa informada de tus quehaceres con los estudiantes del colegio de la esquina que nunca contestan tus preguntas ni hacen los deberes porque paran todo el rato chateando en whatsapp, mandándose caritas, presentes en la plataforma digital en lugar de estar en la vida, aquí y ahora. El espacio se nos ha zafado, señores, les digo a mi personaje, por eso te sientes cuello de botella, embudo de supermercado barato, una gallina embolsada en plástico, porque tienes demasiados deberes y encima del trabajo de 8 horas diarios te sientas a escribir un libro, te metes a organizarle viajes a tus amigos, estás pendiente de las noticias del ex-presidente Fujimori, a quien sacaron de la jaula hace una o dos semanas, y te dices, que claro, viajamos para perder las fronteras, pero ya las fronteras a pesar de que existan, están sólo en papel, en un mapamundi o en un pasaporte lleno de estampillas, nombres de países y regiones yermas, y en la mente de la gente, pero todos nos enteramos, así estemos escalando el Himalaya o cruzando a galope el Sahara de lo que acontece en la China o en Palacio de Gobierno del Perú, y no es que nosotros estemos conectados con el mundo sino que es el mundo quien se conectó a nosotros a través de un telefono, gran ventaja para la humanidad, sin embargo, muchas veces nos sucede que estamos más ocupados atendiendo los mensajitos de whatsapp o los likes del facebook antes que mirar al frente y tocarle la puerta a nuestro vecino para preguntarle qué es lo que le pasa, que no lo vemos salir de su casa, y sólo él le responderá a mi personaje de novela, que estaba ocupado en su network digital, y olvidó conectarse con el mundo que es su casa, la calle, la vecina de enfrente.
Vivimos una ansiedad mayúscula en el mundo de hoy. Sólo deseamos, queremos, ansiamos TENER, pero olvidamos perder los países, superar nuestras fronteras, claro está.
Vivimos una ansiedad mayúscula en el mundo de hoy. Sólo deseamos, queremos, ansiamos TENER, pero olvidamos perder los países, superar nuestras fronteras, claro está.
miércoles, enero 03, 2018
¡Viajar, perder países!
| Camboya, 2007 (Foto: Carlos Pastor) |
Empiezo este 2018 escribiendo en este blog que ya cumplió más de diez años. Diez años desde que abrí blogger y se me ocurrió en uno de los ordenadores de la biblioteca de la U de Leiden teclear las palabras "perder países". Perder países, las dos palabras las había leído en un libro de Enrique Vila-Matas, en donde un personaje parafrasea al gran Fernando Pessoa, perder países se me quedó grabado en la memoria.
Hace muchos años que llevo perdiendo países. Si los recuento no caberían en los dedos de mis manos ni en los de mis pies. La frontera la crucé antes de mi nacimiento, fruto de un amor trasatlántico, peruano-holandés, que decide en una noche de copas procrear el amor, ha sido desde entonces un subir y bajar de aviones comerciales, buses interprovinciales, cruzar desiertos en bicicleta, andar como exploradora recorriendo los caminos incas, subiendo a las crestas de las montañas patagónicas en busca de violas y especies florísticas de nombres extravagantes y raros como el ranúnculus o los nototriches (en Perú). Borrar fronteras durante mis viajes.
Allí en Leiden, ciudad en la que estudié, teclee perder países en blogger, creé y armé esta web, y desde entonces escribo de rato en rato en el blog. Muy de vez en cuando. El 2017 sólo postee dos veces -es como si los años nuevos me recuerdan de que tengo un blog al que hacerle caso- mientras que el 2007, hace más de diez años, uno después de inaugurar este espacio, escribí más de cincuenta artículos, entre cuentos, diarios, crónicas y ensayos. Era el tiempo del blog, y sí que tenía más tiempo y ganas para escribir -ganas que no se pierden.
Acabo de terminar de leer MOKUSEI ! en su traducción al inglés, una novela corta del holandés Cees Nooteboom. Este autor -a quien tuve la oportunidad de conocer en Arequipa en noviembre del 2017- no sólo sorprende por la gran variedad de libros que tiene escritos, entre poesía, novelas y relatos de viajes, sino también -y quizá esta sea una sintaxis demasiado fácil- por como une en esta novela corta, de once capítulos, el tema del amor y del odio, las dos polaridades, en dos personajes, un holandés y un belga, que mantienen una conversación sobre Japón, y en el que se narra sutilmente, a partir del capítulo seis, una ardorosa historia de amor, y a pesar de que el inglés no sea mi lengua materna, siento de algún modo la voz suave del narrador relatar el enamoramiento, la pasión. Gracias Cees, por este libro.
Perder países, y aquí les dejo el poema de Fernando Pessoa. Y sigo prometiendo.
¡Viajar! ¡Perder países!
Fernando Pessoa
¡Viajar, perder países!
ser otro constantemente
por el alma no tener raíces,
de vivir de ser solamente
¡No pertenecer ni a mí!
¡Ir al frente, ir siguiendo
la ausencia de tener un fin,
y el ansia de conseguirlo!
Viajar así es viaje
Pero lo hago sin tener mío
Más que el sueño del boleto
El resto es solo tierra y cielo
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
PiErDo PAísEs
Borro fronteras - Viajo para conocer mi geografía















